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Hace meses, le mandé  este relato a RAFA MIR, sólo para su lectura y me sorprendió con esta ilustración  que me encantó. No estaba muy segura de publicarlo pero finalmente me he animado porque su trabajo captó perfectamente el espíritu reflexivo del relato. Espero que lo disfrutéis. ¿Cuánta niebla hay todavía en tu vida? Te animo a  atravesarla.  No vivas en el miedo.

 

Tíulo de la ilustración: Niebla
Título del relato: NIEBLA CUERPO AMOR ADICTO NIEBLA
Esta es la última vez que voy—eso me digo todos los días—, pero siempre voy. Son las siete, los niños están todavía dormidos y la niebla me llama. Sé que estará allí, esperando en el tercer ciprés, camino del cementerio, arrimado al arcén pero con el camión en marcha, como todas las mañanas, sujetando las dos botellas de cristal de leche, esperando mi recogida.
Una pausa de veinte minutos y cada uno seguirá con su vida. No hay más que eso, sexo y niebla.  En medio de la suspensión de gotas de agua  —que no permiten ver a más de un kilómetro— y el sudor de dos cuerpos desconocidos que se encuentran.
Nadie sabe. El paisaje ayuda…  ¡Cómo cambian las cosas dentro de esa niebla!  No se puede mirar a través de ella, no se ve más allá de nada. Es como un espacio vacío de tiempo—sin pasado, ni presente, ni futuro—  donde protegerse de los mirones, o de los turistas,  o del mundo, donde encontrar el centro de nuestra verdadera existencia. Dentro de ese paisaje nebuloso y opaco, donde mi desorientada alma transita en la búsqueda de otra alma tan desorientada como la mía, a tientas,  en un ambiente que asfixia y entristece antes de, me repito: Esta es la última vez  que va a pasar, me lo repito como un mantra. Y le veo, y me sonríe. Y le sonrío. Y todo sucede sin previo cortejo ni florituras. Sucede nuevamente.
La niebla siempre callada, y nosotros cada vez más locos, reímos. Y nos besamos y pronunciamos las palabras prohibidas, que parecen de verdad… Te quiero, te quiero, te quiero— me dice.  Y yo más—le contesto susurrando mientras le abrazo fuerte. Pero son puro engaño: palabras-mentira.                                                                                                                                                                                                    No importa cuándo y cómo sucedió por primera vez. Ni siquiera sé quién es realmente; si está casado o no, si tiene hijos,  si es un ex convicto o  tiene una como yo en cada parada del camino.  Poco importa, la verdad. Ese encuentro matutino, me permite seguir viviendo con un poco de  esperanza. Seguir mirando mi vida anodina y pensar que algo de emoción la habita.
Tampoco importa mucho como es él. Quizá algo más alto que yo, con la espalda fuerte y cierta barriga, calvo, puede, —siempre lleva un gorro—, con barba de varios días que no pincha y un uniforme color verde oscuro.  Huele a azahar. Sí, a limpio y fresco. Y ese olor me impregna la piel y me dura todo el día.
No sé su nombre. Ni él el mío. Poco importa.  Nos dejamos llevar como animales. Nos hacemos el amor o lo que sea. Sin preguntas ni explicaciones. Sólo al final decimos: Hasta mañana. Y volvemos a sonreírnos.
Y vuelvo más animada y resuelta hacia mi casa para  empezar el día. El día número 4653 de esta esclavitud.
La niebla no tiene pliegues ni atajos, quizá se disipa un poco a eso de las doce de la mañana. La miro a ratos  a través de la ventana de la cocina: mientras desayuno, mientras cocino, mientras friego los cacharros y siento el desamparo entre los cubiertos y los platos y me preparo ese café caliente, cuando vuelven los chiquillos del colegio y abro la puerta para recibirlos, y sigue ahí. Siempre. Ese recuerdo, ese goce de vivir, la conciencia íntima de mi secreto, el asombro de mi libertinaje, y la memoria del encuentro. Todo me ayuda.
Y luego, a eso de las seis,  mi marido regresa de su trabajo. Y puedo olerle mucho antes de que atraviese la puerta, puedo hacerlo.  Y me dan ganas de vomitar. Todo a su alrededor me produce náusea. Su hedor a taberna, su boca de tabaco seca y áspera, sus manos frías…. Voy arrinconándome y haciéndome pequeña. Por no discutir cada día. Por no mover la mierda.  Me limito a contemplarla y a sentir asco. Y a dejar crecer ese abismo negro dentro de mi estómago. Pero no la muevo… Eso creo que es el amor domesticado. Y me dan ganas de gritarle: Dios mío, ¿Pero qué habita en tu alma? No puedes esperar que nuestra vida sea esto. No deberías permitirlo… Mírame, mírame con el corazón. Con ese brillo de pupilas del primer amor.  Pero no me mira.
Cocino, plancho, ayudo a los niños con las tareas, les baño, les doy la cena, les cuento un cuento, son tan pequeños…  Y él  permanece en el sofá viendo la televisión,  ajeno a mi trajín continúo como  un amo tranquilo y orgulloso de sus confines.
Y cierro los ojos y pienso en la niebla. Eso sí me reconforta. Y deseo que sean nuevamente las siete de la mañana. Y encontrarme con el monstruo del placer, redescubrir los sueños de mi universo subterráneo y dejarme hacer y encontrarme o perderme más bien,  durante veinte minutos. Todo eso y nada más. Respiro largo y profundo. Me siento eléctrica.
Ayer, mientras limpiaba el salón escuché una frase en la radio: Sólo los valientes atravesaron la niebla y desaparecieron. Y eso fue el detonante de todo.
Ya he dicho que esta es la última vez que voy al encuentro del lechero.  He dicho y he escrito. Y yo hablo poco y escribo lo justo.  Esta misma mañana voy a dejarle  una carta de despedida a mi marido donde le explico que ya no aguanto más. Que mi vida  en esta granja es tan triste como los tejados desvencijados  y que me marcho, que voy a atravesar la niebla para no volver nunca. Quiero dejar atrás este tiempo muerto. Y que no nos busque, porque ya estaremos en el otro lado, en la luz.
Encontraré un lugar donde será posible el milagro de la verdad,   donde pueda vivir a mi manera,  en medio de un  silencio esencial o del más insoportable de los ruidos—ya veré que me interesa cuando llegue—,  donde encuentre de nuevo el amor naciente,  o no lo encuentre nunca más y  en definitiva: me sienta viva. Dejaré atrás las pesadillas, esta distraída  existencia superficial y descontrolada,  este sin sentido. Me da igual lo que tarde en llegar a ese nuevo hogar, pero no me perderé nuevamente: saber lo que quieres en la vida  tiene esa ventaja, que ya no naufragas sino navegas.  Ahora me siento fuerte, me siento faro brillante que ilumina mi vida y la de mis hijos. Y el cielo es mucho más profundo de lo que imaginamos, pero eso tampoco importa.  No tengo miedo. Ya no.
—¡Avancemos, hijos,  a través de la niebla!,  ¡Nos vamos! ¡No miréis atrás!
Datos de contacto de Rafa Mir:
::twitter: @rafamir70


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