SECCIÓN HOY RECUPERO. COMUNICADO DE PRENSA

SECCIÓN HOY RECUPERO. COMUNICADO DE PRENSA

Este relato ganó el segundo premio del concurso internacional INVENTIA. Hoy lo recupero  porque me apetece recordarme, que nada es gratuito, que todo requiere un esfuerzo y que, pase lo que pase, mañana saldrá el sol.

Comunicado de Prensa

Del 12 al 19 de Julio del año en curso se llevarán a cabo diferentes actividades cívicas, culturales, musicales y conferencias en el CETIS N°7, ubicado en Av. Luis Espinoza s/n esq. Calle Congada, Col. La Paz en la Delegación A. Madeiro”.

Acababa de finalizar la carrera de periodismo y era mi primer trabajo justo al otro lado del mundo. Sabía que era un inicio importante. Expuse  mi conferencia ilusionado y nervioso. Al terminar, recogí la maleta, la chaqueta, el periódico y me encaminé en búsqueda del hotel.

(…)

Anocheció rápidamente y mientras avanzaba bajo la luz de las farolas veía mi sombra crecer y decrecer. Había un grupo de niños dibujando sonrisas en las aceras con trozos de yeso blanco y al verme pasar se arremolinaron en torno mío metiendo sus manitas en todos los bolsillos de mi ropa. Les di una moneda a cada uno y me dejaron continuar. Levanté la vista hacia la esquina de la calle que cruzaba  perpendicular y leí en un rectángulo blanco con letras azules excesivamente  rumbosas: “Calle Solidaridad”,  sonreí reconfortado.

Aunque agotado, continuaba andando. El hotel, ubicado al final de la calle, según el plano, no parecía existir en la realidad. Contaba mis pasos, las puertas, las ventanas, contaba para que la cuesta no costara.  “Tengo que llegar” —pensé—,  “Tengo que llegar” —me repetía—. Advertí un pequeño hostal a mi derecha justo en el número 125bis. Hubiera pasado la noche allí, pero ya tenía la reserva hecha en el hotel. Y yo quería dormir en el hotel… Yo quería llegar.  Seguí andando. Número 159. ¡Ya me queda menos! — me animé.

Andar, avanzar, sentir, pensar, vivir y… llegar.

Al fin frené mis pasos junto a las cuatro estrellas,  me di la vuelta, miré  la longitud y pendiente de la calle, resoplé profundamente e imaginé cómo al día siguiente todo sería más fácil: andaría cuesta abajo, con el sol sonriéndome y deseándome: ¡Buenos días!

 

COMUNICADO de prensa.

SECCIÓN HOY RECUPERO. ARREGLOS DE COSTURA

SECCIÓN HOY RECUPERO. ARREGLOS DE COSTURA

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.


 

Los lunes y los miércoles por la tarde de siete a ocho damos la vuelta al valle. Es un recorrido de hora y cuarto, pero si aprietas el paso en una hora puedes hacerlo.  En ese camino ves el río Tajo, los árboles, mogollón de gente deportista, los patos, el parque, aprecias Toledo desde fuera de la ciudad, puedes disfrutar de uno de los atardeceres más bonitos del mundo y respiras. Pero lo que siempre nos pone los pelos de punta es acercarnos a la casa de los arreglos de costura. María y yo no tenemos miedo a casi nada. Vamos, creo que somos unas mujeres bastante valientes en general. Pero esta casa es una de esas casi nadas que se salen de nuestro entendimiento.

Hablaré de María primero. Ella es TTV (que significa que es de Toledo de toda la vida y a mucho orgullo). Conoce a otros muchos TTV y muchas leyendas de la ciudad. Es jovial, vivaracha y muy leal. Con ella doy esos dos paseos a la semana llueve o nieve, y son una buena dosis de alegría. Yo, por el contrario, soy de fuera, pero tengo un carácter extrovertido y curioso y me resultó muy fácil adaptarme al medio.

Para centrar la historia, explicaré que todo empezó hace un año o así. Uno de esos  días ella me obligó a fijarme en una casa que antes había pasado inadvertida. Era de piedra, de una sola planta, con una puerta central y dos ventanas ridículas a ambos lados, casi siempre cerradas a cal y canto y en un estado ruinoso de las cubiertas que cualquier día iban a vencerse. Estaba ubicada cerca del Puente de Alcántara, un poco camuflada a los pies de la muralla. María la señaló y me animó:

—Venga, tía, acércate ahí —dijo apuntando a la puerta que tenía unas contraventanas de madera abiertas hacia dentro.

Desde fuera se podía ver un pequeño cartel blanco con el título: Arreglos de costura. Pero no ponía ni un teléfono, ni un horario, sólo eso. Un cartel hecho de madera, pintado con pintura Titán blanca y serigrafiado en negro, adosado al cristal de la ventana por dentro.

—Voy —le contesté obedientemente. Pero ante su distancia, le pregunté—: ¿Pero qué te pasa?

—Nada… —pronunció un tanto nerviosa—. Acércate y pega la cabeza al cristal —me ordenó. ¿Qué ves?

Y yo, nada prudente, me arrimé y posé la nariz en el cristal para acomodar la vista al interior que estaba más oscuro que la realidad exterior. Contesté relajada:

— Pues veo un salón.

—¿Qué más ves? ¡Carajo! —dijo alzando la voz y con un tono malhumorado.

—Pues un espacio antiguo. A la izquierda de la estancia hay una máquina de coser Singer con una silla de enea y un cojín de lunares desgastado. Al fondo veo un sillón de madera con tapicería de flores y delante una mesa camilla con una faldilla verde oscura y un tapete de ganchillo. En las paredes unos cuadros de ángeles, poca cosa. Al fondo a la derecha, también una cortina de rayas de acabado castellano sensiblemente recogida sobre una silla.

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Ilustración de Rafa Mir

—¿Sólo eso? Y la mujer… ¿no hay una mujer?

—No. Sólo un espacio digno de una película de Almodóvar de una casa manchega de los años sesenta. —Y me retiré—. Venga, ¡mira tú! —La animé.

—Yo la vi muchas veces cuando era pequeña.

—Pero ¿a quién?

—A la costurera, ¡coña! No te enteras. Siempre me arreglaba los uniformes del colegio.

—¡Ostras!, pero de eso ya ha pasado mucho tiempo. Que ya vas camino de los cincuenta.

—Y tanto… Lo curioso es que siempre que paso miro por si la viese, pero soy incapaz de arrimar la cabeza como has hecho tú. Tenía un moño blanco y llevaba batas negras de luto riguroso. Era menuda y casi transparente. O al menos así la recuerdo.

—Y ¿por qué no llamas y la saludas?

—Me da miedo.

—¡Ah, venga! Arrima aquí la cabeza. No está. —La animé señalando el cristal.

—¡Te he dicho que no! —puntualizó molesta—. Es que no puedo…

—Pues sigamos entonces.

Llegamos al final del recorrido y cada una se marchó a su casa. No sé por qué se había puesto tan tensa. Ya no éramos niñas para películas de terror. Pero por alguna razón, ella vivía aquello con cierto respeto y miedo. En el tiempo que llevaba en la ciudad nunca había oído nada de esa casa, ni siquiera recordaba haber leído nada en periódicos locales o revistas de barrio, ningún suceso que me hiciera pensar que aquella casa estaba encantada o guardaba algún secreto. Entonces, se disparó algo dentro, como una necesidad de saber más al respecto. Una curiosidad malsana sobre una vida ajena.

Pasaron los días y los meses y siempre que pasábamos al lado de la casa era como si un silencio se hiciera a propósito y se produjese un efecto de eso que llaman una bajada de temperatura. No me gustaba mucho pasar por esa acera de piedra y sentir la humedad de las paredes y la sombra de las dudas.

Una tarde, cuando estábamos casi a la altura de la vivienda, vimos a una mujer entrar con una bolsa de plástico. Llamó a la puerta y la abrieron desde dentro. Ya tuvimos el primer indicio de que alguien habitaba allí todavía. Estuvimos fuera esperando a que saliese, pero pasaban los minutos y aquella mujer de camisa rosa de rayas y pantalones vaqueros de unos treinta años no salió. Entonces pensamos que si había ido a dejar un arreglo de costura tardaba mucho en salir. Pero no nos importó porque en ese tiempo estuvimos hablando de la vida y cómo mejorar el mundo. Pero tuvimos que marcharnos, no merecía la pena esperar tanto.

Imaginamos cómo sería la vida de aquella mujer, si vivía sola, si la ayudaban, si realmente recibía alguna pensión, si malvivía con los arreglos de costura, en fin…

Un día se me ocurrió la brillante idea de coger una falda y decirle a María que iba a llamar a la puerta con la excusa de que me arreglase el bajo, que prefería hacerla más corta. Ella se puso furiosa. No podía soportarlo. Dijo que bajo ningún concepto iba a ver a esa mujer mayor cuyo recuerdo le horripilaba. Y que si quería, que ella me la arreglaba y gratis. Así que se me cortó la ilusión de plan.

Otro día estuve buscando en la guía de teléfonos local por si fuera capaz de saber si tenía fijo y llamarla para ofrecerle algún tipo servicio a domicilio, comida, acompañamiento, etc. Sí, sí, era una excusa, pero es que me moría de ganas de saber quién vivía allí. Pero no tuve suerte. No aparecía en la guía amarilla nadie en esa dirección.

A finales de septiembre me pasé por el archivo regional en busca de algún periódico o alguna noticia antigua que tuviera que ver con esa casa. Pero tampoco encontré nada realmente vinculante. Una licencia de obras para construirla y poco más.

Así que, por más que me esforcé, no conseguí nada al respecto. Y María, pese a mi necesidad de conocer, no tenía la misma necesidad compartida, y no colaboraba dando luz a mis elucubraciones, con lo que desistí en el intento. Dejamos pasar los días y los meses. Siempre con un respeto extraño al pasar por la puerta de esa casa y con una curiosidad todavía más insana de mirar por la ventana. Era imposible no caer en la tentación de hacerlo. Vimos su casa en primavera, verano y otoño, a veces con las puertas entreabiertas, otras con todo cerrado.

Soñé incluso que una mujer menuda sacaba el brazo y nos pedía explicaciones de por qué observábamos su casa y qué pretendíamos con eso. Y es que, lo reconozco, se había convertido en una obsesión.

Una tarde me llamó María. Estaba en el tanatorio. Me dijo que fuera allí, que se encontraba muy triste y que no podía ni hablar por teléfono. Era un día soleado de principios de noviembre y yo acababa de salir del trabajo. Recuerdo perfectamente este detalle absolutamente intrascendente porque contesté a la llamada desde el bluetooth del coche y aproveché el camino que casi era el camino a casa, para acerarme a verla. Cuando llegué no podía creérmelo. Me presentó a su abuela fallecida. Estaba en el ataúd, con el cartelito de los arreglos de costura delante.

Me quedé pensando por un rato y en silencio. Luego me dirigí a ella furiosamente y le increpé:

—Me has estado tomando el pelo todo este tiempo. Eres una mala persona.

Y ella me contestó:

—No. Era la única forma de que contaras esta historia. Hazlo por ella. En su memoria. No tuvo una vida de película, pero gracias a ti, su recuerdo permanecerá entre nosotras.

Respiré, reflexioné y la abracé.

—¡Dios, eres la bomba en verso! Tienes razón, María. Nunca habría escrito esta historia. Lo siento por tu abuela, ya me darás detalles, o no… pero seguiremos pasando por esa casa cuando demos la vuelta al valle, y pensaré en lo capulla que fuiste por el engaño y en cómo activaste mi imaginación casi a partes iguales.

—Perdóname. Sé que lo entenderás.

—Te acompaño en el sentimiento, amiga. Lo entiendo.

Y aquí estoy contando esta historia: una historia de mujeres llena de empatía y complicidad. Y porque también hay en mí una necesidad de recordar mi  infancia entre ceras, pinturas y telas. Una infancia en la que vi a mi madre compartir horas de costura con sus vecinas y reír. Y ellas sí cambiaban el mundo con sus dedales.

Olga Ruiz


Este relato ha sido publicado en la web de Surcando Ediciona

SECCIÓN HOY RECUPERO. MARCIANOS EN GUADAMUR.

SECCIÓN HOY RECUPERO. MARCIANOS EN GUADAMUR.

Un poco de humor, por favor.

Marcianos en Guadamur.
Comunicado local 1: A las doce horas de hoy una niebla espesa de color azul pitufo se ha situado en la localidad de Guadamur formando un anillo de protección perimetral que es perfectamente observable a través del satélite Google Maps. Los habitantes del pueblo dicen que muchos seres azules de aspecto humanoide, con cabelleras amarillas y de complexión delgada inundan las calles. No son peligrosos: sonríen y saludan.  Hablan a trompicones en una especie de dialecto mixto. Algo así como: Miau, ¡hola!, guau ¿qué tal? Dale la patita, saluda…, oigg, oigg, esto mola, kikiriki. ¡Ni caso!  Y es que creo que han conjugado los sonidos animales y humanos y tienen un popurrí-jaleo lingüístico bastante importante.
Yo, como máxima autoridad, alcalde en funciones, ya me he dirigido a algunos de ellos y les he dado tarjeta de presentación. Distintas opciones viables: unos se ríen, otros se la han comido, otros la han convertido en cenizas con los ojos, otros simplemente han hecho una bolita apretada y la han tirado  al suelo. En fin, es difícil comunicarse con ellos. Les he preguntado por su gran jefe y les he invitado a una reunión protocolaria a las tres de la tarde en la plaza. Todos mis esfuerzos por establecer el contacto pacífico.
Comunicado local 2: Cinco minutos antes de la hora los  extraterrestres han aparecido a bordo de plataformas volantes con forma de hamburguesa y tras ubicarse frente a la Corporación Municipal han bailado la canción de Ricky Martin con Maluma: Vente pa ca. Ha sido un momento digno de televisar, ya que han coreografiado un reguetón para dar la bienvenida a su dignatario Muschogusto XXI, que ha aparecido subido en una especie de lechuga gigante.                                                                                                                                                                                         Sobrecogido por tanta solemnidad y despliegue de medios, y a sabiendas de sentirme ridículo,  he soltado una paloma de la paz que acababa de traer Manolo el secretario. Los animales voladores no les gustan, definitivamente ha sido un error, y con un disparo láser se la han cargado.
 
 
Ilustración de Rafa Mir
 
Comunicado local 3: Son las cuatro de la tarde. Los extraterrestres tienen hambre. Ya se han comido todos los ciruelos del pueblo, con troncos incluidos. Nadie sabe por qué les han  gustado tanto estos árboles.
En principio, ningún habitante de Guadamur puede salir del anillo de niebla y nadie puede entrar. La niebla tiene electricidad repelente que no permite acercarse a ella. Las comunicaciones se están manteniendo a través de las cuentas de Twitter, Facebook y por otras redes sociales. Se ha abierto un cibercafé en el ayuntamiento para que la gente que no tenga internet pueda comunicarse con sus seres queridos que se encuentran fuera. Se ha montado un lío muy gordo cuando los del geriátrico han descubiertos las páginas calientes abiertas, tanto que no querían irse.
Comunicado local 4: Son las 18.00 h. Hace dos horas pedí al presidente del Gobierno y otras autoridades de las Fuerzas Aéreas que mandasen al pueblo un convoy de helicópteros para desalojarlo.  Acaban de contestar. Las autoridades españolas piensan que, dado que han tenido contacto con extraterrestres, no es buena idea que por el momento salga nadie de aquí.  Han preferido establecer un nuevo perímetro de cuarentena y dejarnos a nuestra suerte hasta comprobar qué es lo que quieren exactamente los marcianos. Son palabras muy alentadoras… A tu lado siempre, señor presidente. ¡Con el partido hasta la muerte!
Comunicado local 5: Son las 21.00 h del día uno de esta divertida invasión y se han realizado los primeros envíos de suministros a la zona por parte de Cruz Roja vía aérea. Tanto los habitantes como los recién llegados han recibido los paquetes con los brazos abiertos y a alguno le han tenido que llevar al centro de salud por partirse la cabeza.
Comunicado local 6: Durante las cenas, a eso de las diez, ha habido cierta calma. Los extraterrestres se han comido hasta los paquetes de cartón. Y hacen sus necesidades en una cloaca común que han ubicado en la fuente de la plaza del ayuntamiento. Las heces son de color azul también, no huelen y son biodegradables, tardan exactamente cinco minutos en desaparecer. Un nuevo caso para investigar en Cuarto Milenio.
Comunicado  local 7:  Todavía no he conseguido distinguir quiénes son de sexo femenino y quiénes de sexo masculino. Andan siempre detrás los unos de los otros metiéndose mano y riéndose. La noche no los asusta, creemos que tienen visión nocturna. Algunos se han instalado muy cómodamente en hogares previa patada en el culo al hombre de la casa que ha salido disparado por la ventana. Se han computado en veinte los afectados hasta el momento y el centro de salud no puede dar abasto a tanto descalabro y fractura de brazos y piernas, por lo que se ruega un nuevo envío de material sanitario y personal médico. He realizado un comunicado vía altavoz municipal para abrir las puertas del polideportivo como lugar de acogida provisional para todos aquellos hombres pataleados que quieran acudir. Se darán mantas, cubos y agua para pasar la noche.
Comunicado local 8: Me olvidé comentar entre el comunicado cuatro y cinco que la policía local  y la Guardia Civil está toda en la cárcel.  Los  marcianos los arrinconaron,  les quitaron las pistolas, porras y teléfonos móviles. Me siento solo ante el peligro. Creo que no saben que yo soy la máxima autoridad, o si lo saben, ni les importa. No debo de ser ninguna amenaza. En cuanto a mis vecinos, están todos muy nerviosos. Y yo no sé qué hacer ni qué decir. No estaba preparado para una situación de emergencia tan colosal como esta, ni siquiera acudí al curso de primeros auxilios de los bomberos.
Comunicado local 9: Son las 23.00 h. Los  extraterrestres están empezando a instalarse en las camas matrimoniales y algunos incluso han conseguido mantener relaciones consentidas con mujeres casadas. Por el momento yo me estoy manteniendo a salvo porque no he comido ni he bebido nada en todo el día. No me fío. Creo que están drogándonos.
Algunas de esas mujeres han repetido incluso dos y tres veces como poco, y otras han perdido la cuenta y el conocimiento. Las que han conseguido salir de sus hogares han ido a buscar a Yolanda, la asistenta social, diciendo que han tenido encuentros cósmicos y demás idioteces. Yolanda ha entrado en “modo cachondo” tras escuchar los relatos de algunas de ellas, y se ha ido a buscar a uno de los marcianos que debe de ser la bomba. Llevo toda la noche escuchando gritos de placer por todas partes. Es un éxtasis dionisíaco y está todo el mundo salido menos yo, que como ya os he informado, no he bebido ni he comido nada. Creo que poseen algún poder sobrenatural y que someten a los cerebros a un eco porque la gente no puede pensar con claridad.
Comunicado local 10: Algunos marcianos también fueron al polideportivo a eso de las doce de la noche. Algunos hombres también sucumbieron al eco. Y no hay sentimiento de culpabilidad en ninguno de ellos.
Comunicado local 11: A la una de la madrugada he vuelto a solicitar como medida urgente que retiren a los niños y a los ancianos de este lugar. La guardería, el colegio y el geriátrico se han instalado en la iglesia. Allí, por algún extraño motivo, no entran los marcianos. Las autoridades españolas han considerado que es una buena medida para que no pierdan las clases de mañana ni se vean afectados por el fenómeno. Así que han mandado el convoy de helicópteros con cestas para recogerlos. A las dos de la madrugada del día uno ya no había ni niños ni ancianos en el pueblo. Se ha montado la fiesta más gorda del mundo, eso sí, sin alcohol.
Ilustración de Rafa MIr.
 
 
Comunicado local 12: Son las tres de la madrugada. Todos se han vuelto locos de tanto frenesí.  Hasta yo mismo. Lo reconozco.
Comunicado local 13: Miro el reloj y veo que son las diez de la mañana. Sé que tengo que informar de algo, pero no sé qué castaña ha pasado desde el último comunicado. Me siento feliz. Creo incluso que he rejuvenecido. Estoy sentado en la torre de la campana de la iglesia  donde tengo cobertura con el portátil y ya no veo la niebla alrededor: se ha disipado. Y con ella los marcianos, tampoco se escuchan. Siento una cierta lástima porque se han ido así sin despedirse.  Pero bueno, me duele la cabeza. Confío en que se pasen los efectos del eco.
Tendría que haber sido abogado, siempre me lo decía el abuelo Fermín. Me iba a forrar gestionando los divorcios de todo el pueblo. Pero no le hice caso y tendré que mediar… Es lo que tiene, ¿no?
**Reflexión final. Cierto es que yo y mi adorado pueblo se merecían un libro de seiscientas páginas por todas las cosas que tenemos aquí, y no por haber sido pasto de estos marcianos a través de trece comunicados a nivel nacional. Pero este hombre delgado, sencillo, con traumas matemáticos, al que le gusta la jardinería y la cocina, que nunca se casó y que se considera despistado y de alma artista, no podía dejar de contar entre fonética y dramática lo que aconteció en este lugar ayer. Por cierto, me llamo Miguel Ángel y realmente no soy el alcalde, sino un actor en paro con sentido del humor, pero eso tampoco importa ya. Nos lo hemos pasado genial.
Olga Ruiz.
Esta entrada fue publicada por primera vez en  Surcando Ediciona
Las ilustraciones pertenecen a Rafa Mir:

 

SECCIÓN HOY RECUPERO. QUEEN OF ROCK

SECCIÓN HOY RECUPERO. QUEEN OF ROCK

Queen of Rock.
—Me llamo Anna Mae Bullock y nací en Nutbush, Tenessee, en el año 1939. Mi familia cultivaba algodón, recogía algodón, dormía y vivía por y para el algodón. Y yo lo odiaba: el sol picándome la piel, los labios agrietados, las manos arañadas, las hileras interminables de la plantación, y las extenuantes jornadas recolectando las malditas borras blancas. Acres pateados durante catorce horas diarias para conseguir la materia prima más limpia, a mano. En medio de todo, cantaba con la furia de una guerrera, gritaba a la tierra fértil y al cielo, a ratos, incluso aullaba. Así fue como comenzó todo: desde el fondo y con la rabia por bandera. Una mañana llené una maleta diminuta y subí a un carromato que circulaba por la antigua autopista 19. Había pensado tanto en ello que cuando me marché  no sentí el más mínimo remordimiento. Me hice una promesa: nunca más volvería a pisar esos campos pasara lo que pasara.
»Mi primer destino fue San Luis. Allí no tardé en matricularme en el Summer High School y comencé a cantar en pequeñas cafeterías y clubes nocturnos, de esos en los que de vez en cuando un negro le da un botellazo en la cabeza a otro. Lugares donde se gestaban leyendas urbanas como aquella que explicaba cómo a uno le habían cortado el pescuezo mientras meaba. ¿Sabes de qué hablo?
Moví la cabeza y seguí apuntando todo.
—Trabajar de noche en los clubes era peligroso, y sobre todo si vendían alcohol después del cierre, que era en la mayoría de los casos, intentaba que me escoltara a casa algún compañero de la banda. De San Luis no recuerdo mucho más que el ambiente nocturno. Cuando llegué era una ciudad en expansión, con rascacielos y gente viviendo en eso que llamaban manzanas de pisos. Muy ortogonal en cuanto a planeamiento urbanístico, muy evidente para pasear y situarse. Pero sobre todo, con unas maravillosas puestas de sol. Eso sí que lo recuerdo de una forma muy especial.
»Sucedieron muchas cosas en aquellos primeros años: contratos como cantante, compositora, bailarina y actriz. En general, espectáculos de poca monta, lo justo para empezar. Fue precisamente en el Club Imperial donde conocí a mi futuro marido Ike, con el que empecé a cantar a los dieciocho años en nuestro propio dúo. Éramos tan jóvenes y teníamos tanta vitalidad que no era extraño que actuáramos todos los días a cambio de un alojamiento lo suficientemente digno. Cuestión de ilusión y de amor, porque en aquellos días nos amábamos de lo lindo; podíamos pasarnos todo el tiempo debajo de las sábanas, sin comer, abandonándonos  locamente… En fin —gesto resignado—. Ike era muy temperamental y, sobre todo, mucho más decidido que yo, y eso ya era mucho decir. En el año 1960 presentamos nuestro primer sencillo, A fool in love, que fue un éxito de ventas en el mercado estadounidense y europeo. A partir de ahí, todo parecía sonreírnos. Éramos jóvenes y ganábamos mucho “money”. —Se ríe y ladea la cabeza atusándose el pelo.  Entonces coge una fotografía en blanco y negro con la mano derecha—.  Guapos, lo que se dice guapos, no éramos, pero lo compensábamos con nuestra puesta en escena  y el espectáculo rítmico de nuestras actuaciones. Nadie que nos conociera en aquella época podría decir lo contrario. ¿Sabías que en los primeros conciertos la gente estaba sentada?
—No, no tenía ni idea.
—Pues sí, pero cuando empezamos nosotros, no podían reprimirse y terminaban sobre las sillas de madera gritando, saltando, sudando, y algunos, los del fondo, incluso metiéndose mano. Madre mía, ¡qué tiempos!
»Un poco más tarde compusimos temas mucho más rockeros como Come TogetherHonky Tonk Woman y I Want to Take You Higher. En general, el público no estaba acostumbrado a nuestros directos. Eran orgásmicos, incluso obscenos (según algunos medios conservadores y algo reprimidos). Yo sí creo, y viéndolo ahora con cierta perspectiva, que traspasaban la barrera del erotismo. Tuvimos muchas críticas en esa sociedad todavía un poco inhibida pero en rápida progresión —afortunadamente para mí—. Perdía totalmente el control cuando me subía a un escenario. Era una cuestión de sinergias y ahora no sabría decir quién arrastraba a quién. Ike estaba rebosante de testosterona en aquellos años y durante un viaje a Tijuana (México) en el año 1962, me pidió matrimonio y acepté. Con él tuve dos hijos: Michael y Craig. Y no recuerdo que fuera ni buena ni mala madre. Lo fui en la medida que la vida me enseñó. No podría ponerme buena nota, pero puede que ellos no piensen igual. Tal vez esa pregunta deberían contestarla ellos. ¿No te parece?
Yo afirmo con la cabeza. Llegado a este punto, Tina se sirve un poco de agua en uno de los vasos de cristal de la mesita de fumador, bebe y contesta una llamada de teléfono, para lo cual sale de la sala y se excusa. Al cabo de tres minutos vuelve y continuamos con su biografía.
—¿Por dónde íbamos? —se pregunta—. Ah, sí… En 1971, tras hacer una nueva versión de Proud Mary —¡qué temazo, chico!—, canción originalmente grabada por la banda Creedence Clearwater Revival, ganamos un “Premio Grammy” premio Grammy a la Mejor interpretación de un dúo o grupo de R&B.  Recuerdo la emoción cuando lo recogimos y las palabras nerviosas de una voz que nunca me había temblado. Pero después, sin saber muy bien por qué, las cosas se estancaron. Trabajé en algunas películas e incluso intenté una primera escapada en solitario con mi álbum de debut titulado Tina Turns the Country On en 1974. Intentando recuperar la popularidad también acepté interpretar el papel de la Reina del Ácido  en la película Tommy. Gracias a las críticas derivadas de esta película, mi segundo álbum como solista se tituló  Acid Queen y vio la luz en 1975. No fue mal. Pero, quizás, fue un detonante para Ike: los celos y las drogas le habían ido devorando por dentro. A veces me espetaba: ¡eh, tú, seguro que ya andas por ahí con algún tío que te pellizca los pezones y te saca la minga para que se la chupes!
»Inconfundible… A las malas era un ser cruel y machista. Yo quería que se muriese, lo deseé muchas veces por su propio bien, pero Dios nunca me hizo caso… Habíamos quemado tantas mechas juntos que poco a poco nos estábamos destruyendo. No podía ser de otra manera, todo estalló y nos fuimos a la mierda, eso sí, cada uno por su lado. Fue en el verano de 1976. Casi no hablábamos; sólo una serie de gruñidos en respuesta a mis discretos intentos. Ike fue protagonista de un escándalo público cuando me golpeó y eso derivó en nuestra ruptura y separación legal. Lo cierto es que no era la primera vez, pero hacerlo tan en público y por todo lo alto fue la última. Respecto a nuestras carreras, suspendimos todos los conciertos que estaban previstos para los siguientes meses y, después, yo me lancé al vacío más sola que nunca sobre el escenario, pero a la vez muy arropada por un público fiel. Así que comencé mi carrera en solitario de verdad, no sé si corriendo en dirección a algo o huyendo de algo. Nunca lo tuve muy claro. Pero seguir cantando era mi única opción.
»Luego me dio un poco de nostalgia por mi tierra natal y compuse  —ahora no tengo claro si antes o después del incidente mediático de Ike— Nutbush City Limits (Los Límites de Nutbush), que versionaría de nuevo también en 1991. Una canción —para mí— de las más importantes de mi vida. Quizás fue a raíz de aquello, un poco antes o después, tampoco lo recuerdo muy bien, cuando alguien decidió renombrar la autopista 19 comoAutopista Tina Turner en mi honor.
»Repasar una vida en una sola tarde es complejo. Soy consciente de que me olvidaré de cosas importantes que después tú tendrás que reordenar tirando de otras entrevistas, libros y películas, pero vamos, que tienes material suficiente para este pequeño curriculum que quieres presentar a tus compañeros de Ediciona; merecerá la pena el intento, ya verás. Pero realmente no me has contado algo vital: ¿en qué consiste tu proyecto?
Y ahora el entrevistador se ruboriza y es entrevistado ni más ni menos que por Tina Turner… En fin, veamos.
—Ediciona es un proyecto donde se dan cita dos disciplinas: la literatura y la ilustración. Cada dos meses, y a votación de los interesados en participar en la convocatoria, se propone un tema y se realiza el trabajo de la escritura. Trascurridas tres semanas se somete a corrección de puntuación, estilo, forma, etc., y finalmente el ilustrador —en función de la extensión del relato— decide si incorporar una o dos ilustraciones. Después, con todo montado, se cuelga en red para que la gente vea los trabajos y juzgue si merecen la pena o no. Lo cierto es que hay mucha ilusión detrás.
—Mucha ilusión y pocos medios.  Eso me suena… ¿Y os pagan?
—No, por el momento todo se hace por amor al arte. Pero es cuestión de tiempo, todo se andará. Tina, perdona que te tutee, pero, si no te importa, es vital para mí terminar esta entrevista para presentar mi trabajo en plazo y forma.
—No te preocupes, disfruta con todo lo que hagas.
—Sí, pero… es que estamos a 28 de febrero  y no he terminado, y estoy fuera de plazo.
—Bueno, ¿y qué más quieres que te cuente?
—Pues lo más grande que te ha pasado nunca como cantante.
Durante cinco segundos Tina se queda mirando el suelo y retira una pelusa de su botín acharolado. Entonces recuerda:
—¡Sí!, vale. Una cosa para mí muy emocionante. En el año 1990 —lo veo como si fuera ahora mismo y se me ponen los pelos de punta— la imagen del estadio de Maracaná en Río de Janerio con más de 180 000 personas. Creo que superé algún record Guiness, ¡qué más da eso ahora! ¡Qué estupidez!
—No, no fue ninguna estupidez —apunto—, fue glorioso.
—Lo mejor de las actuaciones es el vértigo de poner el pie derecho en el escenario y avanzar hacia el centro para mirar a tu público y sentir su calor. Eso es electrizante. Mira, ¿ves? —Y estira el brazo para que pueda observar su piel de gallina.
—Bueno, si te parece, ya para ir rematando añadiré también que has vendido más de 200 millones de álbumes.Durante 2008 y 2009 abandonaste tu semi retiro para recorrer el mundo con tu gira Tina!: 50th Anniversary Tour, que se convirtió en uno de los más rentables de la historia del espectáculo.
—Efectivamente.
—Tus composiciones, grabaciones e interpretaciones te han hecho acreedora de diversos galardones y reconocimientos, entre ellos nueve  “Premios Grammy” premios Grammy. Tu nombre se halla en el  Paseo de la Fama de Hollywood. Fuiste nombrada por la revista Rolling Stone como «una de las más grandes intérpretes de todos los tiempos», y te colocaron en el puesto número 17, superando a músicos como Michael Jackson y Prince, entre muchos otros.
—¿Sí? Eso no lo sabía. Vaya, gracias por el dato, pero sé que Michael y Prince son grandes entre los grandes. Lo cierto es que sí quiero añadir algo ya para finalizar. Sólo espero que me recuerden por mis energéticas actuaciones en vivo, mis estrafalarios atuendos, la fuerza de mi voz y mi trayectoria musical. Y por encima de todas las cosas, quiero que me escuchen cantar con la misma furia con la que lo hacía con tan sólo quince años en los ya lejanos campos de algodón. —Y mirándome muy fijamente a los ojos añade—: No importa de dónde vienes, chico, sino a dónde quieres ir.
Y hasta aquí. Se levanta, se quita el micrófono, la petaca, los lanza sobre el sofá y me pregunta:
—¿Nos tomamos una cola Royal Crown con un chispazo de whisky?
No tengo ni idea de qué es eso ni de dónde lo pudo adquirir, pero contesto: afirmativo.
Este relato fue publicado por primera vez en:

 

La ilustración pertenece a Daniel Camargo.
SECCIÓN HOY RECUPERO. GLUP

SECCIÓN HOY RECUPERO. GLUP

Glup.

Me llamo Inés, tengo diez años y os voy a contar la maravillosa historia de Glup.
Glup nació de un huevo. Pero no de un huevo cualquiera, no, fue comprado el día 27 de diciembre de 2016 en los chinos de la esquina de mi colegio. Lo adquirió mi madre como premio a mis buenas notas. Lo elegí yo: era de color azul y tenía motas grises por todo el perímetro excepto en la parte superior, que contaba con una gran mancha blanca. Costó exactamente tres coma setenta y cinco euros. Lo metimos en agua. Después de tres días empezó a crecer más de la cuenta. Mi madre se agobió un poco al principio. Le cambiaba el agua y el recipiente porque crecía y crecía sin parar y siempre le añadía sal y vinagre para quitarle mejor las cáscaras  —si es que en algún momento se le caían—. Como crecía más de lo esperable, se quedaba atascado entre las paredes y teníamos que romper los objetos para extraerlo. Primero usó un táper cuadrado, luego un cubo de fregar cristales, luego un barreño de la ropa y finalmente infló una piscina de plástico de cuando yo era más pequeña y la llenó de agua. Cogió aquel huevo que ya pesaba los cuatro kilos y lo introdujo dentro. El huevo tenía vida, eso nadie podía dudarlo. De vez en cuando se movía un poco y pensábamos que en cualquier momento saldría de allí algún tipo de ser paleolítico. Estábamos alucinando en colores con la situación, lo que nos asustaba y sorprendía a partes iguales. La cuestión es que estuvimos esperando como cosa de un mes hasta que un día, al llegar a casa después del colegio, aquello, fuese lo que fuese, ya había salido.
Mi madre cogió un bate de beisbol, yo el cepillo de barrer y  mi hermana Ingrid una varita mágica. Y nos dedicamos a hacer inspección por toda la casa muertitas de miedo. Tras una revisión exhaustiva de todos los rincones, armarios, el trastero, el garaje, el porche cubierto, etc., mi madre soltó el bate y confirmó lo que todas sabíamos: en la casa no estaba. Y se fue al jardín a buscarlo. Allí estuvo una hora aproximadamente (que es lo que duran dos episodios de Soy Luna) removiendo rosales, subiéndose a los árboles, quitando macetas, retirando maleza, y cuando ya lo daba casi por perdido, desesperada, se fijó en un arriate de la parte trasera y vio moverse algo. Se acercó. Allí estaba: una cosa redondita y un poco aplanada, con dos ojos como canicas y dos cuernecitos incipientes a modo de botones en la parte superior de la cabeza que le miraba con sonrisa graciosa y temerosa al mismo tiempo. Y mi madre dijo:
—¡Hola! ¿Eres tú el pequeño que ha salido del huevo?
—Glup —contestó.
—¿Glup es sí?—preguntó mi madre.
—Glup —repitió.
Mi madre dio un grito para avisarnos.
—¡Chicas, lo he encontrado! ¡Dice «glup, glup»! ¡Está aquí. Venid!
Y cuando lo vimos por primera vez nos enamoramos perdidamente de él. Era la mascota más alucinante del universo. Y decidimos llamarlo Glup.
No sabemos por qué sucedió algo así, pero la cuestión es que sucedió.
—Bueno, chicas, ¿y ahora qué hacemos con este? —dijo mamá señalando al curioso ser.
—Mami, pues cuidarlo —respondió Ingrid. Y le acercó su varita mágica que se puso instantáneamente rosa y brillante, lo cual gustó sobremanera a mi hermana.
—No sabemos si puede ser peligroso o contagiarnos alguna enfermedad. Creo que deberíamos llevarlo al veterinario.
—¡Si lo llevas al veterinario nos lo van a quitar. Y lo sabes! —exclamé yo. Además, si es mi regalo, déjame a mí saber lo que quiero hacer con él.
—Perfecto, a partir de hoy la responsabilidad de Glup es tuya, Inés —concretó mi madre.
Vivir con Glup estaba siendo un poco complicado. Le gustaba estar siempre mojado. Y devoraba el chocolate. Mi madre hacía todos los días pasteles, bizcochos, sándwiches de Nocilla. La Nocilla le molaba cantidubi. Abría el frasco con los cuernos telesféricos que actuaban a modo de manitas y relamía todo el vaso de cristal. Y además, si te despistabas, se te subía por las piernas como si fuera una garrapata y te echaba en la cara un chorrito de color azul, que no sabemos de dónde salía, y tenemos claro que no era pis, era como una forma simpática de decirte «te quiero». Glup es muy chistoso. Sí, os lo prometo, le gusta contar chistes. Habla nuestra lengua. Luego nos dijo que nos podía escuchar a través del huevo y que aprendió nuestro sonido. También tiene una habilidad innata para bailar y hacernos reír. Pero eso creo que lo ha sacado de la tele y la Wii.
Todo era perfecto y maravilloso. Hasta que un día del mes de febrero mi madre decidió celebrar el cumpleaños sorpresa de mis primos gemelos Marcos y Pedro en el salón de casa. Pedro nació exactamente diez minutos antes que Marcos y es mucho más pequeño, más feo y el ser menos gracioso del universo, aunque eso ahora es intrascendente. Mi madre lo dejó todo preparado y cogió la camioneta para recoger a mi tía Paqui y a mis primos. Mi tía Paqui sufre una extraña enfermedad que no le permite conducir por miedo. En fin, que siempre tenemos que estar llevándola y trayéndola a todas partes. Así que estuvimos esperando en el porche trasero junto con el resto de niños de la urbanización, poniéndonos los disfraces de superhéroes y superheroínas que cada cual había traído, ayudados por Cristina, nuestra cuidadora. Y cuando abrimos la puerta y les dijimos a mis primos el esperado «¡Sorpresa!» casi nos da un ataque. El salón tenía restos de comida y bebida por todas partes, todo estaba desperdigado por el suelo y las paredes. Y mi madre se puso muy nerviosa y dijo gritando y mirándome:
—¡Inés, hasta aquí hemos llegado! Ve a buscar a Glup y castígalo en un armario.
Y yo, obediente, lo hice. Lo metí en el armario de mi cuarto y le ordené que no se moviera de allí bajo ningún concepto, que buena la había liado, y que mi madre, después de esta, seguro que tomaba alguna medida drástica. Y que las medidas drásticas de mamá son muy muy imprevisibles.
Definitivamente se había pasado tres pueblos. Pero me miró con sus ojitos redonditos, puso carita de sentirlo mucho y me pidió perdón. Entonces lo achuché y le solté un besito en su frente…
—¡Anda, no la vuelvas a liar! Por favor, no salgas del armario.
Sonrió y cerré la puerta sin dejarlo a oscuras, porque la puerta tiene rendijas de ventilación. Además, no le eché la llave, por si necesitaba ir al baño a hacer pis.
Y Glup, sabiendo que abajo había un cumpleaños y que estaba todo lleno de dulces y chocolate, pensó que si se disfrazaba, él también podría pasar desapercibido. Buscó en el armario y encontró un disfraz de tortuga ninja de cuando yo era más pequeña. Y se lo plantó. Entonces bajó a la cocina, abrió  el transportín de plástico de la tarta de tres chocolates que había preparado la abuela y se la zampó.
En ese momento vio que mi madre se aproximaba a la cocina pasillo adelante con una pila de vasos de plástico sucios y una bandeja de restos, y no se le ocurrió otra cosa mejor que meterse dentro del transportín de la tarta.
Mi madre lo cogió, cogió el paquete de velas y los dos nombres de cera que había encargado para mis primos, se dirigió al salón con aquello en la mano, sorprendida de que pesara tanto —pero como la abuela era muy burra, seguro que había preparado una tarta de tres pisos—. Y llegó a la mesa, apagó las luces, abrió la caja y ¡sorpresa!
Allí había una cara redonda, con unos ojos abiertos de par en par y con gesto de «me han pillado».
Todos los niños reunidos alrededor de aquella mesa vieron a Glup y lejos de asustarse y salir corriendo, se quedaron callados, mirando, hasta que la pequeña voz chillona de Sonia, la niña coletas, exclamó:
—¡Queeeeeeé moooooono! ¡Yo quiero uno! 

Y todos se abalanzaron sobre el pequeño ser.

Glup se puso tenso. «Pero estos ¿qué quieren hacerme? ¿Qué quieren hacerme? ¿Me quieren tocar, morder, besar, matar? ¡Qué nervioso me estoy poniendo!». Y gritó fuerte:
—¡Glup no tocar. No tocar. No tocar!
Todos querían mimarlo, besarlo, abrazarlo y jugar con él porque era un ser tan achuchable… Pero tuve que establecer turnos y que lo hicieran despacio para no agobiarlo mucho.
Pedro y Marcos, mis primos, dijeron que ese era el regalo de cumpleaños más bonito que podrían haberles hecho. Yo discutí con ellos para explicarles que no era un regalo, que Glup era solo mío y que se fueran olvidando del tema.
Mi madre y yo nos vimos obligadas a  contarles a todos los niños, a mi tía, a mi abuela, a Cristina y al perro de la vecina cómo había nacido y cómo había llegado a ocupar nuestras vidas el pequeño Glup. Y les insistimos hasta que firmaron un pacto de silencio: prometer que no se lo dirían a nadie. A cambio podrían venir a ver a Glup siempre que quisieran.
Por primera vez en mi vida sentí que era la protagonista de algo grande.  Pero aquí el único protagonista será Glup para siempre. Y la suerte que tenemos de compartir un secreto en común gracias a él. Hemos conseguido ser los mejores amigos del barrio. Hasta hemos formado una pandilla y todo: somos Los Superglup. Y tenemos superpoderes. Ya los iréis conociendo. Nos está enseñando muchas cosas mágicas nuestro pequeño amigo. Pero eso será objeto de otro capítulo.
Hoy nos vamos al río con un invitado muy especial en la mochila… a llenar nuestra vida de aventuras. Pero para que no sepáis dónde encontrarnos me he permitido la licencia de omitir cualquier dato relacionado con mi ubicación y como todavía no tengo móvil ni quiero tenerlo, creo que nuestro  secreto estará a salvo mucho tiempo. ¡Feliz verano, astroalmas!
Esta entrada se publicó por primera vez en SURCANDO EDICIONA:
Y la ilustración pertenece a RAFA MIR, más información en su perfil de facebook:

Crédito final:  Este relato nació y creció de la mano de Antonio Valencia Fernández. ¡Gracias siempre!


SECCIÓN HOY RECUPERO. EL ESPÍRITU DEL VIENTO TIENE NOMBRE DE MUJER

SECCIÓN HOY RECUPERO. EL ESPÍRITU DEL VIENTO TIENE NOMBRE DE MUJER

“La soledad agradece mi lamento
y baila conmigo en el páramo
soy su leve idolatría
sobre mí viaja el oxígeno que respiras
¿Lo ves?
Viento soy… y tú eres mi destino.”

José Cercas, extracto del poema A alguien que me llamó viento, de su libro Oxígeno.
 
 
El espíritu del viento tiene nombre de mujer.

—Ven conmigo, no te arrepentirás. —La chica del pelo azul y ojos ultramar me tendía la mano para acompañarla en su lancha. Nunca la había visto pero su ofrecimiento me pareció inoportuno, inesperado y me dio vértigo—. Venga, no te lo pienses más, anda —insistió animosa.
Estaba sentado en la playa al atardecer, reflexionando sobre qué cenar aquella noche, esperando a mi madre en el universo de las luces todavía apagadas de aquel cielo rosa, escuchando el viento y tragándome cientos de culpas como sapos. Me incorporé, me miré los pies descalzos, metí la mano en los bolsillos y conté el poco dinero que tenía. Si era el momento de tomar la decisión, no debía dudar.
—No te preocupes. No tengas miedo.
—Yo no tengo miedo. El que no tiene nada que perder ya nunca siente miedo.
—Pues venga. —Abrió la mano derecha y me ayudó a subir a la lancha motora. Luego me dio un chubasquero rojo y un chaleco salvavidas amarillo con una banda fluorescente—. Póntelo —me ordenó.
Era la primera vez que me ponía ropa así y me costó un poco ajustármela y sentirme cómodo. Luego miré alrededor. Había una pequeña nevera con agua, dos bidones de gasolina y un mar por delante.
Durante dos horas estuvimos navegando rumbo adentro. La sensación de sentirse rodeado de agua por todas partes era sobrecogedora. Yo nunca había estado tanto tiempo sin pisar tierra firme y comencé a encontrarme mal, sentía frío en la espalda y sudor febril en la cabeza y las manos, me temblaban las tripas como si tuviera el gusano de guinea dentro de mí. Sólo pensarlo me provocó la náusea en dos ocasiones. Después, como por arte de magia, el cuerpo se estabilizó. La chica tenía unos ojos grandes del color del horizonte, en esa línea donde convergen cielo y mar, y la piel morena. No podía concretar de dónde era originaria, pero hablaba perfectamente mi lengua krio. Así que eso facilitó mucho las cosas.
— ¿Cómo te llamas? —me preguntó sonriente al cabo de un buen rato en el camino.
—Douda Adama.
—Ese nombre no es senegalés.
—No. Realmente yo no soy de aquí, estaba de paso, soy de una aldea pequeña cerca de Magburaka al norte de Sierra Leona. Es una historia muy larga.
—No me importa, tenemos mucho tiempo por delante.
—¿Dónde vamos?
—A una isla llamada Palma.
—¿Está muy lejos?
—No, está cerca. Si mis previsiones son las adecuadas, tenemos que aprovechar la contracorriente canaria, que hoy se dará durante la noche, para ser impulsados, y un poco del viento del Sáhara para llegar a nuestro destino con gasoil suficiente.
—Y tú, ¿quien eres? ¿Por qué me ayudas?
—Ni te lo imaginas. Aunque te lo explicara, nunca lo entenderías.
La chica sacó unos bocadillos y nos los comimos en silencio. Ella no quería hablar y yo estaba cansado y tampoco me apetecía mucho ni hablar ni comer. Hubo un momento que sentí ganas de orinar. Me dio vergüenza decírselo, pero ella, anticipándose a mis pensamientos, al ver que me tocaba la entrepierna, me alertó:
—Ni se te ocurra mear por la borda. Tendrás que hacerlo dentro de esta botella de plástico. —Y me la tiró a la cara.
De pronto sucedió algo inesperado. Un viento comenzó a empujarnos por la popa. La chica se rió.
—Aquí estabas, maldito Berg Winds, te esperábamos.
El viento azotaba la embarcación y yo me sentí cada vez peor por los pantocazos de la proa donde iba sentado justo enfrente de la chica que manejaba el timón. Era pleno agosto y ya se había cerrado la noche, por lo que deduje que serían más de las once. La temperatura subió progresivamente hasta los 48 ºC en menos de media hora. No se podía respirar. Estornudé varias veces y ella me indicó:
—Tienes que protegerte. Yo seguiré aquí, sujetando el timón.
—No veo nada.
—No hace falta. Túmbate, ponte la capucha del anorak, sujeta este trapo en la cara y respira a través de él, pronto llegará la calima en suspensión. ¡Agáchate ya, hazme caso o morirás!
—¿ Y tú?
—Tranquilo, estoy acostumbrada.
A mi dolor de barriga comenzó a sumarse el calor. Mi cuerpo sudaba por todas partes. Mares de toxinas emanaban de mi piel y creo que me desmayé dos o tres veces bajo la manta con la que me cubrió. Temía salir de aquella madriguera y morir. Pero el sonido del motor de la lancha me hacía pensar que todo iba bien. La chica del pelo azul me hablaba de vez en cuando para tranquilizarme: Sigo aquí. Todo bien. No mees. No levantes la manta. Cierra los ojos y sueña. Sueña con tu familia, con las estrellas del universo, con tu madre, tu hermana, tu novia o algún amigo fiel. Sueña…
Era imposible soñar, más bien tuve millones de pesadillas. Debí de hablar durante mi delirio, quizá pensé y dije muchas cosas que sólo se pueden pensar y decir cuando uno cree que morirá pronto. Ignoro el tiempo que permanecí oculto bajo la manta. Pudo ser un día, dos, tres… Allí estuve lo más inmóvil posible para no gastar energías. Cuando por fin decidí arriesgarme, enloquecido por la sed y al límite de mis fuerzas descubrí que estaba tan débil y anquilosado para realizar cualquier movimiento que mis extremidades no me respondían.
—Quiero salir. Necesito salir —intenté gritar reuniendo todas las fuerzas que pude.
Ella levantó la manta con mucho esfuerzo, pues estaba aplastado literalmente por kilos de arena, y la tiró en el océano. Luego, sonriente, me ayudó a incorporarme.
—Vaya, ha sido muy duro. No pensé que lo conseguirías… Pero has sido un valiente, un muchacho muy valiente.
Me dio un poco de agua que bebí a pequeños sorbos y luego me advirtió sobre la llegada de la lluvia:
—En agosto sólo llueve un día y será hoy por la tarde. Aquella noticia me alegró bastante. Pero ella no sonreía—. Me has contado muchas cosas y cada vez estoy más contenta de haberte elegido a ti.
—¿Cosas como qué? Déjame beber un poco más —le pedí sujetando la botella de plástico que me retiraba. ¿Elegido?
—Lo de tu hermana gemela, la muerte de tu madre, la venta de los dos a un perverso explotador llamado Kone para trabajar en los cafetales de Guinea, la vuelta a casa para buscar al resto de tus hermanos, tu ingreso en el ejército de Sierra Leona, tu huida al Sáhara y finalmente tu trabajo en Senegal. Lo has pasado muy mal, chico. ¿Qué edad tienes?
—Quince años.
—¡Vaya! Por tu aspecto pareces mayor.
—He visto muchas más cosas en ocho años que tú en toda tu vida.
—No lo dudo. —Pausa incómoda—. Por cierto, ¿quién era Alisi?
—Mi amor, mi único amor y motor de mi esperanza. La conocí en los campos de café. La violaban cada noche los capataces, cada día uno distinto o dos o tres, y luego venía a mi cabaña, se metía en mi catre, me abrazaba por la espalda y lloraba. A veces eran sólo quince minutos, otras casi una hora. Nunca he oído ni oiré un llanto tan triste. Ella era preciosa, la más bella de todas, pero cuando se quedó embarazada y ya no servía para calmar las ansias lujuriosas ni el estrés de los capataces, la mataron. Nunca sabré si el hijo que llevaba en su vientre era mío o no, pero aquello fue la alarma para intentar cambiar de nuevo el rumbo de mi vida. Siento furia al recordar todo esto. Siento un dolor profundísimo.
De repente, al levantar los ojos y terminar de acostumbrarlos al efecto extraño del mar, como de espejismo constante, me di cuenta de que la chica del pelo azul tenía mal aspecto. Su piel se había vuelto tan transparente que casi podía tocar sus venas y sentir el pálpito de su corazón bajo el armazón de las costillas. ¿Podría ser que se estuviera consumiendo, o esa sensación era objeto de una alucinación mía por el cansancio?
—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?
—Sí, cuestión de energía. Ha sido extenuante. Tranquilo, estoy bien, en serio, prosigue tu relato sobre Alisi.
—Me sacaba cinco años, pero me amaba tanto como yo a ella. Y sé que hubiéramos sido felices. El día que la asesinaron comprendí que tenía que marcharme de allí porque el siguiente sería yo. Y huí. Todavía me pregunto qué fuerzas planetarias se aliaron conmigo para conseguirlo porque hasta el momento nadie lo había logrado, pero yo lo hice ocultándome durante siete días dentro de un pozo. Luego, en Sierra Leona, volví a buscar a mi padre y a mis hermanos pero ya no estaban. Nadie que yo recordara con tan sólo ocho años parecía estar allí y tampoco nadie se acordaba de mí. Entonces me reclutaron para la estúpida guerra. He hecho cosas horribles que no quiero contar. Bueno, me han obligado a matar y torturar a seres humanos y animales. Muchas noches no puedo dormir. No comprendo cómo pude hacer todo aquello.
—No te sientas obligado a contarme nada. Lo comprendo.
Después hubo un largo silencio. Ella me miraba y esperaba quizás que yo le quisiera contar más. Pero no podía. Aquellos episodios homicidas no eran dignos de ser recordados ante aquella chica buena. Luego abrió la nevera portátil azul y me ofreció algo envuelto en papel de plata que llamaban chorizo. Me supo a gloria. Después, con la tripa llena, se levantó, se estiró y comenzó a hablar sobre la tormenta que se avecinaba.
—Mira, observa el inmenso océano, parece que nada se mueve, todo está detenido en un momento de calma y eso significa que la tormenta será copiosa. Pero, pase lo que pase, no te rindas, ¿entendido? Si muero, no debes tirarme por la borda. Si desaparezco, no debes abandonar la embarcación jamás. ¿Lo has entendido bien, Douda? La embarcación es tu única casa, tu única esperanza para sobrevivir. Entendido, ¿verdad?
Sólo pude afirmar con la cabeza. Y esperar.
A las siete y media de la tarde aproximadamente comenzó a llover. La lancha se llenaba de agua y trabajábamos a turnos para evacuarla. La chica del pelo azul cada vez estaba más pálida y me parecía todavía más delgada, pero seguía sonriendo vital y eso me tranquilizaba. Creo que me abrazó unas cuantas veces, y me besó la cabeza mientras trabajábamos y descansábamos a turnos.
Estuvo lloviendo varias horas, tres, cuatro, quizás cinco y después nos sorprendió el rayo. Nadie puede imaginarse un rayo en mitad del océano. Hasta que no lo has visto por primera vez, no conoces el alcance de la electricidad y sus partículas furiosas. Y la lancha se rompió en dos. Estuvimos un tiempo flotando en mitad del océano. Lo siguiente que recuerdo fue un bichero que me sujetaba el chaleco salvavidas y me subía sobre una lancha de aproximación. Después, a dos personas tirando de mí hacia arriba mientras me agarraban por los brazos. Me depositaron en la cubierta del pesquero. Alguien me lanzó un cubo de agua caliente encima y después me cubrieron con mantas y me hicieron tragar algo redondo y pequeño de color blanco, bastante amargo, para la fiebre. Cuando abrí los ojos sólo vi azul, el cielo azul y ocho caras mirándome alrededor. Aquella fue la primera vez que vi hombres blancos. Me pareció magia pura. Y los segundos se alargaron, ralentizando todo. Absorto por aquella visión, pensé incluso que aquello sería algún tipo de cielo.
—Chico, ¿de dónde vienes? ¿Cómo te llamas? ¿Qué edad tienes?
Me hablaban en una lengua que no entendía, me abofeteaban la cara para despabilarme pero me daba igual. Volvía a cerrar los ojos. Luego me dieron algo parecido a una sopa con tropezones de pollo o gallina. Y me recuperé un poco más. Cuando ya fui capaz de incorporarme, la vi. La chica del pelo azul estaba entre ellos, pero una ráfaga de viento la convirtió en partículas o subpartículas de tiempo o espacio con gases en suspensión: nitrógeno, oxígeno, dióxido de carbono, neón, agua… Minúsculas partículas flotantes que circularon a mi alrededor y me susurraron al oído: I´m wind, you win. Ese viento se colocó encima de mi cabeza y ascendió en espiral hasta quedar reducido a un puntito azul en medio del cielo.
—Adiós, amiga. Y gracias —le contesté en krio.
Los demás se pusieron muy contentos al ver que acababa de hablar. Dejaron atrás la incertidumbre y comenzaron a sonreír. Me seguían haciendo preguntas, muchas, pero yo no sabía ni qué me preguntaban ni qué contestar porque no les entendía; sin embargo, sonreía y eso les alegraba. Pese al cansancio y al dolor imposible de soportar, tomé una determinación. Quería vivir. Y cada vez que lo pensaba para mis adentros conseguía apretar más mis manos sobre las suyas y eso me agarraba a la vida y les hacía sonreír más.
—Ánimo chico. Te pondrás bien.
No sé si ella existió realmente o fue la excusa para reunir fuerzas y embarcarme en esa aventura. No sé si esto sucedió así o, debido a la acción del rayo, es lo único que soy capaz de recordar. Nunca llegué a la Palma. Me pasé media vida viajando de pesquero en pesquero por medio mundo y conocí a otros que también escaparon como yo de la barbarie de Sierra Leona. No hice muchos amigos, aprendí idiomas y conocí a millones de seres humanos a los que intenté ayudar siempre.
Pero si algo tengo muy claro es que el espíritu del viento tiene nombre de mujer. Ese viento que respiramos inconscientemente, portador de mensajes, de besos tardíos o perdidos, de recuerdos, cargado también de virus y bacterias, incluso; ese viento oxigenado vital para existir y que nos rodea cada día debe contener esencia de mujer, de madre, de amiga, de compañera, tiene que estar cargado de la misma energía cósmica que la mujer capaz de generar vida. Muchas veces recuerdo a aquella chica de pelo azul y ojos ultramar, la que desapareció de mi plano físico, de este que habitamos transitoriamente, porque su esencia regresa cada vez que una brisa cálida o una corriente gélida me acaricia el alma. Y eso es muy fácil en el mar y en el amor.

Este relato fue publicado por primera vez en :

 

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