SECCIÓN HOY ESCRIBO. PASIÓN POR LAS UTOPÍAS.

SECCIÓN HOY ESCRIBO. PASIÓN POR LAS UTOPÍAS.

JUGANDO:  Propongo una frase que tenga que ver con las utopías y trabajo cuatro ideas.

Definición de utopía ( RAE):

  1. Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización
  2. Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del ser humano.

Frase de salida:   Hay que volver a tener pasión por las utopías…porque sin utopías la vida no es posible. (Leo Bassi)

 

IDEA 1:

Utopía, utopía, utopía, depósitos, avales metálicos, recursos y ejecutiva, aplazamientos, gastos, contabilidad, rústico, urbano, etc. Hay tantas utopías posibles… Puntualicemos, por favor: hemos de aportarle a nuestra vida un sueño (cuanto más grande mejor) y aprender lo que es la integridad. El orden  de estos dos sumandos no altera el producto, en muchos casos, lo empuja hacia delante, hacia arriba, hacia la pasión de sentirse importante o vivo o ambas cosas. Hasta que llego yo y confundo términos y me creo por encima del bien y del mal. Y me pillan.  Me dan ganas de partirle la cabeza  al imbécil que me habló por primera vez de las utopías. Gracias a él ahora estoy en la cárcel.

 

IDEA 2:

En frente de mi casa hay dos calles que se cruzan. Por la derecha se aproxima vertiginosa, llena de escaparates de capotas rojas y multitud de geranios blancos; la Calle Pasión.  Por la izquierda un poco remolona, con varias curvas, badenes, semáforos, mucha circulación de vehículos y personas; la Calle Utopía.  En la intersección se encuentran y se saludan. Mi barrio siempre tiene el cielo blanco y da un aspecto de lugar limpio y tranquilo. Pero yo diariamente veo accidentes en ese cruce y ya casi nunca me acerco a la ventana. Kilos de ansiedad…

 

IDEA 3:

Si ya, si ya, si ya me lo decía mi madre, y mi abuela, y mi prima hermana, y la Pili (que de eso sabe mucho), y mi amiga Paloma, y mi vecina, y la del bar de abajo que es una cotilla integral y en general, todas las mujeres me lo han recordado en los últimos diez años: que si yo quiero ser madre, puedo.

No sé… no sé… la cosa no resulta tan fácil: con casi cuarenta años, un novio que me deja por otra (veinte años más joven), un montón de amigos  sin ganas de colaborar en la causa explícita de la fertilidad, no mucha pasta en el bolsillo para una inseminación artificial… Un panorama para morirse.  Pues no, voy a echar una primitiva y después me compro un vestido nuevo.  Decidido; hoy  me llevo al más guapo que me cruce  en el camino a mi casa y se lo digo alto y claro: “Quiero un hijo tuyo”.

 

IDEA 4:

Si volver es: “Dirigir, encaminar algo a otra cosa, material o inmaterialmente”; lo que implica que hay otra realidad distinta  a donde poder dirigirnos. ¿Cómo puedo significar  a la vez  “Poner o constituir nuevamente a alguien o algo en el estado que antes tenía?

Si pasión es: “estado de padecer”, “lo contrario a la acción”; ¿Cómo puede ser a la vez “apetito o afición vehemente a  algo”?

Con tanta confusión lingüística y caos semántico, el análisis de utopía pierde de golpe para mi importancia. Digamos, sólo, que la vida, mi vida “siempre” es, será mejorable. Una única frase. Un único sentido. Mejoremos pues.

SECCIÓN HOY RECOMIENDO: SOLEDAD DE JORGE DREXLER

SECCIÓN HOY RECOMIENDO: SOLEDAD DE JORGE DREXLER

 

Jorge Drexler, habla de Soledad en su álbum  12 segundos de oscuridad, canta una canción preciosa junto a  María Rita

Cuya letra dice así:

Soledad
Aquí están mis credenciales.
Vengo llamando a tu puerta.
Desde hace un tiempo.
Creo que pasaremos juntos temporales.
Propongo que tú y yo nos vayamos conociendo.

Aquí estoy.
Te traigo mis cicatrices.
Palabras sobre papel pentagramado.
No te fijes mucho en lo que dicen.
Me encontrarás.
En cada cosa que he callado.

Ya pasó…
Ya he dejado que se empañe.
La ilusión de que vivir es indoloro.
Qué raro que seas tú
quien me acompañe, soledad
A mí que nunca supe bien
Cómo estar solo…

Soledad
Aquí están mis credenciales.
Vengo llamando a tu puerta.
Desde hace un tiempo.
Creo que pasaremos juntos temporales.
Propongo que tú y yo nos vayamos conociendo.

 

Jorge Drexler habla de la soledad exactamente como yo la siento, por eso me estremece oír esta canción.

Para los que deseen escucharla, este es un enlace más de los que están por youtube:

 https://www.youtube.com/watch?v=oNLJN62iKlc

Y, sinceramente, hay tantas canciones bellas a lo largo de su discografía que elegir esta ha sido dificilísimo.

  • La luz que sabe robar(Ayuí / Tacuabé a/e109. 1992)
  • Radar(Ayuí / Tacuabé ae137cd. 1994)
  • Vaivén(Virgin Records España. 1996)
  • Llueve(Virgin Records España. 1997)
  • Retrato de una mujer con hombre al fondo(1998)
  • Frontera(Virgin Records España. 1999)
  • Sea(Virgin Records España 8104972. 2001)
  • La edad del cielo(2004)
  • Eco(Dro Atlantic. 2004)
  • Eco²(incluye 3 bonus tracks + DVD. Dro Atlantic. 2005)
  • 12 Segundos De Oscuridad(Dro Atlantic. 2006)
  • Cara B(doble directo + DVD. Dro Atlantic. 2008)
  • Amar la trama(2010)
  • n(EP. Warner Music. 2013)
  • Bailar en la cueva(2014)
  • Salvavidas de hielo(2017)

 

 

SECCIÓN HOY ESCRIBO. INVOLUCIÓN

SECCIÓN HOY ESCRIBO. INVOLUCIÓN

INVOLUCIÓN

Un día  te despiertas y al mirarte en el espejo descubres que se te ha caído la cara. Es un efecto extraño. Todo está en su sitio, excepto que el mentón ha aumentado un centímetro. Parece tu cara pero no lo es. Has convivido con ella durante cincuenta años y ahora no te reconoces. Casi los mismos ojos, la nariz, la boca, pero el conjunto resulta ajeno. Tocas tus párpados, tus cejas, estiras los pómulos y lloras.

—Cariño, esto es terrible. Ha ocurrido —dices con una lenta y lastimosa caída de ojos.

—¿Qué, qué te pasa? El “cariño” está a tu lado afeitándose, levanta la ceja, te mira y advierte: «No es para tanto, nena. Vamos madurando.»

Pero tú estás segura que esa no eres tú, y su opinión ya no te resulta tan importante, te mira pero no te ve. Sin embargo hace bien el papel intentando consolarte: «No llores, anda, píntate un poco y péinate con ese moño tan bonito que sólo tú sabes hacerte, ya verás cómo te ves mejor.»

Puedes estar dormida, tener un mal sueño.  Te pellizcas, pero no, palpas otra vez la cara y comienzas la rutina matinal sin prestarle más importancia.

Desayuno, cigarrillo, te vistes, te rehabilitas con maquillaje la fachada del rostro y te marchas al trabajo. Por la calle observas cómo te mira la gente. Estás paranoica. No, no lo estás. De todos modos, sacas las gafas del bolso y te las pones; a las ocho de la mañana no hace especialmente sol, pero no lo soportas, no soportas esas miradas clavadas en tu cara gravitada. Horror, tu vecina, se cruza contigo en la esquina.

—¡Hola,  buenos días! —dices pareciendo vital.

—Hola, oye, pero, ¿qué te pasa? —te pregunta.

—No, nada.

—Espera, ¿estás enferma?

—No, no te preocupes. Tengo prisa, llego tarde, luego te veo.

—Chica, no sé pero…, te noto algo raro. ¿Estás bien?

—Sí. Luego te llamo —afirmas contundentemente sin parar y sin mirar atrás. No te convence tu respuesta, sabes que algo te pasa. Ni siquiera puedes explicar el qué pero ella te conoce perfectamente.

En diez minutos llegas al trabajo. Te sientas  y la silla vence más de la cuenta. Es una silla de oficina hidráulica. Reviento el botón del pantalón. Vas al baño. Comienzas a sudar. Necesitas volver a mirarte en el espejo.  Estás asustada.  Vuelves a verte horrible. No. Todavía más horrible. Lloras otra vez. Tus ojos se han vuelto tristes, opacos, y la sonrisa está horizontal, fuerzas la curvatura con los dedos índices sujetando los labios hacia arriba, sueltas. No se mantiene. Esa imagen del espejo, definitivamente, no eres tú, no es tu boca. Vas a vomitar. Abres la puerta del aseo  y la cierras de un manotazo. Te precipitas sobre el inodoro y efectivamente, vomitas. Te limpias, te limpias con el papel, te incorporas y sientes un ligero mareo. Bajas la tapa y te sientas. Tocas la costura de los pantalones y compruebas que se ha reventado por el culo también. ¿Qué está pasando? Y, ¿por qué a ti? Levantas tu camisola de verano y compruebas que las tetas han disminuido y se han caído, mientras que tu cintura ha desaparecido formando una masa compacta entre el pecho y la cadera que se precipita hacia el suelo.

Decides no volver a mirarte en el espejo. Empiezas a sudar mucho. Y crees que es un mal sueño. Despertarás. Empiezas a rezar. Te lavas la cara y las manos en el lavabo y sujetas el pelo con una coleta. Vuelves a tu puesto de trabajo y haces ejercicios de respiración. Dos minutos y un sol resplandeciente. Reinicias tu ordenador que está dando problemas de arrancado y cuando empiezas a trascribir la carta del Jefe de Sección para el Jefe de Servicio, compruebas que tus dedos se están hinchando y acortando. Te levantas y pides a tu compañera que se ponga a tu lado. Estás histérica. No te entiende. Tras una solicitud mucho más agresiva, termina acercándose a ti.

—Por favor, Encarna, ponte a mi lado. —Encarna es la mejor persona del mundo, la mejor compañera, amiga, confidente, estupenda persona que te aguanta cada día.

—Voy, espera.

—Que te pongas a mi lado.

—¡Jo, como vienes hoy! Ya, aquí me tienes.

—Mira mis manos, mira mis brazos, mírame. ¿No lo ves?

—¿No veo el qué?

—Pues esto: observa mis brazos, me están creciendo, compara tus manos y mis manos,  dedos me están engordando y acortando.

—Estás diciendo tonterías. Es el calor, que agota los cerebros. Oye, yo no veo nada. Deja de preocuparte ya. Cógete el día. Véte a casa.

—No, no puedo permitirme el lujo de pedirme el día. No tengo más días de vacaciones. Sólo me quedan tres y los tengo que usar en Navidad con los niños.

—Pues relájate ya, ¿vale? Estás un poco más hinchada de lo normal, estás nerviosa, quizá por la menopausia, pero no pasa nada. De verdad. Confía en mí. Todo está bien.

Vuelves a sentarte en tu escritorio y sigues trabajando durante las siguientes tres horas. Cada vez te resulta más difícil concentrarte y seguir leyendo la carta. Casi no puedes escribir sin mirar las letras en el teclado. Todo tu mundo se empieza a desmoronar.  Te levantas, te estiras, pero al intentar incorporarte compruebas que tu espalda ha adquirido esa postura encorvada característica de los primates. Ya has comprendido algo: ¡Estás alucinando! Acabas de darte cuenta. Esas cosas no pueden estar pasando, y no a ti, y menos en ese lugar. Esas cosas no pasan.

Decides ir al office para beber agua fresca y tomarte  algo. Abres el refrigerador  y ves un poco de fruta. No sabes de quién es pero de repente te ha surgido un apetito atroz. Te la comes a mordiscos y lo dejas todo perdido. Tus compañeros te reprenden pero tú no sabes qué decir.

Mientras limpias y adecentas un poco la mesa, te ves reflejada en el cristal ahumado de la ventana. No tienes cuello. Tu cara y tu tronco son lo mismo. Una prolongación de carne, pareces algo así como un besugo con pelos.  De repente tienes ganas de dormir, buscas un lugar tranquilo y oscuro y lo encuentras en el sótano, donde está el archivo. Allí te quitas la ropa que te oprime   y te tiendes encima de unas cajas de cartón donde se acumulan expedientes de años anteriores, simulando una pequeña camita.

Has perdido la noción del tiempo. Quizás duermas dos, tres o incluso cuatro horas y sólo las ganas de orinar te despiertan.  Lo haces allí mismo, en cuclillas.  Decides salir al mundo.  Ves un ascensor. Sabes que es un  ascensor y pulsas la tecla cuatro. También sabes o recuerdas qué significa cuatro. Regresas a tu puesto de trabajo.  Al llegar a la planta y abrirse las puertas saltas al rellano. Eres el centro de atención y comienzas a oír algunas risas.

Alguien dice: ¡Venid, venid todos. Mirad lo que acaba de llegar!

La Chica de la limpieza corre hacia ti con una escoba en la mano.

El Chico guapo de la recepción le corta el paso y le increpa: «Ni se te ocurra. »

—¿ Pero qué hace aquí esta mona?— pregunta la recepcionista.

Quieres hablar, pero sólo articulas algunos gruñidos enfurecidos.

—¿Una mona?¿ Me he convertido en una mona? —piensas resignada. En el fondo ya lo veías venir. Observas tu envergadura y compruebas que durante el sueño te ha salido pelo por todo el cuerpo y la cara, y que la goma de tu coleta se ha caído. Eres una mona divertida con las uñas pintadas de rojo y unos pendientes brillantes. Pero una mona al fin y al cabo.

—¡Qué graciosa es! Mira, lleva bragas y sujetador. —apunta uno de mis compañeros de suministros riéndose. No se puede ser más tonto…

—No sé para qué, —dice otro.

—Tal vez sea una broma de la ex mujer del jefe. Dicen las malas lenguas que ahora tiene una novia muy morena y con pelos hasta en las tetas.

—¡Ala, tío, no te pases…!

Corres hacia la única compañera que reconoces. Correr con tacones es difícil, te caes, y al incorporarte lo haces apoyando los nudillos de las manos. Prosigues en esa postura más animal que humana hasta llegar a tu meta. Ves al jefe. Recuerdas esa relación jerárquica, casi como si fuera un amo que te diera de comer.

—¿Pero qué es este revuelo? —pregunta el jefe, mirándote directamente a los ojos. Le miras, le coges de la mano, se la pones en tu cara. Haces un esfuerzo por explicarte:« U. U. Te tocas el pecho y sólo salen sonidos guturales.»

—Y, ¿esta mona? Voy a despedir a quien la haya traído.  Lo juro.

—¡Sofía! —grita furioso mirando alrededor y buscándome. ¡Sofía1, ¿dónde está Sofía? No la he visto en toda la mañana… —pregunta finalmente dirigiéndose a su compañera Encarni.

Y tú, que reconoces ese nombre, vuelves a golpearte en el pecho y te acercas a él. Yo, yo, yo, —piensas—, pero sólo puedes decir:  U,U,U. Sonidos furiosos. Nadie te  comprende.

—Llamad ahora mismo a la Protectora de animales y que se lleven a esta pobre mona de aquí. ¡Qué mal gusto por Dios Santo!. Estoy esperando al Presidente para una reunión a las cinco. Pero, ¿dónde coño está Sofía? Gestiónalo tú, por favor, Encarni. —le ordena a la otra mujer.

Ahora comprendes que eres una mona, te sientes mona por dentro y por fuera.  Sólo tienes que resignarte. Ya no tienes que hacer nada mas. Sólo esperar a que te laven, te limpien y te den de comer en un zoológico. Los ojos tristes de los monos sólo denotan que no recuerdan, que ya no tienen consciencia.  La involución ha llegado. Y yo he sido la primera… pero ya podéis ir preparándoos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SECCIÓN HOY ESCRIBO: LA HABITACIÓN

SECCIÓN HOY ESCRIBO: LA HABITACIÓN

“Más que la de ser un lugar habitable, para mí la literatura cumple la función de las puertas, incluso existen puertas tan amplias que pueden inventar habitaciones.”  Andrés Neuman. El equilibrista.

 

La habitación

Un día de agosto de dos mil siete vi un anuncio en el periódico local: “Alquilo un pequeño apartamento en el Casco Histórico de Toledo. 50m2. Una habitación. Sin calefacción. Necesita reformar. 100 euros al mes. Urge alquilar”.

 

La curiosidad me abrazó desde el mismo momento que lo leí. Necesitaba verlo. Había algo extraño en este anuncio. Llamé al teléfono y me contestó un hombre de avanzada edad, un poco sordo y tartamudo. Después de mucho esfuerzo, conseguimos concretar la visita  a las seis de la tarde. Sólo  esperaba que aquel señor hubiera entendido bien la dirección: Plaza de San Justo. Curiosamente, los dos nos llamábamos Pedro. Esa era nuestra consigna para reconocernos.

 

Cuando apareció, descubrí que era  todavía más mayor de lo que me pareció por teléfono.  Le ofrecí mi brazo  brazo para apoyarse al caminar. Iba contando en voz baja: ciento treinta seis pasos, dos escalones, tres tropiezos, dos alcantarillas y tres imbornales,  después, un  giro inesperado  a la izquierda, y un callejón. Aquí, dijo. Entonces,  abrió su abrigo y sacó una llave de hierro antigua que llevaba colgada del cuello. Buscó la cerradura  a tientas. Chirriaron las bisagras y tras un breve forcejeó consiguió abrir la hoja. Atravesar el umbral me dio una grima y un no se qué… Yo nunca había visto un  callejón tan triste. Ningún inmueble tenía ventanas. Era estrecho y olía a pis. No podía haber tenido peor suerte. Tenía el aspecto de una casa de servicio o  alguna cochera o caballeriza. No sé, la cuestión es que en algún momento, esto se habitó. Sólo un poco de luz se filtraba por encima de la puerta  a través de un vidrio mugriento. Y me pareció ver algún gato salir despavorido por un hueco de ventilación que había en la fachada.

―No está mal… Necesita una pequeña reforma. ¿Verdad? ―me sonrió.

—Bueno, creo que una gran reforma. Parece que hace un siglo que no vive nadie aquí.

Sonrió nuevamente y  un detalle me llamó la atención. Tenía el incisivo superior derecho roto. En aquel instante, sentí la  curiosidad de preguntarle cómo se lo rompió. Pero no lo hice. Realmente, ¿quién era yo para recordarle algún suceso desagradable? Total, sólo era un pobre viejo.

Me pareció el sitio más  horrible del mundo. Pero no podía decírselo. Por otro lado, pensé que tampoco pedía mucho, y para mí, sólo, sin pareja, sin hijos, y sin ningún oficio remunerado a la vista podría servirme durante algún tiempo con lo que tenía ahorrado.

El hombre era muy educado, y me fue mostrando casi a tientas lo que recordaba. Aquí está la cocina, aquí el aseo, aquí, bueno, aquí hay una habitación que no alquilo. Estará cerrada. Yo vendré de vez en cuando para traerme o llevarme alguna cosa. No te dejaré la llave pero la tengo aquí.  ¿Ves? Y me enseñó una llave más pequeña que colgaba de otro cordel atado al cuello.

Tenía gracia el asunto. Encima me dejaba en prenda una habitación sin derecho a uso.

―Bueno, hijo, ¿qué le parece? Es todo un regalo, ¿no?

En fin, me rasqué la barba en ademán pensativo, fruncí el ceño, pero asentí. Lo cierto es que no tenía nada mejor. Busqué en mi bolsillo el dinero del alquiler y se lo ofrecí.

―No, no se preocupe. Vendré mañana.

―De acuerdo. Si quiere le acompaño.

―No, no, tranquilo. A donde voy, ya me apaño yo.

Así que allí me quedé. Un poco desilusionado, la verdad, pero, como ya he dicho, era lo único asequible en ese momento. Menos mal que Lolita se  prestó a echarme una mano. Lolita, les explico, era la hija menor de mis vecinos de enfrente. Siempre estaba en la calle fumando y así la conocí.  Tenía unos veintidós años y estaba como una cabra.

Con cierto esfuerzo, gracias a la chica, lo que me iba encontrado por la calle y lo que me regalaron conseguí levantar aquel antro y convertirlo en un sitio habitable en poco tiempo.

La cuestión es que aquel hombre no vino al día siguiente a cobrar, ni al siguiente, ni pasado un mes, ni al año. Yo viví esperando a que un día llamase a mi puerta y guardando en un sobre rigurosamente mis cien euros mensuales. Tampoco contestaba al teléfono cuando le llamaba. Y nadie supo darme su paradero.

Lolita me comunicó un día de invierno de  principios  de dos mil nueve  que estaba embarazada y que era mío.  Tener un hijo con treinta años y sin trabajo no era muy  alentador. Pero no tener espacio tampoco. Entonces, pensé más a conciencia en localizar al hombre del anuncio para pagarle y para pedirle que pusiera a mi disposición aquella habitación.

No tengo que decirles, porque ya se lo imaginarán, lo terrible que es vivir en un sitio con una habitación cerrada en la que no sabes qué hay. Se pasan por la mente mil y una gilipolleces. Incluso, en sueños puedes imaginarte etéreo y verte atravesando la pared para tocar grandes tesoros, o encontrarte una lámpara mágica a la que pedir cien deseos, o, a la contra, que allí se guardan niños descuartizados o instrumentos de tortura. Vivir sin luz y sin aire, vamos, como una rata, tiene estos pequeños inconvenientes mentales.

Puse un anuncio en el periódico buscando a mi casero pero, claro, con tan pocas explicaciones. Ni idea. Sin noticias. Pregunté por el barrio pero allí tampoco nadie sabía nada. Nunca habían visto nadie entrar o salir de aquella casa.

Luego fui al registro de la propiedad y pedí una nota simple. Resultó, que aquel inmueble estaba a mi nombre. Se me congelaron las entrañas.

Pedí un histórico de propietarios anteriores.  Más de  lo mismo. El Registrador me indicó que siempre había estado a mi nombre: Pedro González Ruiz. Durante los últimos ochenta años no habiéndose realizado ni  sucesiones ni donaciones.

Me mareé. Del golpe me rompí el incisivo superior derecho.

Coincidimos en el hospital Lolita, dando a luz, y yo, despertando de un no sé qué estado de tránsito. Acabo de tener un hijo, qué curiosidad; también se llamará Pedro González, y gracias al regalo de nuestro gran desconocido y por la generosidad de mi Lolita, también le pondremos de segundo apellido Ruiz.

Cuando volvimos a casa, lo primero que hice fue romper la cerradura de la puerta de aquella habitación y tirarla abajo de una patada. Entonces, descubrí, lo inimaginable… Había luz, a raudales, maravillosa luz: era un patio y yo tenía mi pedazo de cielo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SECCIÓN HOY ESCRIBO. HOJA ARRANCADA

SECCIÓN HOY ESCRIBO. HOJA ARRANCADA

HOJA ARRANCADA

 

En el vuelo de Madrid – Holanda del día cinco de agosto de 2018, a las 18:00 horas,  me encuentro una revista de publicidad en el avión. Contenido previsible: vuelos, hoteles, características de la compañía,  líneas,  destinos regulares, publicidad variada de alta gama.

Y una hoja que está arrancada.

Enseguida, pido a la azafata que me traiga otra revista exactamente igual. Cotejo la página  y está nuevamente arrancada. Le pido a la chica de al lado la suya para hacer la correspondiente comprobación. Igual. No está.

A mí estas cosas no me pueden pasar, porque ya no descansaré hasta saber qué había en esa página ¿Por qué se han arrancado todas esas hojas?—le pregunto a la azafata.

—No lo sé… —me contesta con incertidumbre encogiéndose de hombros, y continúa:  no tenía constancia de este asunto. Pero podría revisarlo en las demás por si en alguna de ellas estuviera. Si me da un rato, tras servir las meriendas al pasaje, le atenderé.

—Sí, por favor, siento curiosidad.

Pasados unos quince minutos la azafata vuelve y me da una revista con una amplia sonrisa. —Aquí tiene.

La recepciono y  paso las páginas hasta encontrar la número veinte.  Sí , sí, aquí está.  La observo  y efectivamente, veo un anuncio de  una selva tropical, con una mujer exuberante luciendo un bikini dorado y con un morenazo de muy señor mío.  Claro que la imagen es muy sugerente y sensual. No lo niego, la mujer muy guapa, no lo niego, pero… que tampoco me parece suficiente como para arrancar la hoja. Hasta que observo que tiene una muestra de perfume para frotarse el cuello y las muñecas  en la esquina inferior derecha.  ¡Qué desilusión tan grande!  Ya había empezado a pensar en una modelo que fue pareja del piloto y que no podría soportar que estuviera en las revistas de la compañía, o en un viaje  que ya no estaba disponible porque ocurrió una catástrofe astronómica, o una historia de amor entre alguien de la tripulación, pero no, era una página publicitaria. Con su encanto eso sí, de la selva tropical y una mujer en paños menores, pero poco más. Y por un momento sentí que se había roto la magia de creer en una situación mucho más enrevesada…

Estuve un largo rato con la hoja abierta intentando imaginarme que más podría hacer. Después, yo también  arranqué la hoja  con el perfume incluido  y me la  guardé en el bolso. ¿ Y por qué?  No hacía falta que arrancase la hoja,  se preguntarán ustedes, con haberme frotado con el perfume y usarlo era suficiente, pero, por un momento pensé que eso le daría emoción al que como yo, un ser inquieto y curioso,  ciento quince  viajes después, también preguntó por la página veinte a otra azafata y nunca supo qué había en ella.  Seres curiosos…

SECCIÓN HOY ESCRIBO. NIEBLA

SECCIÓN HOY ESCRIBO. NIEBLA

Hace meses, le mandé  este relato a RAFA MIR, sólo para su lectura y me sorprendió con esta ilustración  que me encantó. No estaba muy segura de publicarlo pero finalmente me he animado porque su trabajo captó perfectamente el espíritu reflexivo del relato. Espero que lo disfrutéis. ¿Cuánta niebla hay todavía en tu vida? Te animo a  atravesarla.  No vivas en el miedo.

 

Tíulo de la ilustración: Niebla
Título del relato: NIEBLA CUERPO AMOR ADICTO NIEBLA
Esta es la última vez que voy—eso me digo todos los días—, pero siempre voy. Son las siete, los niños están todavía dormidos y la niebla me llama. Sé que estará allí, esperando en el tercer ciprés, camino del cementerio, arrimado al arcén pero con el camión en marcha, como todas las mañanas, sujetando las dos botellas de cristal de leche, esperando mi recogida.
Una pausa de veinte minutos y cada uno seguirá con su vida. No hay más que eso, sexo y niebla.  En medio de la suspensión de gotas de agua  —que no permiten ver a más de un kilómetro— y el sudor de dos cuerpos desconocidos que se encuentran.
Nadie sabe. El paisaje ayuda…  ¡Cómo cambian las cosas dentro de esa niebla!  No se puede mirar a través de ella, no se ve más allá de nada. Es como un espacio vacío de tiempo—sin pasado, ni presente, ni futuro—  donde protegerse de los mirones, o de los turistas,  o del mundo, donde encontrar el centro de nuestra verdadera existencia. Dentro de ese paisaje nebuloso y opaco, donde mi desorientada alma transita en la búsqueda de otra alma tan desorientada como la mía, a tientas,  en un ambiente que asfixia y entristece antes de, me repito: Esta es la última vez  que va a pasar, me lo repito como un mantra. Y le veo, y me sonríe. Y le sonrío. Y todo sucede sin previo cortejo ni florituras. Sucede nuevamente.
La niebla siempre callada, y nosotros cada vez más locos, reímos. Y nos besamos y pronunciamos las palabras prohibidas, que parecen de verdad… Te quiero, te quiero, te quiero— me dice.  Y yo más—le contesto susurrando mientras le abrazo fuerte. Pero son puro engaño: palabras-mentira.                                                                                                                                                                                                    No importa cuándo y cómo sucedió por primera vez. Ni siquiera sé quién es realmente; si está casado o no, si tiene hijos,  si es un ex convicto o  tiene una como yo en cada parada del camino.  Poco importa, la verdad. Ese encuentro matutino, me permite seguir viviendo con un poco de  esperanza. Seguir mirando mi vida anodina y pensar que algo de emoción la habita.
Tampoco importa mucho como es él. Quizá algo más alto que yo, con la espalda fuerte y cierta barriga, calvo, puede, —siempre lleva un gorro—, con barba de varios días que no pincha y un uniforme color verde oscuro.  Huele a azahar. Sí, a limpio y fresco. Y ese olor me impregna la piel y me dura todo el día.
No sé su nombre. Ni él el mío. Poco importa.  Nos dejamos llevar como animales. Nos hacemos el amor o lo que sea. Sin preguntas ni explicaciones. Sólo al final decimos: Hasta mañana. Y volvemos a sonreírnos.
Y vuelvo más animada y resuelta hacia mi casa para  empezar el día. El día número 4653 de esta esclavitud.
La niebla no tiene pliegues ni atajos, quizá se disipa un poco a eso de las doce de la mañana. La miro a ratos  a través de la ventana de la cocina: mientras desayuno, mientras cocino, mientras friego los cacharros y siento el desamparo entre los cubiertos y los platos y me preparo ese café caliente, cuando vuelven los chiquillos del colegio y abro la puerta para recibirlos, y sigue ahí. Siempre. Ese recuerdo, ese goce de vivir, la conciencia íntima de mi secreto, el asombro de mi libertinaje, y la memoria del encuentro. Todo me ayuda.
Y luego, a eso de las seis,  mi marido regresa de su trabajo. Y puedo olerle mucho antes de que atraviese la puerta, puedo hacerlo.  Y me dan ganas de vomitar. Todo a su alrededor me produce náusea. Su hedor a taberna, su boca de tabaco seca y áspera, sus manos frías…. Voy arrinconándome y haciéndome pequeña. Por no discutir cada día. Por no mover la mierda.  Me limito a contemplarla y a sentir asco. Y a dejar crecer ese abismo negro dentro de mi estómago. Pero no la muevo… Eso creo que es el amor domesticado. Y me dan ganas de gritarle: Dios mío, ¿Pero qué habita en tu alma? No puedes esperar que nuestra vida sea esto. No deberías permitirlo… Mírame, mírame con el corazón. Con ese brillo de pupilas del primer amor.  Pero no me mira.
Cocino, plancho, ayudo a los niños con las tareas, les baño, les doy la cena, les cuento un cuento, son tan pequeños…  Y él  permanece en el sofá viendo la televisión,  ajeno a mi trajín continúo como  un amo tranquilo y orgulloso de sus confines.
Y cierro los ojos y pienso en la niebla. Eso sí me reconforta. Y deseo que sean nuevamente las siete de la mañana. Y encontrarme con el monstruo del placer, redescubrir los sueños de mi universo subterráneo y dejarme hacer y encontrarme o perderme más bien,  durante veinte minutos. Todo eso y nada más. Respiro largo y profundo. Me siento eléctrica.
Ayer, mientras limpiaba el salón escuché una frase en la radio: Sólo los valientes atravesaron la niebla y desaparecieron. Y eso fue el detonante de todo.
Ya he dicho que esta es la última vez que voy al encuentro del lechero.  He dicho y he escrito. Y yo hablo poco y escribo lo justo.  Esta misma mañana voy a dejarle  una carta de despedida a mi marido donde le explico que ya no aguanto más. Que mi vida  en esta granja es tan triste como los tejados desvencijados  y que me marcho, que voy a atravesar la niebla para no volver nunca. Quiero dejar atrás este tiempo muerto. Y que no nos busque, porque ya estaremos en el otro lado, en la luz.
Encontraré un lugar donde será posible el milagro de la verdad,   donde pueda vivir a mi manera,  en medio de un  silencio esencial o del más insoportable de los ruidos—ya veré que me interesa cuando llegue—,  donde encuentre de nuevo el amor naciente,  o no lo encuentre nunca más y  en definitiva: me sienta viva. Dejaré atrás las pesadillas, esta distraída  existencia superficial y descontrolada,  este sin sentido. Me da igual lo que tarde en llegar a ese nuevo hogar, pero no me perderé nuevamente: saber lo que quieres en la vida  tiene esa ventaja, que ya no naufragas sino navegas.  Ahora me siento fuerte, me siento faro brillante que ilumina mi vida y la de mis hijos. Y el cielo es mucho más profundo de lo que imaginamos, pero eso tampoco importa.  No tengo miedo. Ya no.
—¡Avancemos, hijos,  a través de la niebla!,  ¡Nos vamos! ¡No miréis atrás!
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