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REVÉS

María acaba de llegar al portal tras pasear durante cuatro horas por la ciudad sin ningún rumbo ni destino. Está deprimida y ansiosa a partes iguales. Y se la nota mucho todavía. No termina de levantar cabeza. Aquello sucedió  hace exactamente  dos años, tres meses y siete días pero para ella parece que fue ayer.

Espera a que se cierre la puerta de su portal para arrimarse cautelosa al buzón y mirar por la rejilla.  Se retira, se lleva la mano al pecho, se santigua, y piensa: Hoy todavía no, por Dios, por Santa Rita, por todos los Santos de mi alcoba y mi cielo. Hoy todavía no. Busca en el interior de su bolso la llave. No la encuentra. Rabiosamente lo vuelca sujetándolo por las asas en dirección al suelo para solucionar su problema. Aquí está la maldita llave —afirma sonriente mientras se agacha a recogerla.

Devuelve al bolso las cosas que han caído al suelo y va haciendo recuento de recuerdos: un chupete, una bolsa de toallitas húmedas infantiles, un biberón, una cartera de hombre, una gorra de sol, un mechero y un paquete de marlboro de su marido y que ya no la sirven para nada, pero son tan necesarios….

Tengo que trabajar. Debería trabajar—piensa en voz alta. Me estoy destruyendo. Lo noto. Pero, ¿en qué? Si no tengo ganas de nada.

Menos mal que tengo la casa todavía, pero llegará, llegará el usurero del Banco y también me echará de aquí.  Y nadie hará nada. Pobre mujer, dirán, pero nadie hará nada. Antes pensaba que estás cosas sólo les podían pasar a los demás, que yo estaba por encima de esto, pero no,  cualquier día de estos me voy a la calle. Los oigo cuchichear, a mi espalda, como si estuviera sorda,  : ¡Qué pena, qué lástima, qué deteriorada está! Pero nadie hace nada. ¡Pobrecita! —¿Pobrecita? —No siente ni un ápice de lástima, es furia contenida—, ¡Me cago en todo! Yo he tenido que ser la imbécil a la que le arrebataron lo más bonito de su  vida y debo seguir aquí, aguantando este castigo, dando pedales contra viento y marea, cuando no tengo ninguna fuerza! —.

Un vecino entra en el portal con su perro, baja la cabeza y avanza subiendo las escaleras.  No se saludan. La mujer abre el buzón y saca tres cartas que arremolina contra su pecho mientras levanta los ojos y mira al cotilla que sigue ahí, esperando, observándola apoyado en la barandilla del primer piso. —¡Dedícate a lo tuyo, imbécil! ¡Me tienes harta con tus miraditas!

Desde que pasó lo que pasó, ha aprendido a soltar lo primero que se le pasa por la cabeza, sin calibrar nada. No hay filtros a sus barbaridades.   Mientras, en la primera planta, el perro, ajeno a la conversación, levanta la pata y se mea sobre la misma maceta en la que hace dos horas ya se meó el perro del quinto.

—Preocúpate un poco más de tu perro,  ¡a mear a la  calle!, que aquí siempre huele fatal. ¡Qué asco de gente!

El vecino le dice que se ha vuelto loca pero  que lo comprende todo y que la perdona. Debe poner un poco más de orden y concierto en su vida.  Ella se ríe y le manda al carajo. Nadie comprende cómo puede sentirse alguien que ha perdido a su familia en un accidente de tráfico cuando ella conducía. Nadie que no lo haya vivido en sus carnes. Y se mete en casa, y siente como si entrara en un pozo profundo, oscuro, frío y solitario del que no volverá a salir hasta pasados unos días y necesite  ir al médico a pedir más ansiolíticos. No está bien. Y entonces piensa que debería comprarse un perro. Quizás la solución fuera un perro…


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