SECCIÓN HOY RECUPERO: MICROSEGUNDO.

SECCIÓN HOY RECUPERO: MICROSEGUNDO.

Ese momento al final de nuestra noche cuando te vistes y te marchas sin besos, ni despedidas, ni compromisos ni mentiras…Me levanto y desde la ventana observo cómo te alejas. Ese microsegundo en el que decides girar la cabeza buscándome, sólo ese, hace desaparecer todas mis dudas:volverás a buscarme. Todavía sí. Esa es mi única certeza.

SECCIÓN HOY ESCRIBO. PASIÓN POR LAS UTOPÍAS.

SECCIÓN HOY ESCRIBO. PASIÓN POR LAS UTOPÍAS.

JUGANDO:  Propongo una frase que tenga que ver con las utopías y trabajo cuatro ideas.

Definición de utopía ( RAE):

  1. Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización
  2. Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del ser humano.

Frase de salida:   Hay que volver a tener pasión por las utopías…porque sin utopías la vida no es posible. (Leo Bassi)

 

IDEA 1:

Utopía, utopía, utopía, depósitos, avales metálicos, recursos y ejecutiva, aplazamientos, gastos, contabilidad, rústico, urbano, etc. Hay tantas utopías posibles… Puntualicemos, por favor: hemos de aportarle a nuestra vida un sueño (cuanto más grande mejor) y aprender lo que es la integridad. El orden  de estos dos sumandos no altera el producto, en muchos casos, lo empuja hacia delante, hacia arriba, hacia la pasión de sentirse importante o vivo o ambas cosas. Hasta que llego yo y confundo términos y me creo por encima del bien y del mal. Y me pillan.  Me dan ganas de partirle la cabeza  al imbécil que me habló por primera vez de las utopías. Gracias a él ahora estoy en la cárcel.

 

IDEA 2:

En frente de mi casa hay dos calles que se cruzan. Por la derecha se aproxima vertiginosa, llena de escaparates de capotas rojas y multitud de geranios blancos; la Calle Pasión.  Por la izquierda un poco remolona, con varias curvas, badenes, semáforos, mucha circulación de vehículos y personas; la Calle Utopía.  En la intersección se encuentran y se saludan. Mi barrio siempre tiene el cielo blanco y da un aspecto de lugar limpio y tranquilo. Pero yo diariamente veo accidentes en ese cruce y ya casi nunca me acerco a la ventana. Kilos de ansiedad…

 

IDEA 3:

Si ya, si ya, si ya me lo decía mi madre, y mi abuela, y mi prima hermana, y la Pili (que de eso sabe mucho), y mi amiga Paloma, y mi vecina, y la del bar de abajo que es una cotilla integral y en general, todas las mujeres me lo han recordado en los últimos diez años: que si yo quiero ser madre, puedo.

No sé… no sé… la cosa no resulta tan fácil: con casi cuarenta años, un novio que me deja por otra (veinte años más joven), un montón de amigos  sin ganas de colaborar en la causa explícita de la fertilidad, no mucha pasta en el bolsillo para una inseminación artificial… Un panorama para morirse.  Pues no, voy a echar una primitiva y después me compro un vestido nuevo.  Decidido; hoy  me llevo al más guapo que me cruce  en el camino a mi casa y se lo digo alto y claro: “Quiero un hijo tuyo”.

 

IDEA 4:

Si volver es: “Dirigir, encaminar algo a otra cosa, material o inmaterialmente”; lo que implica que hay otra realidad distinta  a donde poder dirigirnos. ¿Cómo puedo significar  a la vez  “Poner o constituir nuevamente a alguien o algo en el estado que antes tenía?

Si pasión es: “estado de padecer”, “lo contrario a la acción”; ¿Cómo puede ser a la vez “apetito o afición vehemente a  algo”?

Con tanta confusión lingüística y caos semántico, el análisis de utopía pierde de golpe para mi importancia. Digamos, sólo, que la vida, mi vida “siempre” es, será mejorable. Una única frase. Un único sentido. Mejoremos pues.

SECCIÓN HOY RECOMIENDO: SOLEDAD DE JORGE DREXLER

SECCIÓN HOY RECOMIENDO: SOLEDAD DE JORGE DREXLER

 

Jorge Drexler, habla de Soledad en su álbum  12 segundos de oscuridad, canta una canción preciosa junto a  María Rita

Cuya letra dice así:

Soledad
Aquí están mis credenciales.
Vengo llamando a tu puerta.
Desde hace un tiempo.
Creo que pasaremos juntos temporales.
Propongo que tú y yo nos vayamos conociendo.

Aquí estoy.
Te traigo mis cicatrices.
Palabras sobre papel pentagramado.
No te fijes mucho en lo que dicen.
Me encontrarás.
En cada cosa que he callado.

Ya pasó…
Ya he dejado que se empañe.
La ilusión de que vivir es indoloro.
Qué raro que seas tú
quien me acompañe, soledad
A mí que nunca supe bien
Cómo estar solo…

Soledad
Aquí están mis credenciales.
Vengo llamando a tu puerta.
Desde hace un tiempo.
Creo que pasaremos juntos temporales.
Propongo que tú y yo nos vayamos conociendo.

 

Jorge Drexler habla de la soledad exactamente como yo la siento, por eso me estremece oír esta canción.

Para los que deseen escucharla, este es un enlace más de los que están por youtube:

 https://www.youtube.com/watch?v=oNLJN62iKlc

Y, sinceramente, hay tantas canciones bellas a lo largo de su discografía que elegir esta ha sido dificilísimo.

  • La luz que sabe robar(Ayuí / Tacuabé a/e109. 1992)
  • Radar(Ayuí / Tacuabé ae137cd. 1994)
  • Vaivén(Virgin Records España. 1996)
  • Llueve(Virgin Records España. 1997)
  • Retrato de una mujer con hombre al fondo(1998)
  • Frontera(Virgin Records España. 1999)
  • Sea(Virgin Records España 8104972. 2001)
  • La edad del cielo(2004)
  • Eco(Dro Atlantic. 2004)
  • Eco²(incluye 3 bonus tracks + DVD. Dro Atlantic. 2005)
  • 12 Segundos De Oscuridad(Dro Atlantic. 2006)
  • Cara B(doble directo + DVD. Dro Atlantic. 2008)
  • Amar la trama(2010)
  • n(EP. Warner Music. 2013)
  • Bailar en la cueva(2014)
  • Salvavidas de hielo(2017)

 

 

SECCIÓN HOY ESCRIBO. INVOLUCIÓN

SECCIÓN HOY ESCRIBO. INVOLUCIÓN

INVOLUCIÓN

Un día  te despiertas y al mirarte en el espejo descubres que se te ha caído la cara. Es un efecto extraño. Todo está en su sitio, excepto que el mentón ha aumentado un centímetro. Parece tu cara pero no lo es. Has convivido con ella durante cincuenta años y ahora no te reconoces. Casi los mismos ojos, la nariz, la boca, pero el conjunto resulta ajeno. Tocas tus párpados, tus cejas, estiras los pómulos y lloras.

—Cariño, esto es terrible. Ha ocurrido —dices con una lenta y lastimosa caída de ojos.

—¿Qué, qué te pasa? El “cariño” está a tu lado afeitándose, levanta la ceja, te mira y advierte: «No es para tanto, nena. Vamos madurando.»

Pero tú estás segura que esa no eres tú, y su opinión ya no te resulta tan importante, te mira pero no te ve. Sin embargo hace bien el papel intentando consolarte: «No llores, anda, píntate un poco y péinate con ese moño tan bonito que sólo tú sabes hacerte, ya verás cómo te ves mejor.»

Puedes estar dormida, tener un mal sueño.  Te pellizcas, pero no, palpas otra vez la cara y comienzas la rutina matinal sin prestarle más importancia.

Desayuno, cigarrillo, te vistes, te rehabilitas con maquillaje la fachada del rostro y te marchas al trabajo. Por la calle observas cómo te mira la gente. Estás paranoica. No, no lo estás. De todos modos, sacas las gafas del bolso y te las pones; a las ocho de la mañana no hace especialmente sol, pero no lo soportas, no soportas esas miradas clavadas en tu cara gravitada. Horror, tu vecina, se cruza contigo en la esquina.

—¡Hola,  buenos días! —dices pareciendo vital.

—Hola, oye, pero, ¿qué te pasa? —te pregunta.

—No, nada.

—Espera, ¿estás enferma?

—No, no te preocupes. Tengo prisa, llego tarde, luego te veo.

—Chica, no sé pero…, te noto algo raro. ¿Estás bien?

—Sí. Luego te llamo —afirmas contundentemente sin parar y sin mirar atrás. No te convence tu respuesta, sabes que algo te pasa. Ni siquiera puedes explicar el qué pero ella te conoce perfectamente.

En diez minutos llegas al trabajo. Te sientas  y la silla vence más de la cuenta. Es una silla de oficina hidráulica. Reviento el botón del pantalón. Vas al baño. Comienzas a sudar. Necesitas volver a mirarte en el espejo.  Estás asustada.  Vuelves a verte horrible. No. Todavía más horrible. Lloras otra vez. Tus ojos se han vuelto tristes, opacos, y la sonrisa está horizontal, fuerzas la curvatura con los dedos índices sujetando los labios hacia arriba, sueltas. No se mantiene. Esa imagen del espejo, definitivamente, no eres tú, no es tu boca. Vas a vomitar. Abres la puerta del aseo  y la cierras de un manotazo. Te precipitas sobre el inodoro y efectivamente, vomitas. Te limpias, te limpias con el papel, te incorporas y sientes un ligero mareo. Bajas la tapa y te sientas. Tocas la costura de los pantalones y compruebas que se ha reventado por el culo también. ¿Qué está pasando? Y, ¿por qué a ti? Levantas tu camisola de verano y compruebas que las tetas han disminuido y se han caído, mientras que tu cintura ha desaparecido formando una masa compacta entre el pecho y la cadera que se precipita hacia el suelo.

Decides no volver a mirarte en el espejo. Empiezas a sudar mucho. Y crees que es un mal sueño. Despertarás. Empiezas a rezar. Te lavas la cara y las manos en el lavabo y sujetas el pelo con una coleta. Vuelves a tu puesto de trabajo y haces ejercicios de respiración. Dos minutos y un sol resplandeciente. Reinicias tu ordenador que está dando problemas de arrancado y cuando empiezas a trascribir la carta del Jefe de Sección para el Jefe de Servicio, compruebas que tus dedos se están hinchando y acortando. Te levantas y pides a tu compañera que se ponga a tu lado. Estás histérica. No te entiende. Tras una solicitud mucho más agresiva, termina acercándose a ti.

—Por favor, Encarna, ponte a mi lado. —Encarna es la mejor persona del mundo, la mejor compañera, amiga, confidente, estupenda persona que te aguanta cada día.

—Voy, espera.

—Que te pongas a mi lado.

—¡Jo, como vienes hoy! Ya, aquí me tienes.

—Mira mis manos, mira mis brazos, mírame. ¿No lo ves?

—¿No veo el qué?

—Pues esto: observa mis brazos, me están creciendo, compara tus manos y mis manos,  dedos me están engordando y acortando.

—Estás diciendo tonterías. Es el calor, que agota los cerebros. Oye, yo no veo nada. Deja de preocuparte ya. Cógete el día. Véte a casa.

—No, no puedo permitirme el lujo de pedirme el día. No tengo más días de vacaciones. Sólo me quedan tres y los tengo que usar en Navidad con los niños.

—Pues relájate ya, ¿vale? Estás un poco más hinchada de lo normal, estás nerviosa, quizá por la menopausia, pero no pasa nada. De verdad. Confía en mí. Todo está bien.

Vuelves a sentarte en tu escritorio y sigues trabajando durante las siguientes tres horas. Cada vez te resulta más difícil concentrarte y seguir leyendo la carta. Casi no puedes escribir sin mirar las letras en el teclado. Todo tu mundo se empieza a desmoronar.  Te levantas, te estiras, pero al intentar incorporarte compruebas que tu espalda ha adquirido esa postura encorvada característica de los primates. Ya has comprendido algo: ¡Estás alucinando! Acabas de darte cuenta. Esas cosas no pueden estar pasando, y no a ti, y menos en ese lugar. Esas cosas no pasan.

Decides ir al office para beber agua fresca y tomarte  algo. Abres el refrigerador  y ves un poco de fruta. No sabes de quién es pero de repente te ha surgido un apetito atroz. Te la comes a mordiscos y lo dejas todo perdido. Tus compañeros te reprenden pero tú no sabes qué decir.

Mientras limpias y adecentas un poco la mesa, te ves reflejada en el cristal ahumado de la ventana. No tienes cuello. Tu cara y tu tronco son lo mismo. Una prolongación de carne, pareces algo así como un besugo con pelos.  De repente tienes ganas de dormir, buscas un lugar tranquilo y oscuro y lo encuentras en el sótano, donde está el archivo. Allí te quitas la ropa que te oprime   y te tiendes encima de unas cajas de cartón donde se acumulan expedientes de años anteriores, simulando una pequeña camita.

Has perdido la noción del tiempo. Quizás duermas dos, tres o incluso cuatro horas y sólo las ganas de orinar te despiertan.  Lo haces allí mismo, en cuclillas.  Decides salir al mundo.  Ves un ascensor. Sabes que es un  ascensor y pulsas la tecla cuatro. También sabes o recuerdas qué significa cuatro. Regresas a tu puesto de trabajo.  Al llegar a la planta y abrirse las puertas saltas al rellano. Eres el centro de atención y comienzas a oír algunas risas.

Alguien dice: ¡Venid, venid todos. Mirad lo que acaba de llegar!

La Chica de la limpieza corre hacia ti con una escoba en la mano.

El Chico guapo de la recepción le corta el paso y le increpa: «Ni se te ocurra. »

—¿ Pero qué hace aquí esta mona?— pregunta la recepcionista.

Quieres hablar, pero sólo articulas algunos gruñidos enfurecidos.

—¿Una mona?¿ Me he convertido en una mona? —piensas resignada. En el fondo ya lo veías venir. Observas tu envergadura y compruebas que durante el sueño te ha salido pelo por todo el cuerpo y la cara, y que la goma de tu coleta se ha caído. Eres una mona divertida con las uñas pintadas de rojo y unos pendientes brillantes. Pero una mona al fin y al cabo.

—¡Qué graciosa es! Mira, lleva bragas y sujetador. —apunta uno de mis compañeros de suministros riéndose. No se puede ser más tonto…

—No sé para qué, —dice otro.

—Tal vez sea una broma de la ex mujer del jefe. Dicen las malas lenguas que ahora tiene una novia muy morena y con pelos hasta en las tetas.

—¡Ala, tío, no te pases…!

Corres hacia la única compañera que reconoces. Correr con tacones es difícil, te caes, y al incorporarte lo haces apoyando los nudillos de las manos. Prosigues en esa postura más animal que humana hasta llegar a tu meta. Ves al jefe. Recuerdas esa relación jerárquica, casi como si fuera un amo que te diera de comer.

—¿Pero qué es este revuelo? —pregunta el jefe, mirándote directamente a los ojos. Le miras, le coges de la mano, se la pones en tu cara. Haces un esfuerzo por explicarte:« U. U. Te tocas el pecho y sólo salen sonidos guturales.»

—Y, ¿esta mona? Voy a despedir a quien la haya traído.  Lo juro.

—¡Sofía! —grita furioso mirando alrededor y buscándome. ¡Sofía1, ¿dónde está Sofía? No la he visto en toda la mañana… —pregunta finalmente dirigiéndose a su compañera Encarni.

Y tú, que reconoces ese nombre, vuelves a golpearte en el pecho y te acercas a él. Yo, yo, yo, —piensas—, pero sólo puedes decir:  U,U,U. Sonidos furiosos. Nadie te  comprende.

—Llamad ahora mismo a la Protectora de animales y que se lleven a esta pobre mona de aquí. ¡Qué mal gusto por Dios Santo!. Estoy esperando al Presidente para una reunión a las cinco. Pero, ¿dónde coño está Sofía? Gestiónalo tú, por favor, Encarni. —le ordena a la otra mujer.

Ahora comprendes que eres una mona, te sientes mona por dentro y por fuera.  Sólo tienes que resignarte. Ya no tienes que hacer nada mas. Sólo esperar a que te laven, te limpien y te den de comer en un zoológico. Los ojos tristes de los monos sólo denotan que no recuerdan, que ya no tienen consciencia.  La involución ha llegado. Y yo he sido la primera… pero ya podéis ir preparándoos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SECCIÓN HOY ESCRIBO: LA HABITACIÓN

SECCIÓN HOY ESCRIBO: LA HABITACIÓN

“Más que la de ser un lugar habitable, para mí la literatura cumple la función de las puertas, incluso existen puertas tan amplias que pueden inventar habitaciones.”  Andrés Neuman. El equilibrista.

 

La habitación

Un día de agosto de dos mil siete vi un anuncio en el periódico local: “Alquilo un pequeño apartamento en el Casco Histórico de Toledo. 50m2. Una habitación. Sin calefacción. Necesita reformar. 100 euros al mes. Urge alquilar”.

 

La curiosidad me abrazó desde el mismo momento que lo leí. Necesitaba verlo. Había algo extraño en este anuncio. Llamé al teléfono y me contestó un hombre de avanzada edad, un poco sordo y tartamudo. Después de mucho esfuerzo, conseguimos concretar la visita  a las seis de la tarde. Sólo  esperaba que aquel señor hubiera entendido bien la dirección: Plaza de San Justo. Curiosamente, los dos nos llamábamos Pedro. Esa era nuestra consigna para reconocernos.

 

Cuando apareció, descubrí que era  todavía más mayor de lo que me pareció por teléfono.  Le ofrecí mi brazo  brazo para apoyarse al caminar. Iba contando en voz baja: ciento treinta seis pasos, dos escalones, tres tropiezos, dos alcantarillas y tres imbornales,  después, un  giro inesperado  a la izquierda, y un callejón. Aquí, dijo. Entonces,  abrió su abrigo y sacó una llave de hierro antigua que llevaba colgada del cuello. Buscó la cerradura  a tientas. Chirriaron las bisagras y tras un breve forcejeó consiguió abrir la hoja. Atravesar el umbral me dio una grima y un no se qué… Yo nunca había visto un  callejón tan triste. Ningún inmueble tenía ventanas. Era estrecho y olía a pis. No podía haber tenido peor suerte. Tenía el aspecto de una casa de servicio o  alguna cochera o caballeriza. No sé, la cuestión es que en algún momento, esto se habitó. Sólo un poco de luz se filtraba por encima de la puerta  a través de un vidrio mugriento. Y me pareció ver algún gato salir despavorido por un hueco de ventilación que había en la fachada.

―No está mal… Necesita una pequeña reforma. ¿Verdad? ―me sonrió.

—Bueno, creo que una gran reforma. Parece que hace un siglo que no vive nadie aquí.

Sonrió nuevamente y  un detalle me llamó la atención. Tenía el incisivo superior derecho roto. En aquel instante, sentí la  curiosidad de preguntarle cómo se lo rompió. Pero no lo hice. Realmente, ¿quién era yo para recordarle algún suceso desagradable? Total, sólo era un pobre viejo.

Me pareció el sitio más  horrible del mundo. Pero no podía decírselo. Por otro lado, pensé que tampoco pedía mucho, y para mí, sólo, sin pareja, sin hijos, y sin ningún oficio remunerado a la vista podría servirme durante algún tiempo con lo que tenía ahorrado.

El hombre era muy educado, y me fue mostrando casi a tientas lo que recordaba. Aquí está la cocina, aquí el aseo, aquí, bueno, aquí hay una habitación que no alquilo. Estará cerrada. Yo vendré de vez en cuando para traerme o llevarme alguna cosa. No te dejaré la llave pero la tengo aquí.  ¿Ves? Y me enseñó una llave más pequeña que colgaba de otro cordel atado al cuello.

Tenía gracia el asunto. Encima me dejaba en prenda una habitación sin derecho a uso.

―Bueno, hijo, ¿qué le parece? Es todo un regalo, ¿no?

En fin, me rasqué la barba en ademán pensativo, fruncí el ceño, pero asentí. Lo cierto es que no tenía nada mejor. Busqué en mi bolsillo el dinero del alquiler y se lo ofrecí.

―No, no se preocupe. Vendré mañana.

―De acuerdo. Si quiere le acompaño.

―No, no, tranquilo. A donde voy, ya me apaño yo.

Así que allí me quedé. Un poco desilusionado, la verdad, pero, como ya he dicho, era lo único asequible en ese momento. Menos mal que Lolita se  prestó a echarme una mano. Lolita, les explico, era la hija menor de mis vecinos de enfrente. Siempre estaba en la calle fumando y así la conocí.  Tenía unos veintidós años y estaba como una cabra.

Con cierto esfuerzo, gracias a la chica, lo que me iba encontrado por la calle y lo que me regalaron conseguí levantar aquel antro y convertirlo en un sitio habitable en poco tiempo.

La cuestión es que aquel hombre no vino al día siguiente a cobrar, ni al siguiente, ni pasado un mes, ni al año. Yo viví esperando a que un día llamase a mi puerta y guardando en un sobre rigurosamente mis cien euros mensuales. Tampoco contestaba al teléfono cuando le llamaba. Y nadie supo darme su paradero.

Lolita me comunicó un día de invierno de  principios  de dos mil nueve  que estaba embarazada y que era mío.  Tener un hijo con treinta años y sin trabajo no era muy  alentador. Pero no tener espacio tampoco. Entonces, pensé más a conciencia en localizar al hombre del anuncio para pagarle y para pedirle que pusiera a mi disposición aquella habitación.

No tengo que decirles, porque ya se lo imaginarán, lo terrible que es vivir en un sitio con una habitación cerrada en la que no sabes qué hay. Se pasan por la mente mil y una gilipolleces. Incluso, en sueños puedes imaginarte etéreo y verte atravesando la pared para tocar grandes tesoros, o encontrarte una lámpara mágica a la que pedir cien deseos, o, a la contra, que allí se guardan niños descuartizados o instrumentos de tortura. Vivir sin luz y sin aire, vamos, como una rata, tiene estos pequeños inconvenientes mentales.

Puse un anuncio en el periódico buscando a mi casero pero, claro, con tan pocas explicaciones. Ni idea. Sin noticias. Pregunté por el barrio pero allí tampoco nadie sabía nada. Nunca habían visto nadie entrar o salir de aquella casa.

Luego fui al registro de la propiedad y pedí una nota simple. Resultó, que aquel inmueble estaba a mi nombre. Se me congelaron las entrañas.

Pedí un histórico de propietarios anteriores.  Más de  lo mismo. El Registrador me indicó que siempre había estado a mi nombre: Pedro González Ruiz. Durante los últimos ochenta años no habiéndose realizado ni  sucesiones ni donaciones.

Me mareé. Del golpe me rompí el incisivo superior derecho.

Coincidimos en el hospital Lolita, dando a luz, y yo, despertando de un no sé qué estado de tránsito. Acabo de tener un hijo, qué curiosidad; también se llamará Pedro González, y gracias al regalo de nuestro gran desconocido y por la generosidad de mi Lolita, también le pondremos de segundo apellido Ruiz.

Cuando volvimos a casa, lo primero que hice fue romper la cerradura de la puerta de aquella habitación y tirarla abajo de una patada. Entonces, descubrí, lo inimaginable… Había luz, a raudales, maravillosa luz: era un patio y yo tenía mi pedazo de cielo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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