SECCIÓN HOY COLABORAZIONO. VÍCTOR CARRASCO TORRES

SECCIÓN HOY COLABORAZIONO. VÍCTOR CARRASCO TORRES

 

Victor Carrasco Torres. Escultura “En trance”
SOBRE EL TITULO DE LA OBRA
Del francés transe, que tiene su origen en el latín transire, se define como el momento decisivo, crítico y trascendental por el que puede pasar una persona.
SOBRE LO QUE EL AUTOR QUIERE TRASMITIR
Mi escultura “En Trance” quiere representar el estado en el que entra el artista en el momento de concebir una idea y de cómo quiere plasmarla.
SOBRE LO QUE LA OBRA ME SUGIERE
Un pájaro, un pájaro dentro del huevo. Un pájaro que prefiere estar ahí dentro, alimentándose de las semillas del cerebro. No necesita salir fuera, tiene materia suficiente. Y mientras tanto te consume. No te deja pensar. Te martillea. Te mata poco a poco.

 

Hace años leí un relato, —lo siento pero no recuerdo el autor, ni la obra ni el título del mismo— en el que dos matrimonios pudientes americanos  realizan un viaje para vivir un trance, una nueva experiencia novedosa y asequible para sus bolsillo  pensando que gracias a esa vivencia podrían encontrar el equilibrio consigo mismos y con el universo, una forma de abrir canales, con cambios neurovegetativos y cenestésicos para conseguir la iluminación espiritual. El escritor  narró con una maestría pasmosa y con todo lujo de detalles lo que sucedió allí, pero sin especificar lo que sintieron nuestros protagonistas  en ese rito en  medio  de la selva, rodeados por los máximos dirigentes de una tribu indígena, liderados por un chamán, piensen entonces, por supuesto, que sus ojos vieron, o creyeron ver mediante alucinaciones demonios, inducidos por la comida, el alcohol, las drogas y el sexo—pero, tal y como digo, el autor no se centró en eso, sino en narrar el evento y  las consecuencias de aquella decisión—, pues esa noche degeneró en una situación de culpabilización entre las  dos parejas que no volvieron a hablarse en la vida  y en la perdición de cuatro almas que no volvieron a ser ellas mismas, incluido el suicidio de uno de los maridos, la impotencia sexual de otro, la  locura de la mujer de mayor edad que tuvo que ser ingresada en un psiquiátrico y la adicción a las drogas hasta su muerte de la última protagonista. Todos entraron en un trastorno borderline hasta el final de sus vidas ¿Qué puede hacer que la existencia se convierta en un abismo tan terrible que no se pueda vivir con uno o dos o todos los  pájaros de todos los universos dentro comiéndose el cerebro? ¿Cómo un viaje de placer se puede convertir  en el peor de los infiernos con las más desastrosas consecuencias en sus vidas? ¿Qué decisiones inconscientes se pueden tomar que afecten de un modo tan terrible a nuestros pensamientos y te llevan a vivir en tinieblas rodeado de fantasmas? En mi opinión,  y desde mi personalidad prudente y algo miedosa, —lo reconozco—, creo que hay límites que no se pueden pasar. Hay líneas rojas que deben estar perfectamente establecidas por respeto a la vida y a ti mismo. Y quién no ha establecido las propias “líneas rojas” puede que esté, sin saberlo, en un camino de destrucción alimentando el pájaro devorador. Pero esto es,  sin pretender convencer a nadie, lo que me ha trasmitido a mí esta escultura  y no deja de ser una  visión muy particular de las cosas.
Más información sobre el trabajo de Víctor Carrasco Torres en:
Datos de la  escultura referenciada:
En Trance: Técnica: Talla directa y estucado. Material: Pino, Cedro y Estuco Dorador

Dimensiones: 35 cm de largo, 39 cm de ancho y 52 cm de alto.

Crédito final: Le agradezco a  Víctor su gran generosidad al aceptar mi visión de su trabajo, muestra de que las obras de arte  sugieren cosas diferentes  a las personas que lo visualizan,. y también os animo a contarnos qué os sugiere a vosotros.

SECCIÓN HOY COLABORAZIONO. MARÍA JOSÉ GARCÍA MAESO

SECCIÓN HOY COLABORAZIONO. MARÍA JOSÉ GARCÍA MAESO

 

Acuarela, Din A3, Vista Parcial de Toledo por  María José García Maeso.
ME GUSTA TOLEDO
Supongo que mucha gente conocerá Toledo y si no, aquí os presento algunas pinceladas de la ciudad para animaros a hacerlo. ¿Por qué venir? Porque es simplemente mágica, un lugar  donde te enamoras o re-enamoras seguro. Tanto dicen de París o de Roma como las ciudades del amor, si no hay que irse tan lejos, vengan a Toledo; que los rinconcitos y callejones animan a achucharse y quererse durante  un paseo nocturno.
Aquí convivieron árabes, cristianos y judíos, y su diseño urbanístico tiene  huellas de esos ecos.  Hay muchas cosas que no se saben, que no se ven, que no se cuentan en los libros. Sólo aquellos que viven aquí las conocen. Para mí, uno de los paseos más hermosos que he podido ver con mis ojos es la “Vuelta al Valle”. Durante ese paseo, se ve la ciudad desde fuera, serpeteando al otro lado del río Tajo. María José, mi colaboradora de hoy   también lo sabe, y desde ese punto ha plasmado esta acuarela.  Toledo no funciona  en blanco y negro, no puede pintarse con colores estridentes tampoco, porque eso es una visión subjetiva del pintor pero no es una representación fiel de la realidad. Esta ciudad  tiene ese color sepia de la piedra, y esos tonos verdes de los musgos y árboles que saltan entre las construcciones.
Pasear por esta ciudad, sus calles, sus plazas, visitar sus museos, sus iglesias, sus sinagogas,  o entrar en la Catedral, es como atravesar un pliegue en el tiempo hacia el pasado. Se ha invertido mucho dinero en rehabilitar y conservar la esencia al máximo. Y eso se nota.  He decidido no hacer acopio de la Historia de Toledo, que existe largo y tendido de ello,  y si contaros qué cuatro cosas no debéis perderos cuando vengáis. Obligada visita al Alcázar desde donde se podrán ver las vistas más bonitas de la ciudad subiendo a la cafetería del quinto piso. Obligada visita a la Catedral. Obligada visita a la Plaza del Ayuntamiento y obligada visita al barrio judío donde se puede disfrutar  el Museo del Greco y las Sinagogas. Todo es maravilloso, y recomendable. Pero al menos, llevaros esto en vuestro corazón  para toda la vida. Y sabed que volveréis, porque Toledo no se acaba aquí; hay cientos de historias de personajes ilustres que dejaron su huella, leyendas de Garcilaso, arte  y música en el Círculo del Arte,  y,  como no, un grupo de artistas plásticos que nos ofrecen lo mejor de ellos cada sábado y domingo (ahora que empieza el buen tiempo los veremos más) en la Plaza de San Marcos. A mí me encanta esta iniciativa porque puedo ver sus trabajos en vivo y en directo, y ellos son hoy los ecos del mañana, sin saberlo y sin dudarlo.
Más información sobre el trabajo de María José García Maeso:
Es Licenciada en Bellas Artes por la Universidad  Complutense de Madrid y posee el Máster de Especialización en Diseño pen el Instituto Europeo di Desing.  Ha trabajado como Directora Gráfica, Profesora y Directora de arte, diseño y publicidad en diversas empresas.  Actualmente es Vicepreseidenta de la Asociación de Artistas Plásticos de Toledo y  se ha especializado en la pintura de monumentos de esta ciudad, retratos, así como el flamenco y la tauromaquía. Sus trabajos son detallistas y con una contundencia brutal.
Más información sobre el grupo de Artistas Plásticos de la Asociación San Marcos de Artistas Plásticos de Toledo:
SECCIÓN HOY COLABORAZIONO: PINTOR JUANJO GAMARRO

SECCIÓN HOY COLABORAZIONO: PINTOR JUANJO GAMARRO

Bodegón. Óleo sobre lienzo 65×54 cm.
Juanjo Gamarro

NO CRECE EN LOS ÁRBOLES

—Hablemos padre. Necesito dinero.
—Hablemos hijo. No tengo.
—Pero, ¿cómo que no tienes? Eso es imposible. Tú trabajas y ganas mucho.
—Sí, pero no estoy dispuesto a dártelo para que lo malgastes.
—Ir con los amigos y tomarme algo de vez en cuando no es malgastarlo.
—Fumar, beber y no dar ni palo al agua con los estudios si lo es. No te lo has ganado. Y no hay más que hablar.
—Madre, se acerca a la cocina donde se encontraba la madre partiendo un calabacín, y le pone cara de tuno: Que Papá no me quiere dar dinero. Dámelo tú.
—No.
—Entonces me iré  a vivir con un amigo y nunca más volveréis a verme.
—Lo dudo.
—Si, me voy a marchar, y ahora mismo.
—De acuerdo. Ya no hay más chantajes emocionales. No es no.
 
Así veíamos la tele, una  historia corriente de adolescente rebelde, que podría ser español o chino, daba igual. El interminable  pedigüeño que no se siente obligado a corresponder con nada.
Y me quedé un rato pensando, con la vista perdida, mirando hacia la ventana… Todos hemos sido así, durante siglos y siglos, hasta que pudimos tener el primer empleo y comenzamos a gastar de lo nuestro. Pero es que la crisis ha hecho mucho daño. Entonces miré el  cuadro de Juan Gamarro que estaba en la pared de la derecha. Un buen amigo mío que nunca cuenta mucho de sus cuadros, pero que están cargados de  mensajes cifrados.  Busqué  el móvil y le llamé para decirle: “¿Sabes?, he tenido una visión.  Ahora le encuentro sentido a tu cuadro  ¿ Te lo puedes creer?  Ni los peces vuelan, ni la comida crece en  los árboles. Hay que trabajar para ganar el dinero. ¡Ay, qué grande eres!”
Y Juan tan en ello, me contestó: No sé  quién eres ni de qué me hablas… me acabo de levantar.
Más información de Juanjo Gamarro en:

 

SECCIÓN HOY COLABORAZIONO. GONZHO. PINTOR

SECCIÓN HOY COLABORAZIONO. GONZHO. PINTOR

Gonzho dice que una cosa es ser pintor y otra artista, y que lo difícil es ser las dos cosas a la vez.  Consulto el diccionario de la RAE para confirmar el concepto de artista: Persona que cultiva alguna de las bellas artes, persona dotada de la capacidad o habilidad necesarias para alguna de las bellas artes e incluso en su acepción 5, persona que hace algo con suma perfección.  Sin embargo, para mí, que no soy la RAE ni mucho menos,  el arte, no es algo  consolidado, y el artista, por consiguiente, mucho menos, sino que está en permanente búsqueda de su propia esencia, poética, impronta, etc. El artista en cuanto a espectáculo me parece otra cosa; dado que aprende unas rutinas, las practica, las ejecuta con destreza y punto.  Discutimos un poco el tema y al final llegamos al acuerdo: Venga,  proponemos: pintor y buscador permanente.
Gritar. Verbo intransitivo. Sonido inarticulado. Realidad caótica.
¿Cuándo gritamos? Al llegar al mundo, cuando algo nos sorprende o nos asusta en derivada de la felicidad o la desesperación, como método de agresión, intimidación, incluso como imposición a los demás.  Un grito expresa descontrol y  desbordamiento de las emociones. Hasta ahí de acuerdo. Con la llegada del lenguaje, ya no nos hace falta gritar y sin embargo a veces se siguen oyendo esos gritos: del marido, de la madre, de la paciente, del usuario insatisfecho, se grita mucho, en general, todavía, a mi entender.
León Gieco dice: “Todos los gritos fuertes nacen de la soledad”.  Estoy en modo crítico. No lo comparto totalmente, póngase cómo ejemplo la emoción de subir en una Montaña Rusa con amigos.  Pero ese es otro Rock and Roll. Quiero entender a qué se refiere León Gieco.
— Gonzho, ¿por qué pintaste este cuadro? —le pregunté por messenger el día que acordamos la colaboración.
Y  me contestó: “Porque se lo debía al niño que fui”.
La historia inventada. Entonces,  imaginé a ese pequeño  Gonzho de ocho años, tal vez, jugando en el salón de su casa, construyendo sobre la mesa camilla un universo Lego con naves, portaaviones,  cohetes espaciales y un ejército de robots. Imaginándose la invasión del mundo con sus playmobil como elementos externos, absorto en sus batallas durante horas.
Imaginé, como supuesto necesario, que  fue al baño, y la madre que había terminado de prepara la cena y necesitaba poner la mesa, así,  sin previo aviso,   de un brazado, barrió con todo y lo introdujo en el  tambor de colón, y Gonzho, nuestro pequeño soñador, vio cómo su pequeño universo se veía  arrastrado al interior de ese cubo de cartón.  Y le faltaba el acto de coronación…
¡Nooooooooooooooooooooo!—gritó.
Este cuadro  se llama ” El grito de la infancia”.
Para más información sobre Gonzho:

 

SECCIÓN HOY COLABORAZIONO. MONSTRUOS CAPITALES CON JOSÉ VICENTE SANTAMARÍA

SECCIÓN HOY COLABORAZIONO. MONSTRUOS CAPITALES CON JOSÉ VICENTE SANTAMARÍA

Aquí os dejo el Making off de una de las ilustraciones más bonitas que han hecho de un trabajo mío. Si reconocéis  a Lujuria,  Pereza, Gula, Envidioso, soberbia, entonces… coincidiréis que es un  gran trabajo. El autor: José Vicente Santamaría. Simplemente espectacular.

Y el  resultado…

A continuación mi texto, de ciencia ficción,  pero con final  reflexivo. Espero que os guste.

 

Monstruos capitales.
Corría. Tenía 15 años y corría con todas mis fuerzas para huir. Había salido de casa para tirar la basura y de repente me encontré corriendo porque un loco que iba en un coche salió y pretendió meterme en él. Y para evitar que supiera donde vivía comencé a correr calle abajo. Y me refugié en un antro cetrino y rancio. Escuchaba el ajetreo de gente dentro y una música extraña, casi tribal. Mi madre siempre me había advertido de que en caso de emergencia me arrimara a casas con luz, que buscara gente, que nunca bajo ningún concepto me quedara quieta, callada y sola. Mi primer pensamiento fue: «No puedo volver a casa». En mi casa no estaba mi madre, ella trabajaba esta noche puntualmente en un turno que había cambiado a su compañera del hospital y hubiera sido un suicidio retroceder. Además, me miré en el bolsillo de la chaqueta y tuve la precaución de haber echado la llave antes de salir. Todo eso se piensa cuando se está en alerta. No se sabe cómo, pero sucede rapidísimo en el cerebro. Se procesan datos en milésimas de segundo y se actúa.
Abrí la puerta del garito, estaba sofocada, entré rápido y cerré. Resoplé apoyada en la hoja por dentro, extenuada por la carrera. La mujer del ropero me dijo:
—No deberías estar aquí. Son más de las once de la noche. Eres una menor. Vete a tu casa —me ordenó.
—No puedo irme ahora. Hay un loco ahí fuera. Tengo miedo.
La mujer siguió colocando abrigos en el perchero trasero y no reaccionó a mi comentario, como si no lo hubiese escuchado. Solo puntualizó:
—Pero deberías irte a tu casa, aquí solo verás monstruos.
—No creo que me asuste, ya tengo quince años —afirmé con aplomo.
—Te equivocas. No tienes ni la más remota idea de dónde te acabas de meter. Hoy precisamente hay una conferencia. Una reunión anual para compartir sus logros y progresos. Se ponen al día de sus malvadas acciones y se dan premios para animarse a seguir haciendo perrerías a los humanos. Ya han llegado casi todos. En serio, márchate ya.
—Por favor, ¿Puedo verlo? —rogué ansiosa.
—No deberías, ya te aviso. Pero hazlo bajo tu responsabilidad. Creo que ya estás muerta de todos modos. A ver, acércate, respira, observa, mira, aquí, desde aquí si puedes —apuntó en la pantalla plana de última generación con su dedo índice—. No nos dejan estar en contacto con ellos. No podemos ni mirarlos a los ojos. Todo esto tiene reglas. Lo comprendes, ¿verdad?
No tenía ni la más remota idea de lo que me estaba hablando. Pero aquella mujer diminuta de ojos como almendras, arrugas en la frente y voz maternal, me miraba como si fuera capaz de leerme el pensamiento. Aquello me asustó un poco, pero le contesté lo más rápida que pude: —Me imagino….
Y me arrimé al plasma donde se vertían imágenes desde las tres cámaras de seguridad del antro. Me quedé igual. Eran seres humanos como todos.
—No veo nada extraordinario. De verdad, son gente muy bien vestida y muy guapos en general, pero gente… ¿Se graba? —pregunté curiosa.
—No. Imposible —negó ella mientras se sonaba los mocos—. Aquí está prohibido grabar. Solo se ve por si hubiera algún altercado, o si rompieran algo. Tenemos que decirles el qué. Yo lo voy apuntando todo en este cuaderno. Pero son generosos y luego dejan grandes propinas tanto en el ropero como a mi jefe. Perdona —me repitió nuevamente—, creo que debes marcharte. De verdad, si te quedas aquí y te descubren, me causarás un gran problema.
—Solo necesito esperar un rato. Solo un rato. Por favor. Si me marcho a casa ahora, puede sucederme algo malo.
—De acuerdo, una hora nada más. Cuando den las doce te marcharás de aquí.
Todo fluía con normalidad. Siguieron entrando a la fiesta personas muy arregladas. La mujer del ropero se mostraba seria y fría y no hablaba con ellas. Solo cogía el abrigo y les daba una ficha sin mirarlas a la cara. Luego, cuando ya estaba segura de que habían entrado en la sala, me iba describiendo la situación.
—Mira, ¿ves esta? —Y la señalaba en la pantalla—. Esta se llama Soberbia. Va de color violeta. Se pasea entre los demás con la cabeza altiva, con ese sentimiento de superioridad. Tiene un trato distante y despreciativo. Ella es la presidenta de este tinglado. Luego dará premios a Avaricia y Envidioso como hace todos los años. Es muy amiga de ellos. A los demás casi ni los mira.
Yo la observaba de arriba abajo, pero todo lo veía normal. Una mujer con un traje de lentejuelas ajustado y el pelo rubio, pero no me aportaba nada extraño y tampoco me atrevía a llevarla la contraria a aquella mujer. Simplemente atendía a sus explicaciones con cierta curiosidad y escepticismo.
—Te señalo aquí. Observa, niña. Esta es la segunda peor de todos. Es Lujuria, la del vestido rojo. Se pasará toda la noche suscitando el deseo de los asistentes. Tiene una actividad sexual exacerbada y necesita estímulos constantes que exciten sus sentidos. Le da igual tocarle a una mujer que a un hombre o a varios a la vez. Terminarán en una cama redonda unos cuantos con ella. Gula es su archienemiga. No soporta que haya gente gorda en su cama. Y la insulta mucho. En la anterior ocasión hasta se pegaron bofetones y se arañaron la cara. Gula tampoco se queda atrás, no te la pierdas de vista. Menudo genio tiene…
Seguía mirando con detenimiento la pantalla y al margen de una mujer extremadamente exuberante y bella que llevaba puesto un vestido rojo yo no podía ver nada más.
—Mira —señaló con el dedo—, ¿ves esta otra? , justo, aquí, ¡esta! Ella es Gula, la que lleva un vestido tipo saco de color naranja. Siempre está comiendo. Y no siente ninguna vergüenza. Si se descuidan los de alrededor se lo come todo. Normalmente está sentada al lado de Pereza. Esta otra no habla, duerme mucho y no molesta. Pero es como llevar un saco de patatas encima que ni aporta ni se emociona con nada. Es la nada más absoluta. Pereza es casi trasparente, puedes verle las venas en las manos. Su compañía es peor que el vacío. Normalmente viste de azul cielo o blanco. Pero hoy se ha puesto un vestido negro noche para pasar más desapercibida y supongo que dormirse en cualquier sofá de algún reservado sin ser molestada. Estar con ella es desquiciante. Es saber que estás sola en compañía y que siempre te dará la razón como a los tontos. Puedes enloquecer con Pereza. Aunque disfrace tu mundo de paz en un principio, al final te asfixia su falta de motivación y sueños.
—Vaya, realmente los conoces a todos muy bien. —Y le esbocé una sonrisa.
—Y aquí está Envidioso. Hoy se ha puesto de color verde. Es muy amigo de Soberbia, ya te lo dije antes. Casi diría que podrían ser hasta amantes. Se entienden a la perfección, ríen mucho y comparten todas sus maldades divinamente. Se nota que están compenetrados. Emanan eso, casi perfecto, que emanan los enamorados… No sé, magia… Pero en su caso una magia tóxica.
—¿Y esta? —pregunté señalando con el dedo—: ¿Quién es la que lleva este vestido estrecho con tonalidades de color fuego?
—¡Ah, sí, localizada!, esa es Ira. Simplemente busca la destrucción más absoluta de todo. Nunca está conforme con la realidad. Nunca está conforme con las opiniones ajenas, por sistema a todo le encuentra el lado feo. Es terrible mantener una conversación con ella. Solo se escucha a sí misma. Y para explicarme, si no sabes jugar, se enfada. Si juegas, también se enfada porque no sabes jugar como ella. Si juegas a su juego, te hace trampas, y si consigues hacerle trampas tú, definitivamente te mata. Salir de la ira sin lesiones medulares es muy complicado. Por eso es mejor no entrar en flirteos con ella.
—¿Y sabes cómo son todos?
—Sí.
—¿Pero cómo los puedes conocer hasta ese punto? Si solo los ves una vez al año.
— Soy muy observadora, lo escribo todo aquí, en mi cuaderno de notas.
—Antes has dicho que no se los puede mirar a los ojos.
—Eso es…
—¿Por qué?
—Porque les abres la puerta de tu alma.
—¿Cómo es eso?
—Entran por ahí. Pero sobre todo, porque ellos tienen sus reglas. Y aprovechan que bajas la guardia y te ríes mientras los miras fijamente. Ese es el momento para entrar en tu cuerpo. Cuando estás relajado y confiado. Entonces te demonizan.
—Yo los veo muy normales, la verdad —dije encogiéndome de hombros.
—No lo son. Espera que lleguen las doce. Se quitan sus trajes humanos y empieza su verdadera fiesta. Soberbia se convierte en un pavo real con un espejo colgando. Ira nos enseña sus colmillos afilados, sus verrugas y sus pelos en una cara amarilla y huesuda. Gula se convierte en una especie de células madre gigantes a punto de reventar. Lujuria se llena de serpientes y agujeros. Envidioso se convierte en un pez enorme que arrastra una mucosa verde. Y así te podría describir uno a uno, pero vamos, que me están dando ganas de vomitar. Yo, en ese punto, apago la cámara y que Dios nos proteja.
—¡Hala… Qué alucinante! ¿Podría verlo yo? ¿Y hasta qué hora es la fiesta?
—No. Definitivamente no. Es repugnante. Solo ellos disfrutan así. En cuanto a la hora del cierre es a las seis de la mañana. Pero no lo sé. Depende del día. Unas veces a las cinco, otras a las seis y media, lo que sí tienen claro es que no se quedan hasta que amanece. Se colocan otra vez los trajes humanos y salen uno a uno delante de mí como en un desfile, saludando, con la manita mal colocada o un ojo caído, o la peluca como un sarmiento, y no recogen ni los abrigos.
—¿Y eso?
—No, no los recogen, en serio, salen tan acalorados y borrachos que ni se acuerdan. Así que al día siguiente tengo que colocarlos en el patio y quemarlos. No puede quedar ningún resto. Ah, no te lo he dicho. A todos los monstruos les encantan todos los tipos de drogas.
—Ya me imagino. Si es que tiene que ser muy fuerte lo que pasa ahí dentro. Y cambiando de tema, tú ¿cómo has llegado hasta aquí? Me refiero a por qué tienes este trabajo. Esto es lo más extraño que he vivido nunca. Aquí, en una urbanización cerca del mar. Ni podía imaginarme que pasaran estas cosas.
—Bueno, este sitio es muy especial. En principio, está definido como el Fin del Mundo en los mapas. Es mágico y ancestral. Tiene mucha energía negativa. Es muy propicio a estos encuentros. Y no son los únicos. Hay otras ligas similares, de brujas, políticos, etc. Los monstruos no son una excepción, lo que pasa es que la gente normal, me refiero a los humanos, no lo saben. Para poder trabajar aquí tuve que pasar las siete pruebas capitales. Durante un mes los dejé habitar a cada uno de ellos en mi cuerpo. Te he dicho que tienen sus reglas. Nunca pueden habitar dos monstruos el mismo cuerpo a la vez. A cambio, tengo un trabajo y gozo de su protección porque nunca más volverán a poseerme.
—¿Perdona? ¿Cómo es eso? —pregunté estupefacta.
—Lo dicho, durante siete meses los siete pecados capitales uno a uno fueron habitándome. Cada mes uno diferente, claro está. No recuerdo nada de lo que hice o dije durante esos meses porque se encargaron muy bien los unos y los otros de resetearme entera. Así que me dejaron sin sentimientos ni pasado. Y sin dolor, afortunadamente. Ninguno de ellos volverá a hacerlo. Jamás. Ya pagué un caro peaje. Único en la vida.
—¿Y entonces? ¿Entonces ahora qué eres, me refiero, en qué te has convertido?
—En Soledad. Eso es lo que queda cuando ya no hay ningún monstruo dentro.
—¿Eres feliz?
—A ratos. Es un estado complejo. Puedes estar maravillosamente bien y sin saber por qué sentirte extrañamente mal. Al principio duele un poco pero luego te acostumbras. Y te puedo asegurar que es lo mejor que le puede pasar a un ser humano. Vivir tranquilo con su soledad después de haber convivido con todos los monstruos y conseguir que se marchasen fuera uno a uno, dedicarse a quererse a sí mismo, a vivir por y para sí mismo. Egoista dejó mucho dentro de mi Soledad. Y entonces, ¿qué has aprendido, muchacha? —me preguntó dándome una palmadita en la espalda.
—¡Que estás majara! —dije sonriente y guiñando un ojo.
—No, en serio, ¿qué has aprendido?
—¿Que los solitarios son supervivientes de los monstruos capitales?
—Sí, perfecto, pero también, y esto te lo digo yo, que son los más tristes porque ya no tienen ninguna emoción dentro.
—Bueno, visto así, si tú lo dices… —suspiré levantando los hombros, después miré el reloj negro gigante del vestíbulo. Eran las doce. Sentí un picotazo profundo en la base del cráneo. Los ojos se me cerraban pesadamente, como un sueño inesperado, profundo, extraño, quizá una droga, y le pregunté—: ¿Te importa que me quede aquí a dormir?
—Anda, ven, métete debajo del mostrador. Te echaré un abrigo por encima.
A la mañana siguiente la alarma de un móvil olvidado sonó en algún sitio del local. Desperté y no quedaba nada allí: ni televisión de plasma, ni abrigos, ni gente monstruosa. Solo un extraño olor a hipoclorito y piel quemada en una mezcla hedionda. Me incorporé y comprobé que la mujer del ropero tampoco estaba ya. Me levanté pero no me levanté. Me refiero a que mi cuerpo seguía allí acurrucado, como congelado. ¿Qué acababa de pasar? No comprendía nada. Quizá estuviera drogada…Tenía que salir pitando a casa. Un único pensamiento de preocupación por si mi madre había regresado del hospital y no me había encontrado en la casa me invadía y una extraña sensación de ligereza. Debía escribir esta historia antes de que se me olvidara algo y pese a que nadie me creyese. Todo aquello sucedió. Antes de cruzar la puerta del garito para salir, me giré y me miré en un espejo del hall pero ya no era yo.
Esta entrada se publicó por primera vez en SURCANDO EDICIONA

 

 

 

 

SECCIÓN HOY COLABORAZIONO: MARTÍN CONSUEGRA

SECCIÓN HOY COLABORAZIONO: MARTÍN CONSUEGRA

Es para mí un honor haber compartido esta colaboración con uno de los escultores que más respeto y admiro:  Martín Consuegra. De su escultura “HERMES” , y mi relato “¡VAMOS!”,   os invito , a sentir estas dos miradas diferentes que hoy se han dado cita.

¡VAMOS!
Me voy en tu barco, José, ese barco que me enviaste hace dos años sin saber que lo necesitaría tan pronto. Ese barco oxidado pero robusto y fuerte. Emprendo el viaje para cruzar el Mississippi, el río más ancho, sucio y profundo del mundo.
No quiero equipajes, ni libros, ni películas, ni mierdas materiales que lastran. Quiero ir ligera, lo suficiente: crema, agua, comida, y unas manos para sujetar fuerte las velas y unos zapatos antideslizantes para no caer, y un impermeable amarillo en el que resbale la locura del más loco, y un corazón biodegradable para olvidarme de los malos, y algo de borrado RAM, para olvidar todo lo que duele sin que sea perjudicial para el medio ambiente ni para mí.
Eso es: elevar el ancla y zarpar.
Me permito una sola licencia. Partir con mis amigas: llevar de compañía  a las “Ocho mujeres fuertes” citadas en el Antiguo Testamento: Maria la profetisa, Débora, Jael, Sara, Ruth, Abigail, Esther y Judit. Esas que rodean el Camarín de la Virgen de Guadalupe donde he pedido tantas veces, y que desde tan lejos velan por mí. Quiero traerlas, aquí, ahora, conmigo. Que sea María la que me haga cantar y reír al son de su pandereta. Deborah quien equilibre mi balanza de la injusticia. Jael la que me brinde valentía e inteligencia. Sara, la que me brinde esperanza. De Ruth aprenderé  la humildad; de Abigail la sensatez para manejar su matrimonio para el próximo intento; de  Esther, la prudencia, la estrategia, la falsa sumisión (sí, preciso esto,  que para eso hay que tener talento), algo de su belleza,  ya de paso, que los años no perdonan…  Y como me encanta Esther, le pediré  también un poquito de su  discreción, lealtad y guardar las formas.  Y, ¿Judit? , sin duda de ella fuerza y el don de la batalla.  Todas ellas me acompañarán en el viaje, me darán la suficiente confianza para enfrentarme sola al enemigo y liberar a mi cuerpo del yugo de la obediencia y de las cadenas. A ella también le pido  la fe. Para no morir en el intento. Todo eso y nada más.
No tengo prisa por llegar, quiero aprender muchas cosas durante el viaje. La primera: escuchar. Ya ves, Jose,  llevo la mejor compañía en mi corazón y deseo por fin cruzar al otro lado, al lado de la risa. Con cincuenta y cinco años  y ya he cometido setecientas cincuenta y seis  veces los mismos errores. Me he caído en las mismas piedras y las he retirado, y como por arte de magia han aparecido otra vez trescientos  días después en otro sitio. ¿Qué cómo las reconozco?  Porque las hago marcas para identificarlas. Pero vuelven al camino…
Sólo espero una cosa. Llegar renovada, sonriente, poderosa, y abrazar a los míos, —que mucho más listos, ya llegaron a Jauja, que se encuentra al otro lado del Mississippi, hace tiempo—,  que me esperan impacientes en la orilla para continuar juntos la vida. A nuestra manera, como dice la canción…  Y sin que nadie nos marque ni el ritmo ni el paso ni la senda a seguir. Absolutamente libres.
Suelto amarras, miro al horizonte, y sonrío. ¡Allá vamos, compañeras!
Más información sobre su trabajo en:

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