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LA PAREJA DE TUS HUELLAS

La primera vez que vi el mar tenía seis años pero aparentaba cuatro. No sé precisar dónde estuvimos exactamente. Mis padres nunca escribían nada en las fotos.  Sería el año 1982,  en plena fiebre del Mundial  seguro, porque vi muchas camisetas de la mascota  “Naranjito” aquel verano. Me observo en las fotos  como cualquier niña de esa época vestida con zuecos de madera y atuendo de india con flecos. Siempre he sido  una niña presumida, y me veo hasta con un bolso de charol con cadena dorada en la playa. Lo que no recuerdo es qué castañas llevaría yo en un bolso a la playa.

Nos gustaba mucho pasear por la orilla, con el sol delante, redondito e incómodo. Yo no llevaba gafas de sol, los demás niños tampoco. Este es un detalle que recuerdo con absoluta nitidez.  Papá caminaba primero, mamá detrás dando la mano a mi hermana  pequeña  que se soltaba a ratos y se mojaba el pañal al intentar tocar las olas.

A veces, mamá reía. Reía poco o casi nada porque le faltaba un diente por la falta de calcio del segundo embarazo.  Así me explicaba. Yo creo que éramos pobres y no teníamos dinero para su funda. Al igual que creo que aquel verano fuimos ocupas de un chalet vacío de un alemán porque en las paredes había muchas fotos de niños con pelo rubio platino.  Y también porque ya casi al final, llegó la policía una noche y nos echó. Recuerdo cómo papá les enseñaba un papel como un contrato o algo así y los policías ni le hacían caso. Era una tremenda estafa. Así que nos subimos a nuestro autobús y regresamos a la casa de siempre en el  sur de Madrid y ya nunca más salimos de vacaciones al mar.  Pero, concentrándome en la risa de mamá, que me he dispersado, cuando reía, lo hacía de verdad, eso no tenía discusión, ni a mí ni a nadie que la conociese. Ella, de repente, ante cualquier cosa insignificante, podía arrancar y contagiar a todos por lo extraño y risueño pero a la vez inocente de su risa. Era una soñadora. Y cuando paseaba por aquella playa mi madre reía mucho y era muy feliz.

Yo tenía un pie pequeño y ella  era una mujer corpulenta con un gran pie, así que el contraste era supino. Jugaba a  seguirme en la orilla del mar.   Marcaba el parejo de mi huella en la arena. Era una visión asimétrica e incierta. Sólo nosotras sabíamos lo que significaba. Me decía: Mira, Nina, soy la pareja de tus pies, no, mejor, la pareja de tus huellas.

Miraba los huecos encajados en la arena, miraba los granos arremolinados en el pie de mi madre y le contestaba: Sí, mamá. Eso eres.

Entonces, una olita menuda, de las que ya han roto y sólo lleva inercia  y un poco de contorno espumoso lo limpiaba  todo y lo devolvía a su origen.  Nuestro paso por la playa se borraba por más que nos empeñábamos en andar, las olas lo borraban todo  una y otra vez. La naturaleza es continúa y tenaz. Y el hombre debe luchar con más continuidad y tenacidad que el orden para conseguir que nunca se borren las huellas. Tarea  imposible, —pienso ahora desde los cuarenta años.

La vida me regala hoy el recuerdo de esas huellas, de mi madre y de su risa. Y habito en la tenacidad de  ese instante antes de bajar a tomarme un café. La vida sigue…


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