LIBRO SOLIDARIO VIAJES EN PAPEL. CRONICA MADRIGAL

LIBRO SOLIDARIO VIAJES EN PAPEL. CRONICA MADRIGAL

CRÓNICA MADRIGAL es el relato que escribí para el libro solidario VIAJES EN PAPEL. Fue un proyecto sencillo en el que varios escritores e ilustradores aunamos nuestro tiempo y creatividad para recaudar  fondos para la fundación Aladina cuya causa es investigar y mejorar la calidad de vida de los niños enfermos con cáncer. Esto debió de ser hace ya tiempo… ni me acuerdo. Pero he recuperado la sinopsis y el relato para aquellos que en su día no adquirieron el libro. Espero que os guste.

Sinopsis:

En el verano de 1985, en un pequeño pueblo llamado Madrigal, sucede algo extraordinario: a un abuelo, sólo a uno, le toca el premio más grande de la lotería nacional. Este cambio tan inesperado como radical, establece un nuevo paradigma en su existencia. ¿Cómo perciben el mundo con la llegada de las pesetas sus nietos adolescentes y sus hijos adultos? ¿Y el resto de mortales, serán capaces de dominar eso que llaman la envidia y la codicia? Decisiones importantes deben ser tomadas… Una crónica cargada de silencios, de matices, de pausas que invitan a reflexionar sobre dos pilares fundamentales de nuestra existencia: la familia y la importancia del dinero.

 

 

 

A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

Oscar Wilde (1854-1900). Dramaturgo y novelista irlandés.

 

MADRIGAL

El mes de agosto de 1985 tuvo veinte días, justo lo que duraron nuestras vacaciones, y fueron muy intensos, eso sí. Cada año nos reuníamos toda la familia en Madrigal: los abuelos, tres hijos, tres cuñadas y siete nietos. Era un pueblo tranquilo en invierno, apenas mil habitantes, pero llegado el verano se cuadriplicaba su población debido a familiares y turistas de los tres  campings ubicados en las inmediaciones de la garganta natural.

Nuestros padres se pasaban prácticamente todo el tiempo en la Casa Grande y nosotros, los chicos, en nuestro  Huerto, donde disfrutábamos de un horario ininterrumpido de nueve de la mañana a doce y media de la noche de libertad y diversión. Les veíamos poco; cuando se acababan las provisiones y teníamos que ir al pueblo o cuando ellos se acordaban de nuestra existencia y nos visitaban.

En aquel espacio natural, situado en la zona más alta del pueblo, comíamos, nos bañábamos, jugábamos, ayudábamos al abuelo y dormíamos siestas infinitas en mantas de trapo. Como construcción, una pequeña casita para guardar los aperos de labranza, poca cosa, unos cuarenta metros cuadrados de construcción donde cabían un aseo completo alicatado con restos de azulejos decorados con frutas, flores, motivos geométricos, cenefas doradas y cerámica talaverana en un eclecticismo imposible; una cocina con chimenea y un pequeño donde reinaba el famoso sofá granate de escay del abuelo. No había tele, ni teléfono, ni nada que recordara a la civilización. Sólo unos cuantos cachivaches de cocina y campo. En la entrada, un zaguán con dos bancos de piedra a cada lado, un pequeño aljibe para acumular agua de lluvia, un pozo de riego, veinte hileras de verduras y hortalizas, un tractor y un perro llamado Miko. En la parte posterior había dos fanegas de monte ligero, con encinas, olivos,  cinco higueras y alguna que otra urraca. Las urracas eran perniciosas. El abuelo siempre nos recordaba: «Si las veis, tenéis que matarlas, se lo comen todo, pueden incluso dejar ciegos a los conejos picoteándoles los ojos».  Pero yo nunca maté a ninguna.

 

NOSOTROS

Si alguien es el verdadero protagonista de esta historia es sin duda mi abuelo Matías. Un hombre inteligente, de aspecto saludable, curioso y feliz. Todo lo demás, como cualquier abuelo. A lo largo de esta crónica le conoceréis mejor.

Como actores secundarios, nosotros: María, Pablo, Inés, Ricardo, Ángel, Manuel y Sergio, más conocidos como los Chicos del Huerto. María era la mayor, en julio cumplió los diecisiete. Tenía la cara más ancha que el resto de nosotros por herencia de su madre vasca, era hermana de Sergio y la más responsable. Extrañamente, poseía arrugas horizontales en la frente, ojos menudillos y un aspecto deslucido. Era demasiado cauta ante la vida. Bueno, más que precaución, tenía una especie de miedo existencial, como si el coco de una mujer de cuarenta años se hubiera metido a presión en el de una adolescente y se prohibiera casi todo.  Y fea. No es que fuera la chica más fea de la familia —que lo era—, no, era la chica más fea de mi mundo conocido y me arrepiento de lo crueles que éramos con ella.

Luego estaba yo, Pablete para el abuelo, con mis quince años y un mes. Un santo: bueno, responsable, de mente abierta y estudioso. Tenía una envergadura fuerte, manos y pies grandes y un pelo pardo y rebelde. No es que fuera genio y figura, pero poseía un atractivo sereno, sin artificios ni falsas sonrisas.

Inés y Ricardo eran mellizos y a sus catorce años recién cumplidos le sumábamos el pelo claro, los ojos saltones, cuerpos desproporcionadamente desarrollados y una constante obsesión por llevarse mutuamente la contraria.

Ángel, de trece años, era mi mejor aliado. Recuerdo su cabello permanentemente enmarañado y una lluvia de pecas salpicando hasta los dedos de sus pies. Sin duda era el más inteligente y valiente de todos. Y aunque a veces se pasaba de grosero, era imposible no reírse con sus chifladuras. Le seguía mi hermano Manuel, para mí el enano más insoportable y mimado de la estratosfera. Y finalmente, el más pequeño, Sergio, de diez años, apodado “el Hierros” porque llevaba ya cuatro veranos con un aparato dental. Era el más patoso de todos; si alguna vez pasaba algo malo, tenía todas las papeletas para que le pasara a él. Delgaducho, cejijunto, despistado y paticorto.  Pero poseía esa extraña luz en la mirada: unos enormes ojos negros y brillantes a medio camino entre la risa y el llanto, difíciles de olvidar.

 

SUERTE

El abuelo tenía por costumbre comprar dos billetes de lotería el día 1 de agosto. Así que aquel año, se llevó sus dos mil pesetas a la plaza y los compró a un vendedor ambulante que no era del pueblo, pero le gustaron los números y se animó enseguida. No se cansaba de decirnos: «Chicos, si nos toca, será para vosotros».

El premio salió anunciado el sábado en el telediario de la noche. Mi padre apuntó el número en un trozo de periódico viejo y subió al Huerto para dárselo, tal y como le había indicado. Entonces, el abuelo abrió su cartera de piel y deslizó los dos boletos. Los puso al lado del papel y se quedó pálido.

—Mira, hijo, si éste es el mismo.

—A ver, a ver, déjeme. —Mi padre examinó los números uno por uno minuciosamente y dijo—: Es el mismo, no hay duda. ¡Que alegría más grande, padre!

—¿Lo has apuntado bien?

—Yo creo que sí. ¡Qué cosas, la leche, nos ha tocado!

—Calla, calla, que nos van a oír. Es mejor esperar a mañana y ver el dominical para comprobarlo. Mientras tanto, no digas nada.

—Jo, padre, una cosa así…

—¿Prometido? No quiero falsas esperanzas ni desilusiones.

—Bueno, visto así… Pero que a nadie le amarga soñar un poco, padre.

Al día siguiente, tras la misa de once, compraron el periódico en el estanco y subieron nuevamente al Huerto. Ya no había ninguna duda. El abuelo se puso tan nervioso que comenzó a dar voces y todos pensamos que algo muy malo acababa de suceder.

—¡Venid, bandidos, venid! ¡Una gran noticia! Mirad este boleto de 10 x 8 centímetros, ¿lo veis bien?

Todos nos arremolinamos en torno al periódico y al boleto.

—Pues ha tocado.

—¿Cuánto ha tocado? —preguntó Sergio.

—Diez millones de pesetas.

—¡Qué barbaridad! —apuntó María abriendo sus minúsculos ojos guisante todo lo que pudo.

—Sí, tenemos que decidir muchas cosas.

—¿Pero está seguro, abuelo? —desconfié.

—Totalmente, Pablete. ¡Venga chicos! ¡A escribir una lista de deseos!

Comprobar una lotería premiada es una alegría extraña. Uno no sabe cómo se puede sentir hasta que le pasa. Estás enajenado, incrédulo a ratos y victorioso otros. El abuelo y mi padre lloraban y reían a partes iguales, tocaban y besaban el boleto y se lo pasaban continuamente para seguir comprobando la veracidad del hecho.

FIESTA

Risas, alborotos, nervios. ¿Era posible que a nosotros, a los Sánchez, nos hubiera tocado ese premio? Emoción. Más risas. Miradas cómplices. Aquella noche la familia al completo se reunió y bailamos, cantamos, reímos, mis tíos se emborracharon. Si alguna vez fuimos totalmente felices fue en ese instante, porque nuestra mente sólo pensaba en positivo sin cuestionarse ninguna consecuencia. Hubiera deseado que la vida se detuviera para nosotros en esa calma.

—¡Brindemos! —propuso el patriarca levantando un vaso con sidra.

Y todos cogimos lo que encontramos en los vasitos de plástico de la mesa, alzamos la mano y dijimos casi al unísono:

—¡Por la familia!

—Mañana lunes día 5 iré a cobrarlo. Pero sólo lo voy a repartir entre los muchachos. A todos los demás ya os he dado bastante.

—Venga, padre, no sea aguafiestas. Algo nos regalará a nosotros también —le recriminó en tono jocoso mi tío.

—Que no. Tenéis toda la noche para que os vayáis haciendo a la idea. Mañana ya no quiero discusiones. La decisión está tomada.

Dicho y hecho. Aquella noche los padres se fueron a la Casa Grande a dormir confiando en que el abuelo cambiaría de parecer, y nosotros nos sentamos alrededor del fuego para expresar nuestros deseos en voz alta y luego escribirlos en común. Aquella emoción única e irrepetible no nos permitió dormir.

DECISIÓN

Tras las gestiones oportunas y obviando todas las recomendaciones tanto de la administración de lotería como del Banco de Extremadura, el abuelo, acompañado por sus tres hijos, se llevó el dinero en efectivo metido en un zurrón de piel marrón. Se subieron a la furgoneta y mi padre hizo el último intento:

—Ande, deje usted el dinero en el banco, o en una caja fuerte. Llévese sólo un poco, cien mil pesetas, para el verano. No corra riesgos.

—He dicho que no, voy a enseñarles a mis chicos lo que ocupan diez millones, lo poco que ocupan.

—Y después, después, ¿qué hará con el dinero?

—Guardarlo —afirmó mi abuelo rápidamente y masculló con rabia—: Estas sanguijuelas del banco no se van a quedar ni una peseta mía.

—Tendrá que guardar algo para Hacienda el año que viene.

—Bueno, eso ya lo estudiaré. Y arranca el coche de una maldita vez.

NI DOS CENTÍMETROS 

Lo primero que hizo fue enseñarnos los fajos de billetes. Exactamente diez fajos de billetes de diez mil pesetas de unos dos centímetros de espesor. Nunca he visto a mi abuelo tan feliz como el día que puso los montones alineados en la mesa de madera y pidió a mi madre que nos hiciera una foto delante de ellos. Podrían ser perfectamente los ahorros de toda una vida. Allí mismo, delante de nosotros, por primera y última vez.

Aquella tarde los mayores tuvieron una asamblea extraordinaria y tanto mis padres como mis tíos se enfadaron bastante. El viejo era obstinado y si decía que algo era así, sería así, pese a todo. Un par de nudillazos aporreando la mesa con el puño cerrado y a callarse.

REGALOS

Durante los días siguientes los regalos llegaron como un goteo constante, y muchas risas y muchas fotos. Primero fueron las bicis nuevas para todos, luego un billar, un futbolín y hasta una escopeta de perdigones. A María le compró un radiocasette con cintas de Madonna, Objetivo Birmania, Whitney Houston, Roxette y Mecano, que eran top ventas de ese año. A mí una Nintendo Entertaiment Systen con dos juegos nuevos llamados Tetris y Abu-Simbel Profanation, que fueron los mejores juegos de toda mi vida. A los mellizos una colección de estupideces de mesa para jugar en equipo: cartas, dominó, Tragabolas, Operación, Trivial y Excalibur. Ángel prefirió un Microscopio Shilba 900x y un telescopio de la misma gama que no funcionaron nunca y todos pensamos que era él quien no sabía cómo usarlos, y se frustró bastante el chico. A mi hermano se le antojó un lote de libros en los que estaban Munia y el Cocodrilo Naranja, Cuentos al amor de la lumbre y el Museo de los Sueños. Recuerdo perfectamente los títulos porque se los leyó enseguida y se pasó el resto del invierno hablándome de ellos. Yo nunca los leí y ahora, al recordarlo, me gustaría hacerlo. También deseó un juego de magia que le entregaron dos días después y se disfrazaba haciendo prodigios entre los presentes. Eso sí me gustó. Finalmente, Ángel pidió una canasta de baloncesto para practicar unos tiros y mejorar su aspecto físico. El primer día a mi primo, el pobre, se le cayó la canasta encima y le dieron cinco puntos en la cabeza. Ya no jugó más al baloncesto.

AMIGOS

Pronto se corrió entre los vecinos la noticia de que nos había tocado la lotería. De repente todos los niños querían ser nuestros amigos y venir a jugar con nuestras cosas. Y sus padres querían ser amigos de nuestros padres, y sus abuelos incluso de nuestros abuelos. Hubo un poco de histeria y de falso amiguismo. Algunos teatralizaban mucho con saludos efusivos, esperando complicidad. Jeremías, el archiconocido enemigo de la familia, con el que hacía tiempo que no se hablaban por unas lindes, también se acercó aprovechando la alegría del momento para retomar el tema y sacarle finalmente los metros de más. Pero mi abuelo no cedió.

Todos eran muy cariñosos, muy amables, todos querían conocer los detalles más mínimos de nuestro existir. Aparentemente, se  alegraban bastante de nuestra  buena suerte y vivimos unos días, quizás, con la sensación continúa del aplauso ajeno sin importar las chorradas que hiciéramos. El abuelo era el más precavido de todos: «Un hombre callado nunca se equivoca», nos aconsejaba. Pero nosotros ya habíamos hablado, y quizás más de la cuenta.

El día 14 del mes y con motivo de las fiestas de la Asunción, llegaron unos feriantes para preparar las atracciones. Debieron de escuchar la historia del afortunado Matías entre los vecinos cotillos y pronto pasaron a la acción.

NOCHE

Sucedió en la madrugada del día 15, mientras el abuelo descansaba en una tumbona, dedicándose a la vida contemplativa del país de las estrellas, cuando aconteció lo inesperado: dos hombres morenos se acercaron, le pusieron una bolsa en la cabeza, le tiraron al suelo y le amordazaron para que no pudiera gritar. Le explicaron con voz dura y pronunciando despacio:                 —Ey, viejito, tú sabes lo que queremos. No te resistas o te vamos a tener que matar. No grites, ¿eh? ¿Comprendido? Así que ahora te vas a levantar muy despacio y nos vas a llevar a donde has guardado la guita, pero ojo, no te hagas el héroe, nada de gilipolleces o te rajamos el cuello como a un cochino. Te puedes desangrar en diez minutos, ¿has comprendido? —Y lo dijo de un tirón, sin titubear.

—¿A que sí? ¿A que te vas a portar bien? —dijo el segundo fulano en tono más amigable.

Mi abuelo debió de asentir.

—¿Dónde está el dinero?

En esta ocasión no se movió. Yo, escondido tras una celosía de hormigón en la azotea de la casa, —me subía allí por miedoso, para que no me picara ningún bicho. A veces me dormía con la brisa nocturna, pero aquella noche todavía no había sucumbido al sueño—, lo observaba todo espantado, rígido, sin saber qué hacer ni qué decir.

Mi abuelo estaba tumbado en el suelo entre los dos tipos.

—¿Dónde está el dinero? —preguntó nuevamente el más alto, cada vez más impaciente.

Matías movió  la cabeza de lado a lado y encogió los hombros.

—¿No sabes? ¿No sabes? Me estás enfadando… ¡Enséñame dónde lo has puesto! ¿Dónde está el puto dinero? —farfulló agresivo el hombre.

No se movía. Yo hubiera deseado bajar de allí, correr hacia la ventana donde estaba apoyada la escopeta de caza y asustarles pegando dos tiros al aire, pero no pude, tenía todo el cuerpo  paralizado.

—¿No sabes? Te vamos a dar unos cuantos golpecitos para ver si te refrescamos la memoria.

Mi abuelo se  hizo un ovillo y se llevó las manos a la cara. Puñetazo y pregunta. Patada y pregunta. Otro puñetazo y pregunta. Allí estaba Matías sufriendo por la pasta, aguantando estoicamente el palizón. Y yo, subido en la azotea inmóvil, sin respirar y cagado de miedo.

Uno de ellos entró dentro de la casa con el propósito de encontrar el dinero y rompió  todo lo que encontró a su paso. El otro seguía sujetando la navaja junto a la yugular de mi abuelo. A la media hora, el hombre regresó con las manos vacías y rezongando improperios por lo bajo. Invirtieron los papeles y el segundo terminó de rematar lo poco que quedaba sano dentro.

—Aquí, aquí está. ¡Maldito cerdo! Lo tenía metido en la chimenea.

—Cuéntalo.

—No, vámonos ya.

—Seguro que hay más. ¡Cuéntalo, imbécil!

—No, vámonos y punto.

Y así fue cómo los asaltantes abandonaron corriendo el lugar, perdiéndose en la espesura, mientras mi abuelo seguía en el suelo dolorido y confuso.

Yo sufría por él y él sufría por mí. Probablemente hubiera esperado que yo hiciera algo, o estaba rezando para que no lo hiciera. No tuve la valentía de deslizarme por la bajante, gatear tras el aljibe, coger la maldita escopeta y rodear la finca por el cercado de piedra para salir hacia el pueblo y cortarles el paso a los ladrones. Lo pensé demasiado y demasiado tarde. Cuando bajé, me tiré sobre el abuelo y conseguí rasgar la bolsa que le tapaba la cabeza para que viera que era yo y que estaba bien, luego retiré la mordaza y le ayudé a incorporarse. Mi abuelo dio una inspiración dolorosamente profunda y amargamente me ordenó:

—Corre a buscar a tu padre y los tíos. Salid tras ellos, coged los coches. Tú los has visto.  Se llevan nuestro dinero. ¡Corre, Pablete, corre!

Le habían amenazado de muerte si no cantaba. Pero no cantó. Ese era nuestro dinero. Si hubiera sido suyo, tal vez, tras recibir la patada que casi le revienta un riñón y otra que le rompió el brazo, hubiera pedido clemencia y habría explicado dónde estaba. Pero ese no era el caso. Aquellos billetes eran para sus nietos y ningún malnacido se los iba a arrebatar.

—Si no está todo, volveremos, viejo. —Eso fue lo último que dijeron.

Mi abuela y las mujeres llamaron enseguida a emergencias y una ambulancia se llevó a mi abuelo al hospital. Aquella fue la noche de los gritos, la incomprensión y el llanto. Tampoco pudimos dormir.

Si algo estaba destinado a ir mal, iría peor que mal. No pudimos dar con ellos. Aunque los buscamos con los coches y hubo detenidos, fui incapaz de reconocerlos. Intenté dar señas de su ropa, su pelo, su forma de andar, de hablar, esa forma de hablar tan particular que años después reconocí por casualidad al oír a dos inmigrantes que viajaban en el metro. Colombianos. Eso era, pero siendo niño no lo sabía.

 

MIKO

Por expreso mandato del abuelo nos quedamos en la Casa Grande unos días mientras mis padres y mis tíos adecentaban nuevamente el Huerto del desastre del robo. Y esperamos allí la llegada del abuelo, que tuvo que someterse a algunas pruebas de riñón. Cuando le dieron el alta, lo primero que hizo fue poner la denuncia en el cuartel de la Guardia Civil y visitar el lugar para realizar el correspondiente atestado. Pero atestado más, atestado menos, no sirvió para nada.

El domingo 18 Sergio y yo decidimos curiosear un poco a ver cómo había quedado el Huerto y fue cuando nos encontramos con Miko. Aquel galgo no tenía ni residencia ni dueño fijo; iba y venía a su antojo y debió de llegar en el momento más inadecuado y cruzarse con los perversos. Pero no había signos de haber intentado hurgar dentro de la casa, era como una amenaza. Quizás ni siquiera eran las alimañas de la noche, sino otra variante de envidiosos. Lo colgaron del cuello hasta que se ahorcó. Realmente cruel. Decidimos descolgarlo y enterrarlo. Estaba hinchado, rígido, y un ejército de moscas verdes revoloteaban a su alrededor. La soga laceró su carne. Este suceso me marcó profundamente. Aún hoy, cuando estoy muy agotado, al dormir, tengo la misma pesadilla: mi cuerpo es pesado, muy pesado, atravieso la sábana, atravieso el colchón, atravieso el suelo, me hundo en la tierra, me hundo lentamente y cuando abro los ojos Miko está encima, tieso, mirándome fijamente.

GASOLINA

El día 19 mi abuelo se levantó de buen humor: tenía ganas de reírse un poco haciéndonos cosquillas y contándonos chistes malos. Pero lo cierto es que los ánimos no estaban para muchas payasadas. El hombre se esforzaba todo lo que podía, pero nosotros estábamos desconcertados y asustados.

Durante el resto de la mañana se encerró en la pequeña habitación de las facturas y pidió a mi abuela que fuera a comprar diez sobres exactamente iguales. Se pasó escribiendo toda la mañana. En la tarde pidió a los adultos otra jornada extraordinaria de reunión que duró casi hasta la cena. Nosotros nos fuimos con las bicis nuevas a las pozas naturales del río, a las afueras del pueblo, para refrescarnos. Ya no queríamos enterarnos de nada más.

A las tres de la madrugada del día 20, mi abuelo se levantó de la cama sudando y con escalofríos, bebió agua y se vistió. Le dijo a la abuela que siguiera durmiendo, que no se preocupara, que acababa de tener una pesadilla y quería ir al Huerto. La abuela, presintiendo también lo peor, le pidió que no se marchara, o que si lo hacía, fuera en compañía de alguno de sus hijos.

—No, tal vez no sea nada —la calmó el abuelo—.  Pueden ser presagios de viejo. Si no vengo en media hora, despierta a los chicos y que vayan a buscarme.

Se dirigió al Huerto y allí aconteció el suceso más triste de nuestra vida.

¡Fuego, Fuego! Los vecinos del pueblo dieron la alarma enseguida. Llegaron aporreando la puerta principal de la Casa Grande para alertarnos del incendio en el Huerto del abuelo Matías. Aturdidos y furiosos salimos todos en pijama corriendo pueblo arriba con un montón de cubos y baldes.

El abuelo, con su brazo escayolado en cabestrillo, desesperado e impotente, se sentó en mitad de la calle para observar cómo su pequeño paraíso ardía. Y nosotros sacábamos agua del pozo para apagarlo mediante un trasiego organizado de cadena humana. Al cabo de dos horas lo reducimos. Nuestro aspecto era patético: calados, sucios, exhaustos y medio locos. Todo color se fundió a negro. El futbolín se pulverizó y sólo quedaron las barras y algunas piezas de metal, las ruedas de las bicicletas se deshicieron, la piscina hinchable se consumió y el agua se desbordó calle abajo y así todo. No quedó ninguno de nuestros deseos de ese verano.  Nada.

 

VEINTE DÍAS

Nos fuimos sin jamón serrano, sin aceite, sin tarros de tomate ni de pimientos asados al baño María, sin dinero y con una terrible incomprensión por lo acontecido. Sin embargo, nuestros abuelos tenían una expresión serena, de alivio tal vez, dando gracias porque ya nos íbamos de aquel sitio siniestro cargado de sinsentidos. Su despedida:

—Quizás fuera necesario, Pablete. Quizás ahora no seamos capaces de comprender, pero será cuestión de tiempo.

—Bueno, abuelo, no se preocupe. Lo pasamos bien juntos, ¿eh?

—Sí, somos una familia. No lo olvides. Tenemos que protegernos.

—Sólo espero que el año que viene sea un poquito más tranquilo, vamos, que sea, digo, como los veranos de siempre.

—Claro que sí —afirmó sonriente y añadió—: ¡Hala!, portaos bien, estudiad mucho.

Entonces miré a la abuela, sus profundos ojos verdes cargados de inocencia. Y lloró.

—Cuídense ustedes —les dijo mi padre, sacando el brazo izquierdo para despedirse mientras arrancaba el Simca 1200 de color mierda pasado de moda.

EURO

Fue a raíz de la llegada del euro cuando el abuelo nos contó toda la verdad. Si bien ahora sé que quien quemó el huerto con la gasolina del tractor fue él, y quien había guardado el dinero en el aljibe bajo el agua amarrado a un cable de acero fue él, y quien nos hacía entrega del premio, justo en el año 2002, cuando iba a entrar en vigor el euro, para que pudiéramos usarlo  fue también él, doy gracias porque aquel verano aprendí de golpe cosas vitales: la primera, que mi familia era lo más importante; la segunda, que la vida de cualquiera de nosotros valía más que diez millones de pesetas; la tercera, que el dinero, si no se sabe invertir, se gasta en poco tiempo con la misma alegría que se ha recibido; la cuarta, que mi abuelo nos enseñó a prescindir de lo superfluo para crecer en lo importante. También nos mostró que hay dos tipos de malos: las alimañas de la noche que actúan premeditadamente y los perversos que son capaces de exhibir su crueldad a cualquier hora y en cualquier lugar. A ambos los mueve la envidia. El abuelo era sabio y estratega: lo de las indemnizaciones y los seguros también podría explicarlo, pero eso sería airear demasiado las cosas de familia.

Fuera como fuese, aquel verano, aquel verano de 1985 sólo tuvo veinte días.

 

 

Ilustración:

La ilustración de mi relato fue realizada por mi amigo  Daniel Camargo,cuyo trabajo os invito a conocer, junto con el de otros  trece escritores e ilustradores.

 

SECCIÓN HOY RECUPERO. LA PAREJA DE TUS HUELLAS

SECCIÓN HOY RECUPERO. LA PAREJA DE TUS HUELLAS

LA PAREJA DE TUS HUELLAS

La primera vez que vi el mar tenía seis años pero aparentaba cuatro. No sé precisar dónde estuvimos exactamente. Mis padres nunca escribían nada en las fotos.  Sería el año 1982,  en plena fiebre del Mundial  seguro, porque vi muchas camisetas de la mascota  “Naranjito” aquel verano. Me observo en las fotos  como cualquier niña de esa época vestida con zuecos de madera y atuendo de india con flecos. Siempre he sido  una niña presumida, y me veo hasta con un bolso de charol con cadena dorada en la playa. Lo que no recuerdo es qué castañas llevaría yo en un bolso a la playa.

Nos gustaba mucho pasear por la orilla, con el sol delante, redondito e incómodo. Yo no llevaba gafas de sol, los demás niños tampoco. Este es un detalle que recuerdo con absoluta nitidez.  Papá caminaba primero, mamá detrás dando la mano a mi hermana  pequeña  que se soltaba a ratos y se mojaba el pañal al intentar tocar las olas.

A veces, mamá reía. Reía poco o casi nada porque le faltaba un diente por la falta de calcio del segundo embarazo.  Así me explicaba. Yo creo que éramos pobres y no teníamos dinero para su funda. Al igual que creo que aquel verano fuimos ocupas de un chalet vacío de un alemán porque en las paredes había muchas fotos de niños con pelo rubio platino.  Y también porque ya casi al final, llegó la policía una noche y nos echó. Recuerdo cómo papá les enseñaba un papel como un contrato o algo así y los policías ni le hacían caso. Era una tremenda estafa. Así que nos subimos a nuestro autobús y regresamos a la casa de siempre en el  sur de Madrid y ya nunca más salimos de vacaciones al mar.  Pero, concentrándome en la risa de mamá, que me he dispersado, cuando reía, lo hacía de verdad, eso no tenía discusión, ni a mí ni a nadie que la conociese. Ella, de repente, ante cualquier cosa insignificante, podía arrancar y contagiar a todos por lo extraño y risueño pero a la vez inocente de su risa. Era una soñadora. Y cuando paseaba por aquella playa mi madre reía mucho y era muy feliz.

Yo tenía un pie pequeño y ella  era una mujer corpulenta con un gran pie, así que el contraste era supino. Jugaba a  seguirme en la orilla del mar.   Marcaba el parejo de mi huella en la arena. Era una visión asimétrica e incierta. Sólo nosotras sabíamos lo que significaba. Me decía: Mira, Nina, soy la pareja de tus pies, no, mejor, la pareja de tus huellas.

Miraba los huecos encajados en la arena, miraba los granos arremolinados en el pie de mi madre y le contestaba: Sí, mamá. Eso eres.

Entonces, una olita menuda, de las que ya han roto y sólo lleva inercia  y un poco de contorno espumoso lo limpiaba  todo y lo devolvía a su origen.  Nuestro paso por la playa se borraba por más que nos empeñábamos en andar, las olas lo borraban todo  una y otra vez. La naturaleza es continúa y tenaz. Y el hombre debe luchar con más continuidad y tenacidad que el orden para conseguir que nunca se borren las huellas. Tarea  imposible, —pienso ahora desde los cuarenta años.

La vida me regala hoy el recuerdo de esas huellas, de mi madre y de su risa. Y habito en la tenacidad de  ese instante antes de bajar a tomarme un café. La vida sigue…

SECCIÓN HOY RECUPERO. COMUNICADO DE PRENSA

SECCIÓN HOY RECUPERO. COMUNICADO DE PRENSA

Este relato ganó el segundo premio del concurso internacional INVENTIA. Hoy lo recupero  porque me apetece recordarme, que nada es gratuito, que todo requiere un esfuerzo y que, pase lo que pase, mañana saldrá el sol.

Comunicado de Prensa

Del 12 al 19 de Julio del año en curso se llevarán a cabo diferentes actividades cívicas, culturales, musicales y conferencias en el CETIS N°7, ubicado en Av. Luis Espinoza s/n esq. Calle Congada, Col. La Paz en la Delegación A. Madeiro”.

Acababa de finalizar la carrera de periodismo y era mi primer trabajo justo al otro lado del mundo. Sabía que era un inicio importante. Expuse  mi conferencia ilusionado y nervioso. Al terminar, recogí la maleta, la chaqueta, el periódico y me encaminé en búsqueda del hotel.

(…)

Anocheció rápidamente y mientras avanzaba bajo la luz de las farolas veía mi sombra crecer y decrecer. Había un grupo de niños dibujando sonrisas en las aceras con trozos de yeso blanco y al verme pasar se arremolinaron en torno mío metiendo sus manitas en todos los bolsillos de mi ropa. Les di una moneda a cada uno y me dejaron continuar. Levanté la vista hacia la esquina de la calle que cruzaba  perpendicular y leí en un rectángulo blanco con letras azules excesivamente  rumbosas: “Calle Solidaridad”,  sonreí reconfortado.

Aunque agotado, continuaba andando. El hotel, ubicado al final de la calle, según el plano, no parecía existir en la realidad. Contaba mis pasos, las puertas, las ventanas, contaba para que la cuesta no costara.  “Tengo que llegar” —pensé—,  “Tengo que llegar” —me repetía—. Advertí un pequeño hostal a mi derecha justo en el número 125bis. Hubiera pasado la noche allí, pero ya tenía la reserva hecha en el hotel. Y yo quería dormir en el hotel… Yo quería llegar.  Seguí andando. Número 159. ¡Ya me queda menos! — me animé.

Andar, avanzar, sentir, pensar, vivir y… llegar.

Al fin frené mis pasos junto a las cuatro estrellas,  me di la vuelta, miré  la longitud y pendiente de la calle, resoplé profundamente e imaginé cómo al día siguiente todo sería más fácil: andaría cuesta abajo, con el sol sonriéndome y deseándome: ¡Buenos días!

 

COMUNICADO de prensa.

SECCIÓN HOY RECUPERO. ARREGLOS DE COSTURA

SECCIÓN HOY RECUPERO. ARREGLOS DE COSTURA

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.


 

Los lunes y los miércoles por la tarde de siete a ocho damos la vuelta al valle. Es un recorrido de hora y cuarto, pero si aprietas el paso en una hora puedes hacerlo.  En ese camino ves el río Tajo, los árboles, mogollón de gente deportista, los patos, el parque, aprecias Toledo desde fuera de la ciudad, puedes disfrutar de uno de los atardeceres más bonitos del mundo y respiras. Pero lo que siempre nos pone los pelos de punta es acercarnos a la casa de los arreglos de costura. María y yo no tenemos miedo a casi nada. Vamos, creo que somos unas mujeres bastante valientes en general. Pero esta casa es una de esas casi nadas que se salen de nuestro entendimiento.

Hablaré de María primero. Ella es TTV (que significa que es de Toledo de toda la vida y a mucho orgullo). Conoce a otros muchos TTV y muchas leyendas de la ciudad. Es jovial, vivaracha y muy leal. Con ella doy esos dos paseos a la semana llueve o nieve, y son una buena dosis de alegría. Yo, por el contrario, soy de fuera, pero tengo un carácter extrovertido y curioso y me resultó muy fácil adaptarme al medio.

Para centrar la historia, explicaré que todo empezó hace un año o así. Uno de esos  días ella me obligó a fijarme en una casa que antes había pasado inadvertida. Era de piedra, de una sola planta, con una puerta central y dos ventanas ridículas a ambos lados, casi siempre cerradas a cal y canto y en un estado ruinoso de las cubiertas que cualquier día iban a vencerse. Estaba ubicada cerca del Puente de Alcántara, un poco camuflada a los pies de la muralla. María la señaló y me animó:

—Venga, tía, acércate ahí —dijo apuntando a la puerta que tenía unas contraventanas de madera abiertas hacia dentro.

Desde fuera se podía ver un pequeño cartel blanco con el título: Arreglos de costura. Pero no ponía ni un teléfono, ni un horario, sólo eso. Un cartel hecho de madera, pintado con pintura Titán blanca y serigrafiado en negro, adosado al cristal de la ventana por dentro.

—Voy —le contesté obedientemente. Pero ante su distancia, le pregunté—: ¿Pero qué te pasa?

—Nada… —pronunció un tanto nerviosa—. Acércate y pega la cabeza al cristal —me ordenó. ¿Qué ves?

Y yo, nada prudente, me arrimé y posé la nariz en el cristal para acomodar la vista al interior que estaba más oscuro que la realidad exterior. Contesté relajada:

— Pues veo un salón.

—¿Qué más ves? ¡Carajo! —dijo alzando la voz y con un tono malhumorado.

—Pues un espacio antiguo. A la izquierda de la estancia hay una máquina de coser Singer con una silla de enea y un cojín de lunares desgastado. Al fondo veo un sillón de madera con tapicería de flores y delante una mesa camilla con una faldilla verde oscura y un tapete de ganchillo. En las paredes unos cuadros de ángeles, poca cosa. Al fondo a la derecha, también una cortina de rayas de acabado castellano sensiblemente recogida sobre una silla.

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Ilustración de Rafa Mir

—¿Sólo eso? Y la mujer… ¿no hay una mujer?

—No. Sólo un espacio digno de una película de Almodóvar de una casa manchega de los años sesenta. —Y me retiré—. Venga, ¡mira tú! —La animé.

—Yo la vi muchas veces cuando era pequeña.

—Pero ¿a quién?

—A la costurera, ¡coña! No te enteras. Siempre me arreglaba los uniformes del colegio.

—¡Ostras!, pero de eso ya ha pasado mucho tiempo. Que ya vas camino de los cincuenta.

—Y tanto… Lo curioso es que siempre que paso miro por si la viese, pero soy incapaz de arrimar la cabeza como has hecho tú. Tenía un moño blanco y llevaba batas negras de luto riguroso. Era menuda y casi transparente. O al menos así la recuerdo.

—Y ¿por qué no llamas y la saludas?

—Me da miedo.

—¡Ah, venga! Arrima aquí la cabeza. No está. —La animé señalando el cristal.

—¡Te he dicho que no! —puntualizó molesta—. Es que no puedo…

—Pues sigamos entonces.

Llegamos al final del recorrido y cada una se marchó a su casa. No sé por qué se había puesto tan tensa. Ya no éramos niñas para películas de terror. Pero por alguna razón, ella vivía aquello con cierto respeto y miedo. En el tiempo que llevaba en la ciudad nunca había oído nada de esa casa, ni siquiera recordaba haber leído nada en periódicos locales o revistas de barrio, ningún suceso que me hiciera pensar que aquella casa estaba encantada o guardaba algún secreto. Entonces, se disparó algo dentro, como una necesidad de saber más al respecto. Una curiosidad malsana sobre una vida ajena.

Pasaron los días y los meses y siempre que pasábamos al lado de la casa era como si un silencio se hiciera a propósito y se produjese un efecto de eso que llaman una bajada de temperatura. No me gustaba mucho pasar por esa acera de piedra y sentir la humedad de las paredes y la sombra de las dudas.

Una tarde, cuando estábamos casi a la altura de la vivienda, vimos a una mujer entrar con una bolsa de plástico. Llamó a la puerta y la abrieron desde dentro. Ya tuvimos el primer indicio de que alguien habitaba allí todavía. Estuvimos fuera esperando a que saliese, pero pasaban los minutos y aquella mujer de camisa rosa de rayas y pantalones vaqueros de unos treinta años no salió. Entonces pensamos que si había ido a dejar un arreglo de costura tardaba mucho en salir. Pero no nos importó porque en ese tiempo estuvimos hablando de la vida y cómo mejorar el mundo. Pero tuvimos que marcharnos, no merecía la pena esperar tanto.

Imaginamos cómo sería la vida de aquella mujer, si vivía sola, si la ayudaban, si realmente recibía alguna pensión, si malvivía con los arreglos de costura, en fin…

Un día se me ocurrió la brillante idea de coger una falda y decirle a María que iba a llamar a la puerta con la excusa de que me arreglase el bajo, que prefería hacerla más corta. Ella se puso furiosa. No podía soportarlo. Dijo que bajo ningún concepto iba a ver a esa mujer mayor cuyo recuerdo le horripilaba. Y que si quería, que ella me la arreglaba y gratis. Así que se me cortó la ilusión de plan.

Otro día estuve buscando en la guía de teléfonos local por si fuera capaz de saber si tenía fijo y llamarla para ofrecerle algún tipo servicio a domicilio, comida, acompañamiento, etc. Sí, sí, era una excusa, pero es que me moría de ganas de saber quién vivía allí. Pero no tuve suerte. No aparecía en la guía amarilla nadie en esa dirección.

A finales de septiembre me pasé por el archivo regional en busca de algún periódico o alguna noticia antigua que tuviera que ver con esa casa. Pero tampoco encontré nada realmente vinculante. Una licencia de obras para construirla y poco más.

Así que, por más que me esforcé, no conseguí nada al respecto. Y María, pese a mi necesidad de conocer, no tenía la misma necesidad compartida, y no colaboraba dando luz a mis elucubraciones, con lo que desistí en el intento. Dejamos pasar los días y los meses. Siempre con un respeto extraño al pasar por la puerta de esa casa y con una curiosidad todavía más insana de mirar por la ventana. Era imposible no caer en la tentación de hacerlo. Vimos su casa en primavera, verano y otoño, a veces con las puertas entreabiertas, otras con todo cerrado.

Soñé incluso que una mujer menuda sacaba el brazo y nos pedía explicaciones de por qué observábamos su casa y qué pretendíamos con eso. Y es que, lo reconozco, se había convertido en una obsesión.

Una tarde me llamó María. Estaba en el tanatorio. Me dijo que fuera allí, que se encontraba muy triste y que no podía ni hablar por teléfono. Era un día soleado de principios de noviembre y yo acababa de salir del trabajo. Recuerdo perfectamente este detalle absolutamente intrascendente porque contesté a la llamada desde el bluetooth del coche y aproveché el camino que casi era el camino a casa, para acerarme a verla. Cuando llegué no podía creérmelo. Me presentó a su abuela fallecida. Estaba en el ataúd, con el cartelito de los arreglos de costura delante.

Me quedé pensando por un rato y en silencio. Luego me dirigí a ella furiosamente y le increpé:

—Me has estado tomando el pelo todo este tiempo. Eres una mala persona.

Y ella me contestó:

—No. Era la única forma de que contaras esta historia. Hazlo por ella. En su memoria. No tuvo una vida de película, pero gracias a ti, su recuerdo permanecerá entre nosotras.

Respiré, reflexioné y la abracé.

—¡Dios, eres la bomba en verso! Tienes razón, María. Nunca habría escrito esta historia. Lo siento por tu abuela, ya me darás detalles, o no… pero seguiremos pasando por esa casa cuando demos la vuelta al valle, y pensaré en lo capulla que fuiste por el engaño y en cómo activaste mi imaginación casi a partes iguales.

—Perdóname. Sé que lo entenderás.

—Te acompaño en el sentimiento, amiga. Lo entiendo.

Y aquí estoy contando esta historia: una historia de mujeres llena de empatía y complicidad. Y porque también hay en mí una necesidad de recordar mi  infancia entre ceras, pinturas y telas. Una infancia en la que vi a mi madre compartir horas de costura con sus vecinas y reír. Y ellas sí cambiaban el mundo con sus dedales.

Olga Ruiz


Este relato ha sido publicado en la web de Surcando Ediciona

SECCIÓN HOY RECUPERO. MARCIANOS EN GUADAMUR.

SECCIÓN HOY RECUPERO. MARCIANOS EN GUADAMUR.

Un poco de humor, por favor.

Marcianos en Guadamur.
Comunicado local 1: A las doce horas de hoy una niebla espesa de color azul pitufo se ha situado en la localidad de Guadamur formando un anillo de protección perimetral que es perfectamente observable a través del satélite Google Maps. Los habitantes del pueblo dicen que muchos seres azules de aspecto humanoide, con cabelleras amarillas y de complexión delgada inundan las calles. No son peligrosos: sonríen y saludan.  Hablan a trompicones en una especie de dialecto mixto. Algo así como: Miau, ¡hola!, guau ¿qué tal? Dale la patita, saluda…, oigg, oigg, esto mola, kikiriki. ¡Ni caso!  Y es que creo que han conjugado los sonidos animales y humanos y tienen un popurrí-jaleo lingüístico bastante importante.
Yo, como máxima autoridad, alcalde en funciones, ya me he dirigido a algunos de ellos y les he dado tarjeta de presentación. Distintas opciones viables: unos se ríen, otros se la han comido, otros la han convertido en cenizas con los ojos, otros simplemente han hecho una bolita apretada y la han tirado  al suelo. En fin, es difícil comunicarse con ellos. Les he preguntado por su gran jefe y les he invitado a una reunión protocolaria a las tres de la tarde en la plaza. Todos mis esfuerzos por establecer el contacto pacífico.
Comunicado local 2: Cinco minutos antes de la hora los  extraterrestres han aparecido a bordo de plataformas volantes con forma de hamburguesa y tras ubicarse frente a la Corporación Municipal han bailado la canción de Ricky Martin con Maluma: Vente pa ca. Ha sido un momento digno de televisar, ya que han coreografiado un reguetón para dar la bienvenida a su dignatario Muschogusto XXI, que ha aparecido subido en una especie de lechuga gigante.                                                                                                                                                                                         Sobrecogido por tanta solemnidad y despliegue de medios, y a sabiendas de sentirme ridículo,  he soltado una paloma de la paz que acababa de traer Manolo el secretario. Los animales voladores no les gustan, definitivamente ha sido un error, y con un disparo láser se la han cargado.
 
 
Ilustración de Rafa Mir
 
Comunicado local 3: Son las cuatro de la tarde. Los extraterrestres tienen hambre. Ya se han comido todos los ciruelos del pueblo, con troncos incluidos. Nadie sabe por qué les han  gustado tanto estos árboles.
En principio, ningún habitante de Guadamur puede salir del anillo de niebla y nadie puede entrar. La niebla tiene electricidad repelente que no permite acercarse a ella. Las comunicaciones se están manteniendo a través de las cuentas de Twitter, Facebook y por otras redes sociales. Se ha abierto un cibercafé en el ayuntamiento para que la gente que no tenga internet pueda comunicarse con sus seres queridos que se encuentran fuera. Se ha montado un lío muy gordo cuando los del geriátrico han descubiertos las páginas calientes abiertas, tanto que no querían irse.
Comunicado local 4: Son las 18.00 h. Hace dos horas pedí al presidente del Gobierno y otras autoridades de las Fuerzas Aéreas que mandasen al pueblo un convoy de helicópteros para desalojarlo.  Acaban de contestar. Las autoridades españolas piensan que, dado que han tenido contacto con extraterrestres, no es buena idea que por el momento salga nadie de aquí.  Han preferido establecer un nuevo perímetro de cuarentena y dejarnos a nuestra suerte hasta comprobar qué es lo que quieren exactamente los marcianos. Son palabras muy alentadoras… A tu lado siempre, señor presidente. ¡Con el partido hasta la muerte!
Comunicado local 5: Son las 21.00 h del día uno de esta divertida invasión y se han realizado los primeros envíos de suministros a la zona por parte de Cruz Roja vía aérea. Tanto los habitantes como los recién llegados han recibido los paquetes con los brazos abiertos y a alguno le han tenido que llevar al centro de salud por partirse la cabeza.
Comunicado local 6: Durante las cenas, a eso de las diez, ha habido cierta calma. Los extraterrestres se han comido hasta los paquetes de cartón. Y hacen sus necesidades en una cloaca común que han ubicado en la fuente de la plaza del ayuntamiento. Las heces son de color azul también, no huelen y son biodegradables, tardan exactamente cinco minutos en desaparecer. Un nuevo caso para investigar en Cuarto Milenio.
Comunicado  local 7:  Todavía no he conseguido distinguir quiénes son de sexo femenino y quiénes de sexo masculino. Andan siempre detrás los unos de los otros metiéndose mano y riéndose. La noche no los asusta, creemos que tienen visión nocturna. Algunos se han instalado muy cómodamente en hogares previa patada en el culo al hombre de la casa que ha salido disparado por la ventana. Se han computado en veinte los afectados hasta el momento y el centro de salud no puede dar abasto a tanto descalabro y fractura de brazos y piernas, por lo que se ruega un nuevo envío de material sanitario y personal médico. He realizado un comunicado vía altavoz municipal para abrir las puertas del polideportivo como lugar de acogida provisional para todos aquellos hombres pataleados que quieran acudir. Se darán mantas, cubos y agua para pasar la noche.
Comunicado local 8: Me olvidé comentar entre el comunicado cuatro y cinco que la policía local  y la Guardia Civil está toda en la cárcel.  Los  marcianos los arrinconaron,  les quitaron las pistolas, porras y teléfonos móviles. Me siento solo ante el peligro. Creo que no saben que yo soy la máxima autoridad, o si lo saben, ni les importa. No debo de ser ninguna amenaza. En cuanto a mis vecinos, están todos muy nerviosos. Y yo no sé qué hacer ni qué decir. No estaba preparado para una situación de emergencia tan colosal como esta, ni siquiera acudí al curso de primeros auxilios de los bomberos.
Comunicado local 9: Son las 23.00 h. Los  extraterrestres están empezando a instalarse en las camas matrimoniales y algunos incluso han conseguido mantener relaciones consentidas con mujeres casadas. Por el momento yo me estoy manteniendo a salvo porque no he comido ni he bebido nada en todo el día. No me fío. Creo que están drogándonos.
Algunas de esas mujeres han repetido incluso dos y tres veces como poco, y otras han perdido la cuenta y el conocimiento. Las que han conseguido salir de sus hogares han ido a buscar a Yolanda, la asistenta social, diciendo que han tenido encuentros cósmicos y demás idioteces. Yolanda ha entrado en “modo cachondo” tras escuchar los relatos de algunas de ellas, y se ha ido a buscar a uno de los marcianos que debe de ser la bomba. Llevo toda la noche escuchando gritos de placer por todas partes. Es un éxtasis dionisíaco y está todo el mundo salido menos yo, que como ya os he informado, no he bebido ni he comido nada. Creo que poseen algún poder sobrenatural y que someten a los cerebros a un eco porque la gente no puede pensar con claridad.
Comunicado local 10: Algunos marcianos también fueron al polideportivo a eso de las doce de la noche. Algunos hombres también sucumbieron al eco. Y no hay sentimiento de culpabilidad en ninguno de ellos.
Comunicado local 11: A la una de la madrugada he vuelto a solicitar como medida urgente que retiren a los niños y a los ancianos de este lugar. La guardería, el colegio y el geriátrico se han instalado en la iglesia. Allí, por algún extraño motivo, no entran los marcianos. Las autoridades españolas han considerado que es una buena medida para que no pierdan las clases de mañana ni se vean afectados por el fenómeno. Así que han mandado el convoy de helicópteros con cestas para recogerlos. A las dos de la madrugada del día uno ya no había ni niños ni ancianos en el pueblo. Se ha montado la fiesta más gorda del mundo, eso sí, sin alcohol.
Ilustración de Rafa MIr.
 
 
Comunicado local 12: Son las tres de la madrugada. Todos se han vuelto locos de tanto frenesí.  Hasta yo mismo. Lo reconozco.
Comunicado local 13: Miro el reloj y veo que son las diez de la mañana. Sé que tengo que informar de algo, pero no sé qué castaña ha pasado desde el último comunicado. Me siento feliz. Creo incluso que he rejuvenecido. Estoy sentado en la torre de la campana de la iglesia  donde tengo cobertura con el portátil y ya no veo la niebla alrededor: se ha disipado. Y con ella los marcianos, tampoco se escuchan. Siento una cierta lástima porque se han ido así sin despedirse.  Pero bueno, me duele la cabeza. Confío en que se pasen los efectos del eco.
Tendría que haber sido abogado, siempre me lo decía el abuelo Fermín. Me iba a forrar gestionando los divorcios de todo el pueblo. Pero no le hice caso y tendré que mediar… Es lo que tiene, ¿no?
**Reflexión final. Cierto es que yo y mi adorado pueblo se merecían un libro de seiscientas páginas por todas las cosas que tenemos aquí, y no por haber sido pasto de estos marcianos a través de trece comunicados a nivel nacional. Pero este hombre delgado, sencillo, con traumas matemáticos, al que le gusta la jardinería y la cocina, que nunca se casó y que se considera despistado y de alma artista, no podía dejar de contar entre fonética y dramática lo que aconteció en este lugar ayer. Por cierto, me llamo Miguel Ángel y realmente no soy el alcalde, sino un actor en paro con sentido del humor, pero eso tampoco importa ya. Nos lo hemos pasado genial.
Olga Ruiz.
Esta entrada fue publicada por primera vez en  Surcando Ediciona
Las ilustraciones pertenecen a Rafa Mir:

 

SECCIÓN HOY RECUPERO. QUEEN OF ROCK

SECCIÓN HOY RECUPERO. QUEEN OF ROCK

Queen of Rock.
—Me llamo Anna Mae Bullock y nací en Nutbush, Tenessee, en el año 1939. Mi familia cultivaba algodón, recogía algodón, dormía y vivía por y para el algodón. Y yo lo odiaba: el sol picándome la piel, los labios agrietados, las manos arañadas, las hileras interminables de la plantación, y las extenuantes jornadas recolectando las malditas borras blancas. Acres pateados durante catorce horas diarias para conseguir la materia prima más limpia, a mano. En medio de todo, cantaba con la furia de una guerrera, gritaba a la tierra fértil y al cielo, a ratos, incluso aullaba. Así fue como comenzó todo: desde el fondo y con la rabia por bandera. Una mañana llené una maleta diminuta y subí a un carromato que circulaba por la antigua autopista 19. Había pensado tanto en ello que cuando me marché  no sentí el más mínimo remordimiento. Me hice una promesa: nunca más volvería a pisar esos campos pasara lo que pasara.
»Mi primer destino fue San Luis. Allí no tardé en matricularme en el Summer High School y comencé a cantar en pequeñas cafeterías y clubes nocturnos, de esos en los que de vez en cuando un negro le da un botellazo en la cabeza a otro. Lugares donde se gestaban leyendas urbanas como aquella que explicaba cómo a uno le habían cortado el pescuezo mientras meaba. ¿Sabes de qué hablo?
Moví la cabeza y seguí apuntando todo.
—Trabajar de noche en los clubes era peligroso, y sobre todo si vendían alcohol después del cierre, que era en la mayoría de los casos, intentaba que me escoltara a casa algún compañero de la banda. De San Luis no recuerdo mucho más que el ambiente nocturno. Cuando llegué era una ciudad en expansión, con rascacielos y gente viviendo en eso que llamaban manzanas de pisos. Muy ortogonal en cuanto a planeamiento urbanístico, muy evidente para pasear y situarse. Pero sobre todo, con unas maravillosas puestas de sol. Eso sí que lo recuerdo de una forma muy especial.
»Sucedieron muchas cosas en aquellos primeros años: contratos como cantante, compositora, bailarina y actriz. En general, espectáculos de poca monta, lo justo para empezar. Fue precisamente en el Club Imperial donde conocí a mi futuro marido Ike, con el que empecé a cantar a los dieciocho años en nuestro propio dúo. Éramos tan jóvenes y teníamos tanta vitalidad que no era extraño que actuáramos todos los días a cambio de un alojamiento lo suficientemente digno. Cuestión de ilusión y de amor, porque en aquellos días nos amábamos de lo lindo; podíamos pasarnos todo el tiempo debajo de las sábanas, sin comer, abandonándonos  locamente… En fin —gesto resignado—. Ike era muy temperamental y, sobre todo, mucho más decidido que yo, y eso ya era mucho decir. En el año 1960 presentamos nuestro primer sencillo, A fool in love, que fue un éxito de ventas en el mercado estadounidense y europeo. A partir de ahí, todo parecía sonreírnos. Éramos jóvenes y ganábamos mucho “money”. —Se ríe y ladea la cabeza atusándose el pelo.  Entonces coge una fotografía en blanco y negro con la mano derecha—.  Guapos, lo que se dice guapos, no éramos, pero lo compensábamos con nuestra puesta en escena  y el espectáculo rítmico de nuestras actuaciones. Nadie que nos conociera en aquella época podría decir lo contrario. ¿Sabías que en los primeros conciertos la gente estaba sentada?
—No, no tenía ni idea.
—Pues sí, pero cuando empezamos nosotros, no podían reprimirse y terminaban sobre las sillas de madera gritando, saltando, sudando, y algunos, los del fondo, incluso metiéndose mano. Madre mía, ¡qué tiempos!
»Un poco más tarde compusimos temas mucho más rockeros como Come TogetherHonky Tonk Woman y I Want to Take You Higher. En general, el público no estaba acostumbrado a nuestros directos. Eran orgásmicos, incluso obscenos (según algunos medios conservadores y algo reprimidos). Yo sí creo, y viéndolo ahora con cierta perspectiva, que traspasaban la barrera del erotismo. Tuvimos muchas críticas en esa sociedad todavía un poco inhibida pero en rápida progresión —afortunadamente para mí—. Perdía totalmente el control cuando me subía a un escenario. Era una cuestión de sinergias y ahora no sabría decir quién arrastraba a quién. Ike estaba rebosante de testosterona en aquellos años y durante un viaje a Tijuana (México) en el año 1962, me pidió matrimonio y acepté. Con él tuve dos hijos: Michael y Craig. Y no recuerdo que fuera ni buena ni mala madre. Lo fui en la medida que la vida me enseñó. No podría ponerme buena nota, pero puede que ellos no piensen igual. Tal vez esa pregunta deberían contestarla ellos. ¿No te parece?
Yo afirmo con la cabeza. Llegado a este punto, Tina se sirve un poco de agua en uno de los vasos de cristal de la mesita de fumador, bebe y contesta una llamada de teléfono, para lo cual sale de la sala y se excusa. Al cabo de tres minutos vuelve y continuamos con su biografía.
—¿Por dónde íbamos? —se pregunta—. Ah, sí… En 1971, tras hacer una nueva versión de Proud Mary —¡qué temazo, chico!—, canción originalmente grabada por la banda Creedence Clearwater Revival, ganamos un “Premio Grammy” premio Grammy a la Mejor interpretación de un dúo o grupo de R&B.  Recuerdo la emoción cuando lo recogimos y las palabras nerviosas de una voz que nunca me había temblado. Pero después, sin saber muy bien por qué, las cosas se estancaron. Trabajé en algunas películas e incluso intenté una primera escapada en solitario con mi álbum de debut titulado Tina Turns the Country On en 1974. Intentando recuperar la popularidad también acepté interpretar el papel de la Reina del Ácido  en la película Tommy. Gracias a las críticas derivadas de esta película, mi segundo álbum como solista se tituló  Acid Queen y vio la luz en 1975. No fue mal. Pero, quizás, fue un detonante para Ike: los celos y las drogas le habían ido devorando por dentro. A veces me espetaba: ¡eh, tú, seguro que ya andas por ahí con algún tío que te pellizca los pezones y te saca la minga para que se la chupes!
»Inconfundible… A las malas era un ser cruel y machista. Yo quería que se muriese, lo deseé muchas veces por su propio bien, pero Dios nunca me hizo caso… Habíamos quemado tantas mechas juntos que poco a poco nos estábamos destruyendo. No podía ser de otra manera, todo estalló y nos fuimos a la mierda, eso sí, cada uno por su lado. Fue en el verano de 1976. Casi no hablábamos; sólo una serie de gruñidos en respuesta a mis discretos intentos. Ike fue protagonista de un escándalo público cuando me golpeó y eso derivó en nuestra ruptura y separación legal. Lo cierto es que no era la primera vez, pero hacerlo tan en público y por todo lo alto fue la última. Respecto a nuestras carreras, suspendimos todos los conciertos que estaban previstos para los siguientes meses y, después, yo me lancé al vacío más sola que nunca sobre el escenario, pero a la vez muy arropada por un público fiel. Así que comencé mi carrera en solitario de verdad, no sé si corriendo en dirección a algo o huyendo de algo. Nunca lo tuve muy claro. Pero seguir cantando era mi única opción.
»Luego me dio un poco de nostalgia por mi tierra natal y compuse  —ahora no tengo claro si antes o después del incidente mediático de Ike— Nutbush City Limits (Los Límites de Nutbush), que versionaría de nuevo también en 1991. Una canción —para mí— de las más importantes de mi vida. Quizás fue a raíz de aquello, un poco antes o después, tampoco lo recuerdo muy bien, cuando alguien decidió renombrar la autopista 19 comoAutopista Tina Turner en mi honor.
»Repasar una vida en una sola tarde es complejo. Soy consciente de que me olvidaré de cosas importantes que después tú tendrás que reordenar tirando de otras entrevistas, libros y películas, pero vamos, que tienes material suficiente para este pequeño curriculum que quieres presentar a tus compañeros de Ediciona; merecerá la pena el intento, ya verás. Pero realmente no me has contado algo vital: ¿en qué consiste tu proyecto?
Y ahora el entrevistador se ruboriza y es entrevistado ni más ni menos que por Tina Turner… En fin, veamos.
—Ediciona es un proyecto donde se dan cita dos disciplinas: la literatura y la ilustración. Cada dos meses, y a votación de los interesados en participar en la convocatoria, se propone un tema y se realiza el trabajo de la escritura. Trascurridas tres semanas se somete a corrección de puntuación, estilo, forma, etc., y finalmente el ilustrador —en función de la extensión del relato— decide si incorporar una o dos ilustraciones. Después, con todo montado, se cuelga en red para que la gente vea los trabajos y juzgue si merecen la pena o no. Lo cierto es que hay mucha ilusión detrás.
—Mucha ilusión y pocos medios.  Eso me suena… ¿Y os pagan?
—No, por el momento todo se hace por amor al arte. Pero es cuestión de tiempo, todo se andará. Tina, perdona que te tutee, pero, si no te importa, es vital para mí terminar esta entrevista para presentar mi trabajo en plazo y forma.
—No te preocupes, disfruta con todo lo que hagas.
—Sí, pero… es que estamos a 28 de febrero  y no he terminado, y estoy fuera de plazo.
—Bueno, ¿y qué más quieres que te cuente?
—Pues lo más grande que te ha pasado nunca como cantante.
Durante cinco segundos Tina se queda mirando el suelo y retira una pelusa de su botín acharolado. Entonces recuerda:
—¡Sí!, vale. Una cosa para mí muy emocionante. En el año 1990 —lo veo como si fuera ahora mismo y se me ponen los pelos de punta— la imagen del estadio de Maracaná en Río de Janerio con más de 180 000 personas. Creo que superé algún record Guiness, ¡qué más da eso ahora! ¡Qué estupidez!
—No, no fue ninguna estupidez —apunto—, fue glorioso.
—Lo mejor de las actuaciones es el vértigo de poner el pie derecho en el escenario y avanzar hacia el centro para mirar a tu público y sentir su calor. Eso es electrizante. Mira, ¿ves? —Y estira el brazo para que pueda observar su piel de gallina.
—Bueno, si te parece, ya para ir rematando añadiré también que has vendido más de 200 millones de álbumes.Durante 2008 y 2009 abandonaste tu semi retiro para recorrer el mundo con tu gira Tina!: 50th Anniversary Tour, que se convirtió en uno de los más rentables de la historia del espectáculo.
—Efectivamente.
—Tus composiciones, grabaciones e interpretaciones te han hecho acreedora de diversos galardones y reconocimientos, entre ellos nueve  “Premios Grammy” premios Grammy. Tu nombre se halla en el  Paseo de la Fama de Hollywood. Fuiste nombrada por la revista Rolling Stone como «una de las más grandes intérpretes de todos los tiempos», y te colocaron en el puesto número 17, superando a músicos como Michael Jackson y Prince, entre muchos otros.
—¿Sí? Eso no lo sabía. Vaya, gracias por el dato, pero sé que Michael y Prince son grandes entre los grandes. Lo cierto es que sí quiero añadir algo ya para finalizar. Sólo espero que me recuerden por mis energéticas actuaciones en vivo, mis estrafalarios atuendos, la fuerza de mi voz y mi trayectoria musical. Y por encima de todas las cosas, quiero que me escuchen cantar con la misma furia con la que lo hacía con tan sólo quince años en los ya lejanos campos de algodón. —Y mirándome muy fijamente a los ojos añade—: No importa de dónde vienes, chico, sino a dónde quieres ir.
Y hasta aquí. Se levanta, se quita el micrófono, la petaca, los lanza sobre el sofá y me pregunta:
—¿Nos tomamos una cola Royal Crown con un chispazo de whisky?
No tengo ni idea de qué es eso ni de dónde lo pudo adquirir, pero contesto: afirmativo.
Este relato fue publicado por primera vez en:

 

La ilustración pertenece a Daniel Camargo.

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