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CRÓNICA MADRIGAL es el relato que escribí para el libro solidario VIAJES EN PAPEL. Fue un proyecto sencillo en el que varios escritores e ilustradores aunamos nuestro tiempo y creatividad para recaudar  fondos para la fundación Aladina cuya causa es investigar y mejorar la calidad de vida de los niños enfermos con cáncer. Esto debió de ser hace ya tiempo… ni me acuerdo. Pero he recuperado la sinopsis y el relato para aquellos que en su día no adquirieron el libro. Espero que os guste.

Sinopsis:

En el verano de 1985, en un pequeño pueblo llamado Madrigal, sucede algo extraordinario: a un abuelo, sólo a uno, le toca el premio más grande de la lotería nacional. Este cambio tan inesperado como radical, establece un nuevo paradigma en su existencia. ¿Cómo perciben el mundo con la llegada de las pesetas sus nietos adolescentes y sus hijos adultos? ¿Y el resto de mortales, serán capaces de dominar eso que llaman la envidia y la codicia? Decisiones importantes deben ser tomadas… Una crónica cargada de silencios, de matices, de pausas que invitan a reflexionar sobre dos pilares fundamentales de nuestra existencia: la familia y la importancia del dinero.

 

 

 

A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

Oscar Wilde (1854-1900). Dramaturgo y novelista irlandés.

 

MADRIGAL

El mes de agosto de 1985 tuvo veinte días, justo lo que duraron nuestras vacaciones, y fueron muy intensos, eso sí. Cada año nos reuníamos toda la familia en Madrigal: los abuelos, tres hijos, tres cuñadas y siete nietos. Era un pueblo tranquilo en invierno, apenas mil habitantes, pero llegado el verano se cuadriplicaba su población debido a familiares y turistas de los tres  campings ubicados en las inmediaciones de la garganta natural.

Nuestros padres se pasaban prácticamente todo el tiempo en la Casa Grande y nosotros, los chicos, en nuestro  Huerto, donde disfrutábamos de un horario ininterrumpido de nueve de la mañana a doce y media de la noche de libertad y diversión. Les veíamos poco; cuando se acababan las provisiones y teníamos que ir al pueblo o cuando ellos se acordaban de nuestra existencia y nos visitaban.

En aquel espacio natural, situado en la zona más alta del pueblo, comíamos, nos bañábamos, jugábamos, ayudábamos al abuelo y dormíamos siestas infinitas en mantas de trapo. Como construcción, una pequeña casita para guardar los aperos de labranza, poca cosa, unos cuarenta metros cuadrados de construcción donde cabían un aseo completo alicatado con restos de azulejos decorados con frutas, flores, motivos geométricos, cenefas doradas y cerámica talaverana en un eclecticismo imposible; una cocina con chimenea y un pequeño donde reinaba el famoso sofá granate de escay del abuelo. No había tele, ni teléfono, ni nada que recordara a la civilización. Sólo unos cuantos cachivaches de cocina y campo. En la entrada, un zaguán con dos bancos de piedra a cada lado, un pequeño aljibe para acumular agua de lluvia, un pozo de riego, veinte hileras de verduras y hortalizas, un tractor y un perro llamado Miko. En la parte posterior había dos fanegas de monte ligero, con encinas, olivos,  cinco higueras y alguna que otra urraca. Las urracas eran perniciosas. El abuelo siempre nos recordaba: «Si las veis, tenéis que matarlas, se lo comen todo, pueden incluso dejar ciegos a los conejos picoteándoles los ojos».  Pero yo nunca maté a ninguna.

 

NOSOTROS

Si alguien es el verdadero protagonista de esta historia es sin duda mi abuelo Matías. Un hombre inteligente, de aspecto saludable, curioso y feliz. Todo lo demás, como cualquier abuelo. A lo largo de esta crónica le conoceréis mejor.

Como actores secundarios, nosotros: María, Pablo, Inés, Ricardo, Ángel, Manuel y Sergio, más conocidos como los Chicos del Huerto. María era la mayor, en julio cumplió los diecisiete. Tenía la cara más ancha que el resto de nosotros por herencia de su madre vasca, era hermana de Sergio y la más responsable. Extrañamente, poseía arrugas horizontales en la frente, ojos menudillos y un aspecto deslucido. Era demasiado cauta ante la vida. Bueno, más que precaución, tenía una especie de miedo existencial, como si el coco de una mujer de cuarenta años se hubiera metido a presión en el de una adolescente y se prohibiera casi todo.  Y fea. No es que fuera la chica más fea de la familia —que lo era—, no, era la chica más fea de mi mundo conocido y me arrepiento de lo crueles que éramos con ella.

Luego estaba yo, Pablete para el abuelo, con mis quince años y un mes. Un santo: bueno, responsable, de mente abierta y estudioso. Tenía una envergadura fuerte, manos y pies grandes y un pelo pardo y rebelde. No es que fuera genio y figura, pero poseía un atractivo sereno, sin artificios ni falsas sonrisas.

Inés y Ricardo eran mellizos y a sus catorce años recién cumplidos le sumábamos el pelo claro, los ojos saltones, cuerpos desproporcionadamente desarrollados y una constante obsesión por llevarse mutuamente la contraria.

Ángel, de trece años, era mi mejor aliado. Recuerdo su cabello permanentemente enmarañado y una lluvia de pecas salpicando hasta los dedos de sus pies. Sin duda era el más inteligente y valiente de todos. Y aunque a veces se pasaba de grosero, era imposible no reírse con sus chifladuras. Le seguía mi hermano Manuel, para mí el enano más insoportable y mimado de la estratosfera. Y finalmente, el más pequeño, Sergio, de diez años, apodado “el Hierros” porque llevaba ya cuatro veranos con un aparato dental. Era el más patoso de todos; si alguna vez pasaba algo malo, tenía todas las papeletas para que le pasara a él. Delgaducho, cejijunto, despistado y paticorto.  Pero poseía esa extraña luz en la mirada: unos enormes ojos negros y brillantes a medio camino entre la risa y el llanto, difíciles de olvidar.

 

SUERTE

El abuelo tenía por costumbre comprar dos billetes de lotería el día 1 de agosto. Así que aquel año, se llevó sus dos mil pesetas a la plaza y los compró a un vendedor ambulante que no era del pueblo, pero le gustaron los números y se animó enseguida. No se cansaba de decirnos: «Chicos, si nos toca, será para vosotros».

El premio salió anunciado el sábado en el telediario de la noche. Mi padre apuntó el número en un trozo de periódico viejo y subió al Huerto para dárselo, tal y como le había indicado. Entonces, el abuelo abrió su cartera de piel y deslizó los dos boletos. Los puso al lado del papel y se quedó pálido.

—Mira, hijo, si éste es el mismo.

—A ver, a ver, déjeme. —Mi padre examinó los números uno por uno minuciosamente y dijo—: Es el mismo, no hay duda. ¡Que alegría más grande, padre!

—¿Lo has apuntado bien?

—Yo creo que sí. ¡Qué cosas, la leche, nos ha tocado!

—Calla, calla, que nos van a oír. Es mejor esperar a mañana y ver el dominical para comprobarlo. Mientras tanto, no digas nada.

—Jo, padre, una cosa así…

—¿Prometido? No quiero falsas esperanzas ni desilusiones.

—Bueno, visto así… Pero que a nadie le amarga soñar un poco, padre.

Al día siguiente, tras la misa de once, compraron el periódico en el estanco y subieron nuevamente al Huerto. Ya no había ninguna duda. El abuelo se puso tan nervioso que comenzó a dar voces y todos pensamos que algo muy malo acababa de suceder.

—¡Venid, bandidos, venid! ¡Una gran noticia! Mirad este boleto de 10 x 8 centímetros, ¿lo veis bien?

Todos nos arremolinamos en torno al periódico y al boleto.

—Pues ha tocado.

—¿Cuánto ha tocado? —preguntó Sergio.

—Diez millones de pesetas.

—¡Qué barbaridad! —apuntó María abriendo sus minúsculos ojos guisante todo lo que pudo.

—Sí, tenemos que decidir muchas cosas.

—¿Pero está seguro, abuelo? —desconfié.

—Totalmente, Pablete. ¡Venga chicos! ¡A escribir una lista de deseos!

Comprobar una lotería premiada es una alegría extraña. Uno no sabe cómo se puede sentir hasta que le pasa. Estás enajenado, incrédulo a ratos y victorioso otros. El abuelo y mi padre lloraban y reían a partes iguales, tocaban y besaban el boleto y se lo pasaban continuamente para seguir comprobando la veracidad del hecho.

FIESTA

Risas, alborotos, nervios. ¿Era posible que a nosotros, a los Sánchez, nos hubiera tocado ese premio? Emoción. Más risas. Miradas cómplices. Aquella noche la familia al completo se reunió y bailamos, cantamos, reímos, mis tíos se emborracharon. Si alguna vez fuimos totalmente felices fue en ese instante, porque nuestra mente sólo pensaba en positivo sin cuestionarse ninguna consecuencia. Hubiera deseado que la vida se detuviera para nosotros en esa calma.

—¡Brindemos! —propuso el patriarca levantando un vaso con sidra.

Y todos cogimos lo que encontramos en los vasitos de plástico de la mesa, alzamos la mano y dijimos casi al unísono:

—¡Por la familia!

—Mañana lunes día 5 iré a cobrarlo. Pero sólo lo voy a repartir entre los muchachos. A todos los demás ya os he dado bastante.

—Venga, padre, no sea aguafiestas. Algo nos regalará a nosotros también —le recriminó en tono jocoso mi tío.

—Que no. Tenéis toda la noche para que os vayáis haciendo a la idea. Mañana ya no quiero discusiones. La decisión está tomada.

Dicho y hecho. Aquella noche los padres se fueron a la Casa Grande a dormir confiando en que el abuelo cambiaría de parecer, y nosotros nos sentamos alrededor del fuego para expresar nuestros deseos en voz alta y luego escribirlos en común. Aquella emoción única e irrepetible no nos permitió dormir.

DECISIÓN

Tras las gestiones oportunas y obviando todas las recomendaciones tanto de la administración de lotería como del Banco de Extremadura, el abuelo, acompañado por sus tres hijos, se llevó el dinero en efectivo metido en un zurrón de piel marrón. Se subieron a la furgoneta y mi padre hizo el último intento:

—Ande, deje usted el dinero en el banco, o en una caja fuerte. Llévese sólo un poco, cien mil pesetas, para el verano. No corra riesgos.

—He dicho que no, voy a enseñarles a mis chicos lo que ocupan diez millones, lo poco que ocupan.

—Y después, después, ¿qué hará con el dinero?

—Guardarlo —afirmó mi abuelo rápidamente y masculló con rabia—: Estas sanguijuelas del banco no se van a quedar ni una peseta mía.

—Tendrá que guardar algo para Hacienda el año que viene.

—Bueno, eso ya lo estudiaré. Y arranca el coche de una maldita vez.

NI DOS CENTÍMETROS 

Lo primero que hizo fue enseñarnos los fajos de billetes. Exactamente diez fajos de billetes de diez mil pesetas de unos dos centímetros de espesor. Nunca he visto a mi abuelo tan feliz como el día que puso los montones alineados en la mesa de madera y pidió a mi madre que nos hiciera una foto delante de ellos. Podrían ser perfectamente los ahorros de toda una vida. Allí mismo, delante de nosotros, por primera y última vez.

Aquella tarde los mayores tuvieron una asamblea extraordinaria y tanto mis padres como mis tíos se enfadaron bastante. El viejo era obstinado y si decía que algo era así, sería así, pese a todo. Un par de nudillazos aporreando la mesa con el puño cerrado y a callarse.

REGALOS

Durante los días siguientes los regalos llegaron como un goteo constante, y muchas risas y muchas fotos. Primero fueron las bicis nuevas para todos, luego un billar, un futbolín y hasta una escopeta de perdigones. A María le compró un radiocasette con cintas de Madonna, Objetivo Birmania, Whitney Houston, Roxette y Mecano, que eran top ventas de ese año. A mí una Nintendo Entertaiment Systen con dos juegos nuevos llamados Tetris y Abu-Simbel Profanation, que fueron los mejores juegos de toda mi vida. A los mellizos una colección de estupideces de mesa para jugar en equipo: cartas, dominó, Tragabolas, Operación, Trivial y Excalibur. Ángel prefirió un Microscopio Shilba 900x y un telescopio de la misma gama que no funcionaron nunca y todos pensamos que era él quien no sabía cómo usarlos, y se frustró bastante el chico. A mi hermano se le antojó un lote de libros en los que estaban Munia y el Cocodrilo Naranja, Cuentos al amor de la lumbre y el Museo de los Sueños. Recuerdo perfectamente los títulos porque se los leyó enseguida y se pasó el resto del invierno hablándome de ellos. Yo nunca los leí y ahora, al recordarlo, me gustaría hacerlo. También deseó un juego de magia que le entregaron dos días después y se disfrazaba haciendo prodigios entre los presentes. Eso sí me gustó. Finalmente, Ángel pidió una canasta de baloncesto para practicar unos tiros y mejorar su aspecto físico. El primer día a mi primo, el pobre, se le cayó la canasta encima y le dieron cinco puntos en la cabeza. Ya no jugó más al baloncesto.

AMIGOS

Pronto se corrió entre los vecinos la noticia de que nos había tocado la lotería. De repente todos los niños querían ser nuestros amigos y venir a jugar con nuestras cosas. Y sus padres querían ser amigos de nuestros padres, y sus abuelos incluso de nuestros abuelos. Hubo un poco de histeria y de falso amiguismo. Algunos teatralizaban mucho con saludos efusivos, esperando complicidad. Jeremías, el archiconocido enemigo de la familia, con el que hacía tiempo que no se hablaban por unas lindes, también se acercó aprovechando la alegría del momento para retomar el tema y sacarle finalmente los metros de más. Pero mi abuelo no cedió.

Todos eran muy cariñosos, muy amables, todos querían conocer los detalles más mínimos de nuestro existir. Aparentemente, se  alegraban bastante de nuestra  buena suerte y vivimos unos días, quizás, con la sensación continúa del aplauso ajeno sin importar las chorradas que hiciéramos. El abuelo era el más precavido de todos: «Un hombre callado nunca se equivoca», nos aconsejaba. Pero nosotros ya habíamos hablado, y quizás más de la cuenta.

El día 14 del mes y con motivo de las fiestas de la Asunción, llegaron unos feriantes para preparar las atracciones. Debieron de escuchar la historia del afortunado Matías entre los vecinos cotillos y pronto pasaron a la acción.

NOCHE

Sucedió en la madrugada del día 15, mientras el abuelo descansaba en una tumbona, dedicándose a la vida contemplativa del país de las estrellas, cuando aconteció lo inesperado: dos hombres morenos se acercaron, le pusieron una bolsa en la cabeza, le tiraron al suelo y le amordazaron para que no pudiera gritar. Le explicaron con voz dura y pronunciando despacio:                 —Ey, viejito, tú sabes lo que queremos. No te resistas o te vamos a tener que matar. No grites, ¿eh? ¿Comprendido? Así que ahora te vas a levantar muy despacio y nos vas a llevar a donde has guardado la guita, pero ojo, no te hagas el héroe, nada de gilipolleces o te rajamos el cuello como a un cochino. Te puedes desangrar en diez minutos, ¿has comprendido? —Y lo dijo de un tirón, sin titubear.

—¿A que sí? ¿A que te vas a portar bien? —dijo el segundo fulano en tono más amigable.

Mi abuelo debió de asentir.

—¿Dónde está el dinero?

En esta ocasión no se movió. Yo, escondido tras una celosía de hormigón en la azotea de la casa, —me subía allí por miedoso, para que no me picara ningún bicho. A veces me dormía con la brisa nocturna, pero aquella noche todavía no había sucumbido al sueño—, lo observaba todo espantado, rígido, sin saber qué hacer ni qué decir.

Mi abuelo estaba tumbado en el suelo entre los dos tipos.

—¿Dónde está el dinero? —preguntó nuevamente el más alto, cada vez más impaciente.

Matías movió  la cabeza de lado a lado y encogió los hombros.

—¿No sabes? ¿No sabes? Me estás enfadando… ¡Enséñame dónde lo has puesto! ¿Dónde está el puto dinero? —farfulló agresivo el hombre.

No se movía. Yo hubiera deseado bajar de allí, correr hacia la ventana donde estaba apoyada la escopeta de caza y asustarles pegando dos tiros al aire, pero no pude, tenía todo el cuerpo  paralizado.

—¿No sabes? Te vamos a dar unos cuantos golpecitos para ver si te refrescamos la memoria.

Mi abuelo se  hizo un ovillo y se llevó las manos a la cara. Puñetazo y pregunta. Patada y pregunta. Otro puñetazo y pregunta. Allí estaba Matías sufriendo por la pasta, aguantando estoicamente el palizón. Y yo, subido en la azotea inmóvil, sin respirar y cagado de miedo.

Uno de ellos entró dentro de la casa con el propósito de encontrar el dinero y rompió  todo lo que encontró a su paso. El otro seguía sujetando la navaja junto a la yugular de mi abuelo. A la media hora, el hombre regresó con las manos vacías y rezongando improperios por lo bajo. Invirtieron los papeles y el segundo terminó de rematar lo poco que quedaba sano dentro.

—Aquí, aquí está. ¡Maldito cerdo! Lo tenía metido en la chimenea.

—Cuéntalo.

—No, vámonos ya.

—Seguro que hay más. ¡Cuéntalo, imbécil!

—No, vámonos y punto.

Y así fue cómo los asaltantes abandonaron corriendo el lugar, perdiéndose en la espesura, mientras mi abuelo seguía en el suelo dolorido y confuso.

Yo sufría por él y él sufría por mí. Probablemente hubiera esperado que yo hiciera algo, o estaba rezando para que no lo hiciera. No tuve la valentía de deslizarme por la bajante, gatear tras el aljibe, coger la maldita escopeta y rodear la finca por el cercado de piedra para salir hacia el pueblo y cortarles el paso a los ladrones. Lo pensé demasiado y demasiado tarde. Cuando bajé, me tiré sobre el abuelo y conseguí rasgar la bolsa que le tapaba la cabeza para que viera que era yo y que estaba bien, luego retiré la mordaza y le ayudé a incorporarse. Mi abuelo dio una inspiración dolorosamente profunda y amargamente me ordenó:

—Corre a buscar a tu padre y los tíos. Salid tras ellos, coged los coches. Tú los has visto.  Se llevan nuestro dinero. ¡Corre, Pablete, corre!

Le habían amenazado de muerte si no cantaba. Pero no cantó. Ese era nuestro dinero. Si hubiera sido suyo, tal vez, tras recibir la patada que casi le revienta un riñón y otra que le rompió el brazo, hubiera pedido clemencia y habría explicado dónde estaba. Pero ese no era el caso. Aquellos billetes eran para sus nietos y ningún malnacido se los iba a arrebatar.

—Si no está todo, volveremos, viejo. —Eso fue lo último que dijeron.

Mi abuela y las mujeres llamaron enseguida a emergencias y una ambulancia se llevó a mi abuelo al hospital. Aquella fue la noche de los gritos, la incomprensión y el llanto. Tampoco pudimos dormir.

Si algo estaba destinado a ir mal, iría peor que mal. No pudimos dar con ellos. Aunque los buscamos con los coches y hubo detenidos, fui incapaz de reconocerlos. Intenté dar señas de su ropa, su pelo, su forma de andar, de hablar, esa forma de hablar tan particular que años después reconocí por casualidad al oír a dos inmigrantes que viajaban en el metro. Colombianos. Eso era, pero siendo niño no lo sabía.

 

MIKO

Por expreso mandato del abuelo nos quedamos en la Casa Grande unos días mientras mis padres y mis tíos adecentaban nuevamente el Huerto del desastre del robo. Y esperamos allí la llegada del abuelo, que tuvo que someterse a algunas pruebas de riñón. Cuando le dieron el alta, lo primero que hizo fue poner la denuncia en el cuartel de la Guardia Civil y visitar el lugar para realizar el correspondiente atestado. Pero atestado más, atestado menos, no sirvió para nada.

El domingo 18 Sergio y yo decidimos curiosear un poco a ver cómo había quedado el Huerto y fue cuando nos encontramos con Miko. Aquel galgo no tenía ni residencia ni dueño fijo; iba y venía a su antojo y debió de llegar en el momento más inadecuado y cruzarse con los perversos. Pero no había signos de haber intentado hurgar dentro de la casa, era como una amenaza. Quizás ni siquiera eran las alimañas de la noche, sino otra variante de envidiosos. Lo colgaron del cuello hasta que se ahorcó. Realmente cruel. Decidimos descolgarlo y enterrarlo. Estaba hinchado, rígido, y un ejército de moscas verdes revoloteaban a su alrededor. La soga laceró su carne. Este suceso me marcó profundamente. Aún hoy, cuando estoy muy agotado, al dormir, tengo la misma pesadilla: mi cuerpo es pesado, muy pesado, atravieso la sábana, atravieso el colchón, atravieso el suelo, me hundo en la tierra, me hundo lentamente y cuando abro los ojos Miko está encima, tieso, mirándome fijamente.

GASOLINA

El día 19 mi abuelo se levantó de buen humor: tenía ganas de reírse un poco haciéndonos cosquillas y contándonos chistes malos. Pero lo cierto es que los ánimos no estaban para muchas payasadas. El hombre se esforzaba todo lo que podía, pero nosotros estábamos desconcertados y asustados.

Durante el resto de la mañana se encerró en la pequeña habitación de las facturas y pidió a mi abuela que fuera a comprar diez sobres exactamente iguales. Se pasó escribiendo toda la mañana. En la tarde pidió a los adultos otra jornada extraordinaria de reunión que duró casi hasta la cena. Nosotros nos fuimos con las bicis nuevas a las pozas naturales del río, a las afueras del pueblo, para refrescarnos. Ya no queríamos enterarnos de nada más.

A las tres de la madrugada del día 20, mi abuelo se levantó de la cama sudando y con escalofríos, bebió agua y se vistió. Le dijo a la abuela que siguiera durmiendo, que no se preocupara, que acababa de tener una pesadilla y quería ir al Huerto. La abuela, presintiendo también lo peor, le pidió que no se marchara, o que si lo hacía, fuera en compañía de alguno de sus hijos.

—No, tal vez no sea nada —la calmó el abuelo—.  Pueden ser presagios de viejo. Si no vengo en media hora, despierta a los chicos y que vayan a buscarme.

Se dirigió al Huerto y allí aconteció el suceso más triste de nuestra vida.

¡Fuego, Fuego! Los vecinos del pueblo dieron la alarma enseguida. Llegaron aporreando la puerta principal de la Casa Grande para alertarnos del incendio en el Huerto del abuelo Matías. Aturdidos y furiosos salimos todos en pijama corriendo pueblo arriba con un montón de cubos y baldes.

El abuelo, con su brazo escayolado en cabestrillo, desesperado e impotente, se sentó en mitad de la calle para observar cómo su pequeño paraíso ardía. Y nosotros sacábamos agua del pozo para apagarlo mediante un trasiego organizado de cadena humana. Al cabo de dos horas lo reducimos. Nuestro aspecto era patético: calados, sucios, exhaustos y medio locos. Todo color se fundió a negro. El futbolín se pulverizó y sólo quedaron las barras y algunas piezas de metal, las ruedas de las bicicletas se deshicieron, la piscina hinchable se consumió y el agua se desbordó calle abajo y así todo. No quedó ninguno de nuestros deseos de ese verano.  Nada.

 

VEINTE DÍAS

Nos fuimos sin jamón serrano, sin aceite, sin tarros de tomate ni de pimientos asados al baño María, sin dinero y con una terrible incomprensión por lo acontecido. Sin embargo, nuestros abuelos tenían una expresión serena, de alivio tal vez, dando gracias porque ya nos íbamos de aquel sitio siniestro cargado de sinsentidos. Su despedida:

—Quizás fuera necesario, Pablete. Quizás ahora no seamos capaces de comprender, pero será cuestión de tiempo.

—Bueno, abuelo, no se preocupe. Lo pasamos bien juntos, ¿eh?

—Sí, somos una familia. No lo olvides. Tenemos que protegernos.

—Sólo espero que el año que viene sea un poquito más tranquilo, vamos, que sea, digo, como los veranos de siempre.

—Claro que sí —afirmó sonriente y añadió—: ¡Hala!, portaos bien, estudiad mucho.

Entonces miré a la abuela, sus profundos ojos verdes cargados de inocencia. Y lloró.

—Cuídense ustedes —les dijo mi padre, sacando el brazo izquierdo para despedirse mientras arrancaba el Simca 1200 de color mierda pasado de moda.

EURO

Fue a raíz de la llegada del euro cuando el abuelo nos contó toda la verdad. Si bien ahora sé que quien quemó el huerto con la gasolina del tractor fue él, y quien había guardado el dinero en el aljibe bajo el agua amarrado a un cable de acero fue él, y quien nos hacía entrega del premio, justo en el año 2002, cuando iba a entrar en vigor el euro, para que pudiéramos usarlo  fue también él, doy gracias porque aquel verano aprendí de golpe cosas vitales: la primera, que mi familia era lo más importante; la segunda, que la vida de cualquiera de nosotros valía más que diez millones de pesetas; la tercera, que el dinero, si no se sabe invertir, se gasta en poco tiempo con la misma alegría que se ha recibido; la cuarta, que mi abuelo nos enseñó a prescindir de lo superfluo para crecer en lo importante. También nos mostró que hay dos tipos de malos: las alimañas de la noche que actúan premeditadamente y los perversos que son capaces de exhibir su crueldad a cualquier hora y en cualquier lugar. A ambos los mueve la envidia. El abuelo era sabio y estratega: lo de las indemnizaciones y los seguros también podría explicarlo, pero eso sería airear demasiado las cosas de familia.

Fuera como fuese, aquel verano, aquel verano de 1985 sólo tuvo veinte días.

 

 

Ilustración:

La ilustración de mi relato fue realizada por mi amigo  Daniel Camargo,cuyo trabajo os invito a conocer, junto con el de otros  trece escritores e ilustradores.

 


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