SECCIÓN HOY RECUPERO: MICROS DE TERROR

SECCIÓN HOY RECUPERO: MICROS DE TERROR

 

La mano negra

Aparco en el garaje, apago las luces y retiro la llave, me dispongo a salir, pero una mano negra sale de la oscuridad, me agarra del pelo y me tira para atrás. Miro el cristal de reojo. No puedo girarme, no puedo gritar… poco a poco el pelo como un elemento eléctrico se enrolla en mi cabeza y me tapa la boca. Respiro pelo… No veo. Paralizada.

Scotch

Abrí la puerta sin hacer ruido porque era nuestro aniversario. El rastro de sangre seguía ahí. Ella, con su jersey verde y una bolsa en la cabeza seguía ahí. El asesino también seguía ahí y olía a caldo de pollo.

Fear

Llevaba tres días sin ver a mi vecina. La mujer vivía en un bajo y siempre se quejaba de que cuando fumigaban las alcantarillas las ratas se metían en su casa. Me resultó muy extraño que no saliese a tirar la basura. Llamé a su hijo y me dijo que iría a verla por la tarde. Pero el hijo tampoco vino. Decidí usar la llave de emergencia que me había dejado. Pulsé el timbre varias veces, la llamé por su nombre. Nada, no respondía. Abrí la puerta. Me dirigí a su habitación por el largo pasillo, y al girar, ví  a una serpiente de cinco metros enroscada en su cuerpo inerte y mirándome…

SECCIÓN HOY RECUPERO. PSICORRELATO. REVÉS.

SECCIÓN HOY RECUPERO. PSICORRELATO. REVÉS.

 

REVÉS

María acaba de llegar al portal tras pasear durante cuatro horas por la ciudad sin ningún rumbo ni destino. Está deprimida y ansiosa a partes iguales. Y se la nota mucho todavía. No termina de levantar cabeza. Aquello sucedió  hace exactamente  dos años, tres meses y siete días pero para ella parece que fue ayer.

Espera a que se cierre la puerta de su portal para arrimarse cautelosa al buzón y mirar por la rejilla.  Se retira, se lleva la mano al pecho, se santigua, y piensa: Hoy todavía no, por Dios, por Santa Rita, por todos los Santos de mi alcoba y mi cielo. Hoy todavía no. Busca en el interior de su bolso la llave. No la encuentra. Rabiosamente lo vuelca sujetándolo por las asas en dirección al suelo para solucionar su problema. Aquí está la maldita llave —afirma sonriente mientras se agacha a recogerla.

Devuelve al bolso las cosas que han caído al suelo y va haciendo recuento de recuerdos: un chupete, una bolsa de toallitas húmedas infantiles, un biberón, una cartera de hombre, una gorra de sol, un mechero y un paquete de marlboro de su marido y que ya no la sirven para nada, pero son tan necesarios….

Tengo que trabajar. Debería trabajar—piensa en voz alta. Me estoy destruyendo. Lo noto. Pero, ¿en qué? Si no tengo ganas de nada.

Menos mal que tengo la casa todavía, pero llegará, llegará el usurero del Banco y también me echará de aquí.  Y nadie hará nada. Pobre mujer, dirán, pero nadie hará nada. Antes pensaba que estás cosas sólo les podían pasar a los demás, que yo estaba por encima de esto, pero no,  cualquier día de estos me voy a la calle. Los oigo cuchichear, a mi espalda, como si estuviera sorda,  : ¡Qué pena, qué lástima, qué deteriorada está! Pero nadie hace nada. ¡Pobrecita! —¿Pobrecita? —No siente ni un ápice de lástima, es furia contenida—, ¡Me cago en todo! Yo he tenido que ser la imbécil a la que le arrebataron lo más bonito de su  vida y debo seguir aquí, aguantando este castigo, dando pedales contra viento y marea, cuando no tengo ninguna fuerza! —.

Un vecino entra en el portal con su perro, baja la cabeza y avanza subiendo las escaleras.  No se saludan. La mujer abre el buzón y saca tres cartas que arremolina contra su pecho mientras levanta los ojos y mira al cotilla que sigue ahí, esperando, observándola apoyado en la barandilla del primer piso. —¡Dedícate a lo tuyo, imbécil! ¡Me tienes harta con tus miraditas!

Desde que pasó lo que pasó, ha aprendido a soltar lo primero que se le pasa por la cabeza, sin calibrar nada. No hay filtros a sus barbaridades.   Mientras, en la primera planta, el perro, ajeno a la conversación, levanta la pata y se mea sobre la misma maceta en la que hace dos horas ya se meó el perro del quinto.

—Preocúpate un poco más de tu perro,  ¡a mear a la  calle!, que aquí siempre huele fatal. ¡Qué asco de gente!

El vecino le dice que se ha vuelto loca pero  que lo comprende todo y que la perdona. Debe poner un poco más de orden y concierto en su vida.  Ella se ríe y le manda al carajo. Nadie comprende cómo puede sentirse alguien que ha perdido a su familia en un accidente de tráfico cuando ella conducía. Nadie que no lo haya vivido en sus carnes. Y se mete en casa, y siente como si entrara en un pozo profundo, oscuro, frío y solitario del que no volverá a salir hasta pasados unos días y necesite  ir al médico a pedir más ansiolíticos. No está bien. Y entonces piensa que debería comprarse un perro. Quizás la solución fuera un perro…

SECCIÓN HOY RECUPERO: EL COLECCIONISTA DE CANDADOS

SECCIÓN HOY RECUPERO: EL COLECCIONISTA DE CANDADOS

En el amanecer del cuarto día  de la semana el sol siempre se retrasa. Es un fenómeno extraño, pero así acontece en este pueblo. Por eso, el cartero aprovecha las primeras horas, cuando todavía no aprieta demasiado el sol, para repartir la mensajería. Cada jueves, mi padre, nervioso y expectante, sale a la puerta, se sienta en el poyo y espera. La semana pasada, además de oler el café (inseparable aliado de despertares), olí también a tabaco de liar. Y me pregunté aún en la cama: ¿De dónde lo habrá sacado si lleva sin fumar más de diez años?

─ Padre, pero, ¿qué hace usted?  ─ le increpé desde la habitación.

─ ¡Cállate, déjame tranquilo! Hoy tengo algo que celebrar.

Nerviosa me levanté, me puse la bata y salí corriendo hacia la puerta. Acababa de llegar el cartero subido en su moderna bicicleta de montaña amarilla y acompañado por su séquito de pulgosos perros callejeros que se me arrimaron por si les caía alguna sobra del desayuno. Tardé un rato en librarme de ellos; ya que, aquellos inesperados y hambrientos animales se lanzaron sobre mí asustándome, tanto, que se me quitaron las ganas de reprender a mi padre en público por el tema del tabaco.

Recibió un sobre de tamaño folio  sin remitente. Lo cogió, lo agitó con la mano izquierda a la altura de su oreja y sonrió. La luz del amanecer encendió gotas de su sudor casi imperceptibles en su frente y una lágrima se le escapó. Sí, a mi padre, al hombre que siempre había huido del llanto, se le cayó de golpe. Recordé una de sus frases: En la vida hay dos tipos de hombres; los que  se avergüenzan de sus emociones inmediatas y los hombres…Yo soy de los segundos. Y comprendí que aquel no debía ser un buen momento para él.

Despedí al cartero ─ después de practicar la correspondiente mirada propicia, me gustaba aquel tipo ─, y  cogí a mi padre del brazo para entrar en casa. Estaba emocionado. Temblaba. Podía sentir el percutir de su corazón en palpitaciones desiguales junto a mi mano. Se sentó, terminó de tomarse el café y se fumó aún dos cigarrillos más mirando al objeto recién llegado que reposaba sobre la mesa camilla.  Yo deseaba que lo abriera ─ no hay nada peor que querer abrir algo que no te pertenece; potencia la imaginación a límites insospechados ─.

Le dio la última calada segundo cigarrillo, lo apretó sobre el cenicero y  entonces, despacio, comenzó a narrarme una historia sobre la única y disparatada fantasía de su vida: encontrar la llave que fuera capaz de abrir el candado que  cerraba un antiguo y destartalado cofre de madera roja. Y miró el sobre que reposaba ajeno, lo palmeó y se alegró nuevamente. Allí estaba por fin aquella maldita llave. Continuó explicándose:

 

 Hija, he tenido mucho tiempo. Tanto que ahora lo siento como una losa sobre mí. El día que cumplí dieciocho años, y a las puertas de ir a la mili, me lo regaló mi tatarabuelo Héctor. ¿Ves ese cofre que lleva media vida dentro de esa vitrina? ─ me preguntó mientras lo señalaba para que yo supiera de qué cofre estaba hablando exactamente ─. Pues el tatarabuelo Héctor me confirmó que sólo había dos llaves en el mundo capaces de abrir su candado. Que sólo un Moure auténtico, semilla de su semilla, podría  encontrar una de las dos llaves. Que aquel cofre escondía el verdadero secreto de la felicidad. ¿Tú sabes, hija? Ni más ni menos que: ¡El verdadero secreto de la felicidad! ─. Y que una vez que  hubiese conseguido el objetivo tendría que emprender un viaje para regalar la llave de nuevo. Y por supuesto, no valía de nada forzar el candado ya que el hechizo se rompería.

Al final, suspiró  y agregó: Hija, llevo toda la vida buscándola… Y fíjate, aquí, dentro de casa, tan cerca… y sin poder ver la cara de la dichosa felicidad  por culpa de una llave. Menos mal que no he perdido ni la esperanza ni la ironía…

Yo, por mi parte, no quise puntualizar más todavía aquellas afirmaciones seguidas de los inquietantes puntos suspensivos, que me parecieron  una mezcla de desconcierto e insulto ─ conociendo como todos conocíamos  los derroteros de su vida, que más bien parecía haber estado jugando carreras con el tiempo ─. ¡Tampoco sería para tanto! Después de todo, mi padre había sido dignamente feliz: se había casado, había tenido tres hijas, había abierto un elegante negocio de relojería y joyería, no había pasado dificultades económicas y tenía tiempo, incluso, para sus partidas y sus amantes. No sé que  más le hubiera podido pedir a su existencia…

Así que, viendo que no iba a abrir el sobre mientras yo estuviese allí, me retiré a la cocina y desayuné. Esperé su reclamo pero, no llegó. Entonces, muy despacio, entreabrí la puerta para fisgonear. Extrajo del sobre una llave con forma de cruz de Caravaca, la introdujo en el candado del cofre rojo, la viró y lo abrió. Yo diría que actuaba con miedo. Levantó la tapa y un destello de luz le inundó la cara. Tal vez dentro hubiese un espejo o piedras preciosas, o la nada… Lo cierto es que no tuve la oportunidad de descubrirlo. Él, dubitativo, mirando a esa nada, o leyendo algo en los pliegues de su memoria, o imaginándoselo, o echando nudos, o atando candados,  ─ lo de los nudos y los candados eran sus palabras favoritas para explicar el arduo y difícil proceso de las reflexiones ─, así estuvo un largo rato. Luego, lo cerró, volvió a echar la llave y se fumó un cigarro más. Al final se levantó, lo cogió (el cofre) en brazos y se dirigió hacia la cocina para hablarme y despedirse a su manera, supongo.

─ Ahora es para Manuel, el hijo que llevas dentro  ─ me dijo alargando los brazos y dándome el objeto ─. Recuérdale esta historia cuando sea mayor.

─ Pero padre, si yo no estoy embarazada.

─ Lo estás. Lo sé. Y ahora prepárame la maleta porque tengo que partir…

─ ¿Adónde?

─ Lejos,  donde pueda dejar la llave del candado nuevamente a buen recaudo para que mi nieto la encuentre algún día. Espero que sea más hábil que yo y lo consiga antes.

─ ¿Entonces, padre, no me vas a dar más detalles?

─ Estas cosas siguen siendo cosas de hombres ─ masculló reafirmándose ─.

No me desilusionó la respuesta. Él siempre había sido bastante machista y déspota, pese a estar rodeado de mujeres. Quizá por eso, porque nosotras se lo permitíamos sin rechistar. Las cosas del pueblo y de otros tiempos…

Preparé la maleta y le arreglé algunos papeles: cuentas bancarias, seguridad social, nombres de medicinas, recordatorio de tomas, DNI, dinero en efectivo , etc., y se lo coloqué todo en un bolsillo que iba adosado a la maleta.

No podía creerme lo que estaba pasando, pero ante mi desconcierto, sólo se me ocurrió pedirle una cosa: Padre, déme la llave del cuarto de atrás.  Ése en el que usted se encierra  tantas horas y al que nunca nos ha dejado entrar.

Me miró, risueño, deseoso de complacer mi solicitud, creo que esperada, y me hizo extender la mano mientras quitaba la llave de una cadena que llevaba colgando del cuello: Aquí tienes hija, el mejor legado que alguien puede hacerte. Aprovéchalo. Y abriendo sus dedos dejó caer la  diminuta llave sobre mi palma abierta.

Salió del pueblo aquella mañana del cuarto día pasadas las once, sin rumbo o con rumbo, sólo él lo sabía. Por lo menos el primer destino sería Madrid. Se fue a sus ochenta y tres años. Comencé a amar definitivamente a mi padre, cuando comprendí que iba a morir y nunca más volvería a verle. Así que cogí la cámara del teléfono móvil y tomé, creo, la última foto de mi padre subiéndose al autobús con su camisa blanca almidonada, su chaleco gris y su abrigo de paño marrón. Sostenía la maleta de piel con la mano derecha y el sobre sin remitente, con la llave dentro,  en  la mano izquierda. Totalmente ajeno. Vi alejarse el autobús y no sentí ni pena ni dolor. Fue un momento mezcla de magia y rutina, de sorpresa y costumbre, de conocerse y no… Ahora pienso que mi padre tenía estudiado hasta su partida para no hacer sufrir a su pequeña  Mauca.

Hacía frío aquella mañana, así que metí las manos  en el bolsillo y sujeté la llave del cuarto que me había dado. Apreté el paso para llegar a casa.

Abrí impaciente el candado de aquella puerta. Toda la vida había deseado hacerlo y había llegado por fin el momento. Mil y un pensamientos se arremolinaron como un tornado en mi cabeza, incluso algunos que ya ni recordaba, por lejanos. Intenté justificar las horas  muertas de mi progenitor dentro de ese cuarto: ideas delirantes, escabrosas, imaginarias, diabólicas, médicas, curativas, etc. ¿Alquimista inofensivo? ¿Merlín de profecías?  ¿Creador de Gnomos? ¿Disecador, malvado, cruel homicida?

─ Déjate de miedos. Nadie ni nada puede darte miedo. Haz por pensar en cosas agradables ─. Me animé para no desmayarme. Respiré hondo y entré.

Allí estaba todo ese mundo que tanto nos había calentado  la cabeza durante décadas. Abierto. Había libros enteros de registro desde el año 1952. Mi padre se había dedicado a comprar, vender y cambiar durante toda la vida candados y llaves.

Era muy intuitivo imaginarse la secuencia de trabajo una vez  recibidos: los limpiaba, los pesaba en la balanza, los medía con su calibre de joyero, los dibujaba a escala, lo registraba pulcra y primorosamente, con una caligrafía digna de un escribiente, incluso la procedencia y la historia del mismo ─ porque siempre tenían que tener una historia digna de contar, si no, estoy segura que él no los hubiera comprado ─, luego los colocaba un número al candado y la llave, los tasaba y los colgaba de un panel. Había también cientos, que digo, miles de cartas, siete diccionarios y multitud de fichas de ciudades, amontonadas en paquetes según el año de recepción.

Entonces comprendí de dónde sacaba mi padre sus cuentos y sus historias: el candado de un cinturón de castidad de una de las hijas de Rodrigo Díaz de Vivar, el candado del cofre que trajo el primer chocolate de América en la embarcación Sta. Magdalena, el candado y la llave que cerraban el acceso al órgano de la Catedral de San Esteban en Viena… En fin, había historias leves, creíbles, inverosímiles, imaginativas, y las extremas, ─ que eran las que más nos han gustado siempre en la familia por ser gráciles, grávidas, de las que vuelan o de las que se excavan ─. Supongo que mi padre elaboró una ruta a conciencia para visitar cada una de estas ciudades de procedencia antes de morir. Quiero pensar que es así. Y que se pasó toda la vida planificando este viaje. Por eso, no dudó en marcharse cuando ya había solucionado su propio enigma de la felicidad. Me alegro por él. Es por eso que no lloré cuando partió, ni cuando me hice hace dos días el test de embarazo y dio positivo. Mis hermanas me acusan de loca por dejarle partir así sin más. Creí conveniente no malgastar ninguna mentira. Claro que ellas no saben nada de nuestro  verdadero padre. La única que seguía viviendo con él era yo. No le he contado a nadie la verdadera historia, y por eso portan el desconsuelo por toneladas, las pobres. Sólo al hijo que llevo dentro, muy bajito, cada día le cuento una distinta de las que aparecen catalogadas en sus libros. Son  relatos fantásticos que ponen en relación el mundo de lo prohibido con el nuestro a través de la imaginación. Tal vez algún día salgamos tras sus huellas: ¿Verdad, Manuel? Siguiendo los pasos de sus más bellos y curiosos candados.

SECCIÓN HOY RECUPERO: POMPAS DE JABÓN EN VIERNES

SECCIÓN HOY RECUPERO: POMPAS DE JABÓN EN VIERNES

Pompas de jabón es un repertorio de micros que tienen que ver con el viernes y que se escribieron hace años con un fin: leerse en el tiempo que  vive una pompa de jabón.  Espero que os gusten.

 

Relato hiperbreve 1: Viernes.

Cada viernes a la salida del trabajo me convierto en niña, saco el cilindro ilustrado con heroínas, lo abro, acerco la varilla a mi boca, soplo fuerte y hago pompas de jabón.  Las veo elevarse, transparentes, irisadas, ingrávidas…sueño.

Relato hiperbreve 2: Musa.

Buscaba una chica lista y  me preguntó: ¿Quieres ser mi musa?

Si me observas, me evalúas, me endiosas, me describes, me cuestionas, me observas, me evalúas, me endiosas, me cuestionas, me describes, escribes…  Entonces :¡no!, contesté. ¡Chico, qué pereza…! Yo quiero amor verdadero.

 

Relato hiperbreve 3: Ave de paso.

Una parada obligatoria.

El viento ya no me despeina.

El faro sigue girando.

Doce segundos.

Los barcos se alejan, poco a poco.

Y yo, ave de paso, descanso…

 

Relato hiperbreve 4: El columpio.

Curioso juego el del columpio: avanzo y retrocedo pero nunca me desplazo.

Y una extraña sensación de estar, por momentos , a millones de kilómetros del suelo.

Cierro los ojos, respiro y sonrío.

Relato hiperbreve 5: Peter pan llama a mi puerta.

Mi mamá ya no me mima… ¿Me mimas tú?

¡En eso justamente estaba pensando!  y huí del escenario patético de un futuro presuntamente triste.

 

Relato hiperbreve 5. Creación.

La página en blanco, el bolígrafo lleno y ávido de trabajo, un tiempo precioso y un reloj que asusta. ¿No hay creación sin presión? Sí pero no  ──mi negro apunta ──. Miscelánea.

SECCIÓN HOY RECUPERO. CAMINO HACIA LA LUZ

SECCIÓN HOY RECUPERO. CAMINO HACIA LA LUZ

 

CAMINO HACIA  LA LUZ

Se acabó  el miedo.  21 gramos y una memoria intacta viajan a la velocidad del sonido camino a la luz. En un tiempo lento que no es el que yo recuerdo. He sentido mucho dolor en el tránsito; he levitado hasta morir y he caminado sobre la  escarcha azul. Al otro lado, la verdadera energía y esencia de tu amor. Ya te veo, mi amigo-confidente-amante. Ya te veo. Gracias por esperarme.

**Este relato fue seleccionado en  el III Concurso de microrrelatos románticos  Acen y formó parte de una antología publicada sobre el amor.

SECCIÓN ECO: TACONES QUE DERRITEN ALMAS. REVISTA RYF

SECCIÓN ECO: TACONES QUE DERRITEN ALMAS. REVISTA RYF

Hoy recupero una entrada de hace cuatro años. Cómo pasa el tiempo…Un escrito con voz masculina y muy osado por mi parte.
Le doy las gracias a Hector Zabala por  contar conmigo  en el Suplemento de La Revista  Realidades y Ficciones de Buenos Aires ( Argentina). 

Elegí, para este número, un tema que tuviese que ver precisamente con el nombre de la revista:  realidad y ficción. Intentando aunar ambos mundos en uno. Estuve mucho tiempo dando forma al relato, dirigiéndolo al lugar exacto, sin rozar lo grosero ni resultar demasiado evidente: el mundo fantástico de un universitario en pleno auge hormonal. 

Espero que lo disfrutéis. Os dejo el enlace a la revista y os ncluyo el relato a continuación.

 
SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 60 – Marzo de 2014 – Año V
ISSN 2250-5385

http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com.es/

MI MUNDO FANTÁSTICO
Tacones que derriten almas
Olga Ruiz Trinidad ©
El que esté libre de pecado que tire la primera piedra
(Juan 8:2-11 KJV)
Mi mundo fantástico, el que habito cuando quiero redescubrir quien soy realmente, se destapa el viernes tras la Universidad, al regresar a casa. Algo necesario para libertar tensiones. Un instinto primitivo de supervivencia de la especie, quizás un ejercicio práctico. Subo a mi cuarto, echo el pestillo y me tumbo en la cama. Es mi momento. Observo las musarañas mientras comienzo a relajarme. En un lapsus de tiempo de veinte minutos puede llegar a trascurrir todo, otros aseguran que con once es suficiente, en mi caso, necesito algo más. Poco a poco me sosiego, cierro los ojos y respiro profundamente. Siento el bombeo de mi corazón decelerarse, despacio, encontrando su armonía y olvidando los ritmos sincopados de mi diletante existencia. Encuentro el equilibrio –aunque para ello, tardo un rato superior a lo esperable casi siempre. Soy plenamente consciente de que esto no es un sueño, ese mundo está ahí y se extiende desde mi interior hacia el exterior buscando la fogosidad de mi mano. Huelo a sudor y testosterona. Prosigo. Floto en medio de un cielo y un infierno desde el que algunos seres extraños me abrazan y me gusta. Bajo unas escaleras bastante empinadas con riesgo de caer –ya sé que tienen veinte peldaños con un descanso central– y los seres siguen abrazándome y desnudándome, me acaloro y prosigo drogado por una especie de gas de la felicidad. No hay luz en el antro oscuro inferior pero no me importa, estoy atravesando un bosque de culpabilidades ancestrales cargado de olmos que, poco a poco, voy dejando atrás. Lentamente mis retinas se acostumbran a esa penumbra impredecible. Después oigo los cuervos lejanos, los cuervos siempre joden cualquier historia, y no sé por qué en mis momentos previos siempre hay cuervos. Luego llega el fuego purificador. Debería sentir miedo, pero no sucede así. Yo sé, por costumbre que este fuego es preámbulo del éxtasis y espero, espero… deleitándome en ese instante. El fuego quema mi pelo, mi cara, todo mi cuerpo y me deja limpio. Comienza la metamorfosis mental, comienza la definición de esta historia única e irrepetible; busco todos los estímulos de mis últimos días. Así se abre la veda: empieza la búsqueda. El cómplice de paso está ahí fuera. Puede ser ella, o él. Pueden ser dos varones o un trío de reinas a la vez. Solteras o casados. No me preocupo demasiado por la opción, sólo yo, mi, me, conmigo y mis múltiples vicios. Soy un animal en celo dispuesto a todo por saborear una nueva presa entre mis brazos. Un nuevo triunfo para mi lista. Soy capaz de todo.
Justo en ese instante, escucho la voz de mi madre increpándome nuevamente desde el piso inferior: ¡Date prisa, tengo que marcharme al trabajo! ¡Siempre lo mismo, siempre lo mismo! No tienes ni un ratito para tomarte un café conmigo. Y pienso: ¡Mierda, cállate, no me despistes, estoy concentrado! Y le contesto: Sí, ya voy, ya voy. Espera un rato.
En esos momentos, una madre es la única persona que no entra dentro de tus expectativas, –los cuervos y las madres pueden estropear cualquier historia de esta índole, repito–.
Antes de venirme abajo, vuelvo a mi mundo fantástico. Cierro lo ojos, respiro profundamente y prosigo. Una emoción fuerte. Sí. Ya me cansé de quejarme del pasado, de entristecerme por la falta de suerte, por la inercia. He hecho pactos satánicos con Cupido, ahora soy yo el que le ha robado algunas flechas, nuevas o usadas, da igual. Ahora soy yo quien apunta y dispara. Tan fuerte, que puedo, incluso, matar. Manos sueltas, pelo suelto, cuerpos sueltos, tacones que derriten almas que habitan fuera, o que no habitan; sólo se dejan llevar. Ahí están esperando, tan sumisas y tristes. ¡Pobrecitas…! Tan esclavas y necesitadas de algo por lo que suspirar el resto de la semana. Ya no me siento mal por pensar en el dolor y en el amor, ambos sentimientos se fusionan, se dan la mano, se vuelven cómplices a ratos y otras se odian. Depende de tantos factores… depende de tantas personas. Nunca hay dos amos iguales, nunca hay dos esclavos iguales. Nunca se pisan tacones que derriten almas que habitan fuera sin sentirse dentro. Así, en espiral, emocionado, con ese mi mundo fantástico, enredado en mis múltiples juegos mentales. No sueño, no, imagino, jadeo, me acelero y exploto.
Nuevamente mi progenitora desde la planta baja del chalet, insiste voceando: Bueno, yo me voy, aquí te dejo la cena, nos vemos a las diez. Por cierto acaba de llegar tu querida novia Sofía, está subiendo, te aviso.

–No, sí, digo claro, que suba, espera, bueno, no, sólo un minuto, en fin, bueno, ya estoy… ¡Leches!

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