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“Más que la de ser un lugar habitable, para mí la literatura cumple la función de las puertas, incluso existen puertas tan amplias que pueden inventar habitaciones.”  Andrés Neuman. El equilibrista.

 

La habitación

Un día de agosto de dos mil siete vi un anuncio en el periódico local: “Alquilo un pequeño apartamento en el Casco Histórico de Toledo. 50m2. Una habitación. Sin calefacción. Necesita reformar. 100 euros al mes. Urge alquilar”.

 

La curiosidad me abrazó desde el mismo momento que lo leí. Necesitaba verlo. Había algo extraño en este anuncio. Llamé al teléfono y me contestó un hombre de avanzada edad, un poco sordo y tartamudo. Después de mucho esfuerzo, conseguimos concretar la visita  a las seis de la tarde. Sólo  esperaba que aquel señor hubiera entendido bien la dirección: Plaza de San Justo. Curiosamente, los dos nos llamábamos Pedro. Esa era nuestra consigna para reconocernos.

 

Cuando apareció, descubrí que era  todavía más mayor de lo que me pareció por teléfono.  Le ofrecí mi brazo  brazo para apoyarse al caminar. Iba contando en voz baja: ciento treinta seis pasos, dos escalones, tres tropiezos, dos alcantarillas y tres imbornales,  después, un  giro inesperado  a la izquierda, y un callejón. Aquí, dijo. Entonces,  abrió su abrigo y sacó una llave de hierro antigua que llevaba colgada del cuello. Buscó la cerradura  a tientas. Chirriaron las bisagras y tras un breve forcejeó consiguió abrir la hoja. Atravesar el umbral me dio una grima y un no se qué… Yo nunca había visto un  callejón tan triste. Ningún inmueble tenía ventanas. Era estrecho y olía a pis. No podía haber tenido peor suerte. Tenía el aspecto de una casa de servicio o  alguna cochera o caballeriza. No sé, la cuestión es que en algún momento, esto se habitó. Sólo un poco de luz se filtraba por encima de la puerta  a través de un vidrio mugriento. Y me pareció ver algún gato salir despavorido por un hueco de ventilación que había en la fachada.

―No está mal… Necesita una pequeña reforma. ¿Verdad? ―me sonrió.

—Bueno, creo que una gran reforma. Parece que hace un siglo que no vive nadie aquí.

Sonrió nuevamente y  un detalle me llamó la atención. Tenía el incisivo superior derecho roto. En aquel instante, sentí la  curiosidad de preguntarle cómo se lo rompió. Pero no lo hice. Realmente, ¿quién era yo para recordarle algún suceso desagradable? Total, sólo era un pobre viejo.

Me pareció el sitio más  horrible del mundo. Pero no podía decírselo. Por otro lado, pensé que tampoco pedía mucho, y para mí, sólo, sin pareja, sin hijos, y sin ningún oficio remunerado a la vista podría servirme durante algún tiempo con lo que tenía ahorrado.

El hombre era muy educado, y me fue mostrando casi a tientas lo que recordaba. Aquí está la cocina, aquí el aseo, aquí, bueno, aquí hay una habitación que no alquilo. Estará cerrada. Yo vendré de vez en cuando para traerme o llevarme alguna cosa. No te dejaré la llave pero la tengo aquí.  ¿Ves? Y me enseñó una llave más pequeña que colgaba de otro cordel atado al cuello.

Tenía gracia el asunto. Encima me dejaba en prenda una habitación sin derecho a uso.

―Bueno, hijo, ¿qué le parece? Es todo un regalo, ¿no?

En fin, me rasqué la barba en ademán pensativo, fruncí el ceño, pero asentí. Lo cierto es que no tenía nada mejor. Busqué en mi bolsillo el dinero del alquiler y se lo ofrecí.

―No, no se preocupe. Vendré mañana.

―De acuerdo. Si quiere le acompaño.

―No, no, tranquilo. A donde voy, ya me apaño yo.

Así que allí me quedé. Un poco desilusionado, la verdad, pero, como ya he dicho, era lo único asequible en ese momento. Menos mal que Lolita se  prestó a echarme una mano. Lolita, les explico, era la hija menor de mis vecinos de enfrente. Siempre estaba en la calle fumando y así la conocí.  Tenía unos veintidós años y estaba como una cabra.

Con cierto esfuerzo, gracias a la chica, lo que me iba encontrado por la calle y lo que me regalaron conseguí levantar aquel antro y convertirlo en un sitio habitable en poco tiempo.

La cuestión es que aquel hombre no vino al día siguiente a cobrar, ni al siguiente, ni pasado un mes, ni al año. Yo viví esperando a que un día llamase a mi puerta y guardando en un sobre rigurosamente mis cien euros mensuales. Tampoco contestaba al teléfono cuando le llamaba. Y nadie supo darme su paradero.

Lolita me comunicó un día de invierno de  principios  de dos mil nueve  que estaba embarazada y que era mío.  Tener un hijo con treinta años y sin trabajo no era muy  alentador. Pero no tener espacio tampoco. Entonces, pensé más a conciencia en localizar al hombre del anuncio para pagarle y para pedirle que pusiera a mi disposición aquella habitación.

No tengo que decirles, porque ya se lo imaginarán, lo terrible que es vivir en un sitio con una habitación cerrada en la que no sabes qué hay. Se pasan por la mente mil y una gilipolleces. Incluso, en sueños puedes imaginarte etéreo y verte atravesando la pared para tocar grandes tesoros, o encontrarte una lámpara mágica a la que pedir cien deseos, o, a la contra, que allí se guardan niños descuartizados o instrumentos de tortura. Vivir sin luz y sin aire, vamos, como una rata, tiene estos pequeños inconvenientes mentales.

Puse un anuncio en el periódico buscando a mi casero pero, claro, con tan pocas explicaciones. Ni idea. Sin noticias. Pregunté por el barrio pero allí tampoco nadie sabía nada. Nunca habían visto nadie entrar o salir de aquella casa.

Luego fui al registro de la propiedad y pedí una nota simple. Resultó, que aquel inmueble estaba a mi nombre. Se me congelaron las entrañas.

Pedí un histórico de propietarios anteriores.  Más de  lo mismo. El Registrador me indicó que siempre había estado a mi nombre: Pedro González Ruiz. Durante los últimos ochenta años no habiéndose realizado ni  sucesiones ni donaciones.

Me mareé. Del golpe me rompí el incisivo superior derecho.

Coincidimos en el hospital Lolita, dando a luz, y yo, despertando de un no sé qué estado de tránsito. Acabo de tener un hijo, qué curiosidad; también se llamará Pedro González, y gracias al regalo de nuestro gran desconocido y por la generosidad de mi Lolita, también le pondremos de segundo apellido Ruiz.

Cuando volvimos a casa, lo primero que hice fue romper la cerradura de la puerta de aquella habitación y tirarla abajo de una patada. Entonces, descubrí, lo inimaginable… Había luz, a raudales, maravillosa luz: era un patio y yo tenía mi pedazo de cielo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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