SECCIÓN HOY ESCRIBO. NIEBLA

SECCIÓN HOY ESCRIBO. NIEBLA

Hace meses, le mandé  este relato a RAFA MIR, sólo para su lectura y me sorprendió con esta ilustración  que me encantó. No estaba muy segura de publicarlo pero finalmente me he animado porque su trabajo captó perfectamente el espíritu reflexivo del relato. Espero que lo disfrutéis. ¿Cuánta niebla hay todavía en tu vida? Te animo a  atravesarla.  No vivas en el miedo.

 

Tíulo de la ilustración: Niebla
Título del relato: NIEBLA CUERPO AMOR ADICTO NIEBLA
Esta es la última vez que voy—eso me digo todos los días—, pero siempre voy. Son las siete, los niños están todavía dormidos y la niebla me llama. Sé que estará allí, esperando en el tercer ciprés, camino del cementerio, arrimado al arcén pero con el camión en marcha, como todas las mañanas, sujetando las dos botellas de cristal de leche, esperando mi recogida.
Una pausa de veinte minutos y cada uno seguirá con su vida. No hay más que eso, sexo y niebla.  En medio de la suspensión de gotas de agua  —que no permiten ver a más de un kilómetro— y el sudor de dos cuerpos desconocidos que se encuentran.
Nadie sabe. El paisaje ayuda…  ¡Cómo cambian las cosas dentro de esa niebla!  No se puede mirar a través de ella, no se ve más allá de nada. Es como un espacio vacío de tiempo—sin pasado, ni presente, ni futuro—  donde protegerse de los mirones, o de los turistas,  o del mundo, donde encontrar el centro de nuestra verdadera existencia. Dentro de ese paisaje nebuloso y opaco, donde mi desorientada alma transita en la búsqueda de otra alma tan desorientada como la mía, a tientas,  en un ambiente que asfixia y entristece antes de, me repito: Esta es la última vez  que va a pasar, me lo repito como un mantra. Y le veo, y me sonríe. Y le sonrío. Y todo sucede sin previo cortejo ni florituras. Sucede nuevamente.
La niebla siempre callada, y nosotros cada vez más locos, reímos. Y nos besamos y pronunciamos las palabras prohibidas, que parecen de verdad… Te quiero, te quiero, te quiero— me dice.  Y yo más—le contesto susurrando mientras le abrazo fuerte. Pero son puro engaño: palabras-mentira.                                                                                                                                                                                                    No importa cuándo y cómo sucedió por primera vez. Ni siquiera sé quién es realmente; si está casado o no, si tiene hijos,  si es un ex convicto o  tiene una como yo en cada parada del camino.  Poco importa, la verdad. Ese encuentro matutino, me permite seguir viviendo con un poco de  esperanza. Seguir mirando mi vida anodina y pensar que algo de emoción la habita.
Tampoco importa mucho como es él. Quizá algo más alto que yo, con la espalda fuerte y cierta barriga, calvo, puede, —siempre lleva un gorro—, con barba de varios días que no pincha y un uniforme color verde oscuro.  Huele a azahar. Sí, a limpio y fresco. Y ese olor me impregna la piel y me dura todo el día.
No sé su nombre. Ni él el mío. Poco importa.  Nos dejamos llevar como animales. Nos hacemos el amor o lo que sea. Sin preguntas ni explicaciones. Sólo al final decimos: Hasta mañana. Y volvemos a sonreírnos.
Y vuelvo más animada y resuelta hacia mi casa para  empezar el día. El día número 4653 de esta esclavitud.
La niebla no tiene pliegues ni atajos, quizá se disipa un poco a eso de las doce de la mañana. La miro a ratos  a través de la ventana de la cocina: mientras desayuno, mientras cocino, mientras friego los cacharros y siento el desamparo entre los cubiertos y los platos y me preparo ese café caliente, cuando vuelven los chiquillos del colegio y abro la puerta para recibirlos, y sigue ahí. Siempre. Ese recuerdo, ese goce de vivir, la conciencia íntima de mi secreto, el asombro de mi libertinaje, y la memoria del encuentro. Todo me ayuda.
Y luego, a eso de las seis,  mi marido regresa de su trabajo. Y puedo olerle mucho antes de que atraviese la puerta, puedo hacerlo.  Y me dan ganas de vomitar. Todo a su alrededor me produce náusea. Su hedor a taberna, su boca de tabaco seca y áspera, sus manos frías…. Voy arrinconándome y haciéndome pequeña. Por no discutir cada día. Por no mover la mierda.  Me limito a contemplarla y a sentir asco. Y a dejar crecer ese abismo negro dentro de mi estómago. Pero no la muevo… Eso creo que es el amor domesticado. Y me dan ganas de gritarle: Dios mío, ¿Pero qué habita en tu alma? No puedes esperar que nuestra vida sea esto. No deberías permitirlo… Mírame, mírame con el corazón. Con ese brillo de pupilas del primer amor.  Pero no me mira.
Cocino, plancho, ayudo a los niños con las tareas, les baño, les doy la cena, les cuento un cuento, son tan pequeños…  Y él  permanece en el sofá viendo la televisión,  ajeno a mi trajín continúo como  un amo tranquilo y orgulloso de sus confines.
Y cierro los ojos y pienso en la niebla. Eso sí me reconforta. Y deseo que sean nuevamente las siete de la mañana. Y encontrarme con el monstruo del placer, redescubrir los sueños de mi universo subterráneo y dejarme hacer y encontrarme o perderme más bien,  durante veinte minutos. Todo eso y nada más. Respiro largo y profundo. Me siento eléctrica.
Ayer, mientras limpiaba el salón escuché una frase en la radio: Sólo los valientes atravesaron la niebla y desaparecieron. Y eso fue el detonante de todo.
Ya he dicho que esta es la última vez que voy al encuentro del lechero.  He dicho y he escrito. Y yo hablo poco y escribo lo justo.  Esta misma mañana voy a dejarle  una carta de despedida a mi marido donde le explico que ya no aguanto más. Que mi vida  en esta granja es tan triste como los tejados desvencijados  y que me marcho, que voy a atravesar la niebla para no volver nunca. Quiero dejar atrás este tiempo muerto. Y que no nos busque, porque ya estaremos en el otro lado, en la luz.
Encontraré un lugar donde será posible el milagro de la verdad,   donde pueda vivir a mi manera,  en medio de un  silencio esencial o del más insoportable de los ruidos—ya veré que me interesa cuando llegue—,  donde encuentre de nuevo el amor naciente,  o no lo encuentre nunca más y  en definitiva: me sienta viva. Dejaré atrás las pesadillas, esta distraída  existencia superficial y descontrolada,  este sin sentido. Me da igual lo que tarde en llegar a ese nuevo hogar, pero no me perderé nuevamente: saber lo que quieres en la vida  tiene esa ventaja, que ya no naufragas sino navegas.  Ahora me siento fuerte, me siento faro brillante que ilumina mi vida y la de mis hijos. Y el cielo es mucho más profundo de lo que imaginamos, pero eso tampoco importa.  No tengo miedo. Ya no.
—¡Avancemos, hijos,  a través de la niebla!,  ¡Nos vamos! ¡No miréis atrás!
Datos de contacto de Rafa Mir:
::twitter: @rafamir70
SECCIÓN HOY ESCRIBO: CASUALIDAD&SINCRONICIDAD

SECCIÓN HOY ESCRIBO: CASUALIDAD&SINCRONICIDAD

Foto realizada por Araceli Capuchino.

ESTAR EN EL LUGAR ADECUADO EN EL TIEMPO PRECISO. CASUALIDAD& SINCRONICIDAD

Recibir un mensaje de whassap de una amiga con esta foto es un regalo que me hace sonreír. Que se acuerden de ti al verlo, que se esfuercen en parar el coche, bajarse y tomar esa instantánea con el móvil, eso no tiene precio.  Gracias mil.
 
Y en derivada, quiero hablar del momento casualidad. ¿Qué hay de verdad en eso de estar en el sitio adecuado en el momento preciso? Todo es  relativo y lleva puntos suspensivos. Tengo claro que toda búsqueda supone un esfuerzo, el buscador lo sabe, por eso siempre está en alerta activa. Nada llega por azar. Podríamos indicar que hay encuentros en primera y segunda persona que podrían parecer fruto de la casualidad, pero no es así; nada sucede por casualidad. Y, ¿qué escriben otros pensadores sobre este tema para iluminarme un poco?:
 
Jorge Luis Borges escribió sobre los seres que llegan a nuestra vida: Habrá de los que se llevarán mucho, pero no habrá de los que no nos dejarán nada” Y es que Borges opina, al igual que yo, que todo el mundo llega para dejarte un poso y llevarse algo de ti. Como si fuera un intercambio de conocimientos no necesariamente justo pero necesario.
Mario Benedetti también afirmó: “Somos una casualidad llena de intención”. Entonces, todo, está movido por intención, o lo que podríamos denominar ¿interés?, entiéndase entonces la casualidad con un valor añadido: el lado práctico. ¿Para qué ha llegado esta persona a mi vida?
Julio Cortázar apuntó además: “Y debo decirte que confío plenamente en la casualidad de haberte conocido”. Estaba enamorado y no podía ser de otro modo no dejarse llevar por un sentimiento tan profundo y esperanzador como lo es el amor. Confiaba plenamente en ella, no en la casualidad de haberla conocido, pero la frase le quedó de un  poético…
 
Definiré también la sincronicidad, porque creo que a veces estos términos  se confunden. Veamos ejemplos sencillos:  sincronicidad es eso que pasa cuando estás pensando en alguien y de repente suena el teléfono y es justo esa persona; o  bien  recuerdas un viaje y te salta un aviso del grupo para organizar el siguiente,  o estás organizando un evento y de repente empiezas a ver un montón de  publicidad al respecto. André Bretón nos habló del “azar objetivo” cuando existe coincidencia entre lo que una persona desea y lo que el mundo le ofrece. Y C.G. Jung determinó sobre las sincronicidades que son coincidencias temporales de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no causal. Y que en determinados procesos de transición como muertes, divorcios, cambios de trabajo, etc. las personas son más propensas a las sincronicidades  probablemente por una reestructuración interna causada por la energía de la búsqueda.
 
En evolución, continuando mi encuentro interior, conectándome con el lado espiritual, me gusta mucho más el  término sincronicidad, porque quiero  pensar que llamo al universo y me ofrece una respuesta en la dirección que yo la he pedido. No obstante, os invito, con esta entrada, a que fluyamos dejándonos llevar por la intuición. Y ocurrirán sucesos no presionados que nos llevarán a la magia. ¿Dónde hay que firmar? 

SECCIÓN HOY ESCRIBO. ENCUENTROS

SECCIÓN HOY ESCRIBO. ENCUENTROS

A veces la vida te regala seres con los que hablar el mismo idioma .
¿Y cómo fue? ¿Cómo explicar la simplicidad del momento?
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ENCUENTROS
—¿Podemos sentarnos?, pregunté con cierta suspicacia al ver que  aquella terraza  estaba a tope y tú sentada en una mesa de cuatro tan sola y a gusto. En realidad pensaba que sería una buena  forma de echarte.
—Sí, sí, sin problema. Hay tanta gente… —expusiste invitándonos a acompañarte.
—Pues ya somos tres. Gracias, contestamos.
No nos conocíamos de nada. Y sin embargo nos sentamos y comenzamos a hablar de  la vida como si fuéramos amigas de siempre, de los novios, de los amantes, de los viajes, de la familia  y, sobre todo, de nuestros sueños. Como confidentes anónimos. Creo que eso es lo que hizo que nos desahogáramos. Total, nunca nos volveríamos a encontrar. Estábamos quebradas. Sí. Las tres. Cada una por lo nuestro. Ningún detalle al respecto,  pero portábamos en la mochila cosas gordas:  un cáncer, una madre soltera  con dos hijas  y  ex marido ludópata que la dejó en la más inmensa de las ruinas. Pero esos temas nunca salieron a relucir.  Ni falta que hizo.
Eran aproximadamente las dos de la tarde de un domingo de otoño del año 2016, tal vez finales de octubre. Sonreíamos en la plaza de Lavapiés, en una terraza, tomando cervezas y aceitunas con patatas fritas de bolsa, bajo un sol que nos acariciaba el pelo. Y, por momentos,  parecíamos  tan felices y normales como el resto de la humanidad.
Hay encuentros interesantes en la vida. Atraparlos, guardarlos y cuidarlos para siempre con la alegría de volver a revivirlos, esa es la cuestión. Siempre hay espacios, distancias más bien,  que no nos permiten compartir nuestro tiempo con los seres que amamos. Y siempre hay excusas…  también. Pero por muchas que sean no sirven para romper esos lazos  rojos que por alguna extraña razón una vez quedaron unidos por el destino.

 

SECCIÓN HOY ESCRIBO: QUERIDO DIARIO

SECCIÓN HOY ESCRIBO: QUERIDO DIARIO

¿Cuántos viajes habéis pospuesto a lo largo de vuestra vida?
Y si mañana ya no pudieseis hacerlo, solos, o en compañía de vuestra  pareja, hijos, amigos, etc.
Intenta llenar tu alma cada día de amor y al menos, intenta hacer un buen viaje cada año.

 

QUERIDO DIARIO

 
 
Querido diario:
¿Te acuerdas cuando te dije que quería viajar a Sri Lanka y ayudar a los damnificados del tsunami en el año  2004? Y no lo hice porque acababa de enamorarme perdidamente del hombre de mi vida. Algo tan inesperado que me volvió a pasar cinco veces más en otros medios, con otros hombres.  Tú sabes.

¿Recuerdas cuando te dije que era importante hacer ese viaje a Nueva York y preparar mi primera exposición colectiva internacional junto a Laura y Nacho? Pues tampoco lo hice porque estaba a punto de dar a luz a mi primera hija y me asusté de lo avanzado de mi gestación   y un posible parto prematuro que conforme a mi continúa  ansiedad, sucedió igualmente.

No puedes olvidarte tampoco de cuando quise viajar a tierra  Santa para pedir por  la salud de mi familia.  Y con los billetes de avión comprados y todo preparado nos olvidamos el bolso en el  taxi y no pudimos viajar sin documentación.  Aquello se fue al carajo después de tanta ilusión. Después llegó la mala sangre de recuperarlo todo, y el sin sentido de no querer ni volver a hablar de ese viaje.  Pero para mi era tan importante, casi una promesa. Porque tanto yo como mi hija  superamos nuestra enfermedad.

En el 2014, cuando ya estaba preparada para ir a ver esa final de Eurovisión en la ciudad danesa de Copenhague, una excusa más para ser libre, una excusa para sentir que todavía era dueña de mi vida, falleció mi mejor amiga de cáncer  de pulmón. Perdí tres cosas aquel 25 de mayo: un viaje, la ilusión y una cómplice con quién siempre era yo misma, al desnudo.   Dejé de fumar para siempre.

Querido amigo, he dejado tantos viajes por hacer…  Dicen que el viaje más deseado es aquel que nunca se hace. Que siempre encuentra mil excusas  para posponerlo, o no hay dinero, o no hay tiempo, o salud, o la mejor compañía para hacerlo. Pero esta vez no. He tomado una decisión.  Quiero irme sola.  Como los locos, a la India, un año, y dormir en otras camas, y despertar en otro mundo, beber, caminar y vivir con los justo. Sentir el espíritu de la humildad, de lo sencillo, y volver sana y salva. Volver  para besar  a los de aquí, a los míos. Viajar y regresar. Ya no puedo mentirme más. Necesito serenidad , encontrar el equilibrio o perderme en los desequilibrios, da igual, lo que sea.

 

No quiero sentir como propio, lo que  decía Juan Ramón Jiménez en su poema El viaje definitivo: “Me iré  y se quedarán los pájaras cantando.  Quiero otra filosofía más frívola: Me iré y sentiré que he tenido una vida plena y feliz. Justa y Satisfecha. Honesta y valiente.  Y me importará un pimiento que se queden los pájaros cantando o que llueva café en el campo. Porque yo viví lo que tenía que vivir. Y fui dueña de mis decisiones y de mis errores.



* Aviso al lector: esta narración no es autobiográfica en absoluto, sólo una invitación a viajar más.
SECCIÓN HOY ESCRIBO. UNA LECCIÓN SOLIDARIA: VENTE CONMIGO

SECCIÓN HOY ESCRIBO. UNA LECCIÓN SOLIDARIA: VENTE CONMIGO

Supongo que todos hemos pensado alguna vez qué haríamos si nos tocase la lotería.
Pues puede que la suerte te acompañe. Te invito a reflexionar un poco sobre este tema con el siguiente relato.
VENTE CONMIGO.
Hoy podría haber sido como otro día. Nos vemos, hablamos, nos abrazamos, nos besamos, nos sentimos. Pero no. Hoy no ha sido así. Me ha preguntado  sobre qué haría si me tocase la lotería. Y yo, muy a la altura del lugar donde estábamos tomando un café con hielo, rodeados de alfombras persas, con mármoles de Siria y  la India,  lámparas de cristal de murano y muebles del siglo XIX le contesto que así, a bote pronto,  que me gustaría pasar una noche en el hotel más caro del mundo.
Buscamos en internet y localizamos una selección de hoteles. Nos vamos a los tres  más excesivos: Aquí están nena, me dice. Puedes elegir entre el crucero por el caribe  Oliver´s Travel cuya noche ronda los 140.775 euros y disfrutar del esplendor del fondo marino.
—Sí, ese está bien.  Demasiado caro, pero total, si me toca la lotería, sólo será una noche.
—También  tienes  el Hotel President Wilson, en Ginebra, cuyo importe pude ser en torno a los 65.000 euros la noche, eso sí, en uno de los distritos financieros y de negocio más importantes del mundo.
—¡Uy, no, qué rollazo, rodeados de hombres grises! A mí me gusta más el mar. Definitivamente no. Busquemos otro, le animo.
—Aquí también está el  Hotel Four Seasons, con un interior sofisticado y vistas de vértigo desde la Penthouse. Este, en torno a los 43.654 euros la noche.
—Sigue pareciéndome demasiado caro y aburrido. Sigamos buscando, pues.
—Este podría ser: en Atenas, el Grand Resort Lagonissi, una Royal Villa  está al alcance de tu mano por 37.540 euros la noche. 
—Bueno, quizás, pero sigue siendo muy cara la noche. A ver otro más económico —apunto.
—Este pues, en el Golfo Pérsico. Hotel Burj Al Arab Jumeirah, situado en Dubai. Una demostración del lujo más extravagante. Por la reserva de una Royal Suite, pagarás 14.142 euros la noche—lee en voz alta y con gesto grandilocuente.
—Venga, pues ese. Adjudicado, confirmo. Y tras una pausa le pregunto: perdona, amor: ¿Tú qué harías si te tocase la lotería? ¿Querrías venirte conmigo?
—No, cariño, no, gracias. No haría nada de eso contigo. Estupefacta abro los ojos de par en par. Y le pregunto: ¿Y entonces?
—Pues  entonces, te pagaría ese viaje a ti para que lo hicieras sola, y después gastaría el mismo importe en la FAO, para que ayudara a los 37 países que necesitan ayuda alimentaria externa. Hablamos de comer, reina, de vacunas, de niños que mueren, de asistencia sanitaria. No. No podría gastarme esa cantidad de dinero en lujo y superficialidad sabiendo que hay gente que pasa hambre y necesidades básicas. Definitivamente, haría algo por mejorar el mundo.
Estuvimos callados un largo rato.  Reflexionando…Después nos abrazamos.
—En fin…, le contesté. Aunque si no compramos papeletas, no nos tocará nunca la lotería.  Ese comentario sólo produjo una mueca oblicua en su sonrisa. Lección aprendida. 
—Vente conmigo, amor — hay mucho por hacer.
—Sí.
SECCIÓN HOY ESCRIBO. MODO MAGIA. Relato infantil

SECCIÓN HOY ESCRIBO. MODO MAGIA. Relato infantil

¿ Sabéis cómo es capaz de entrar el ratoncito  Pérez en las casas?  Pues en MODO MAGIA
Os presento este relato que lo cuenta   y la Ilustración de Alex Femenías, ¡magnífica! Espero que os guste.

 

Azeta.

En el cole todos, excepto mi tutora María Jesús, me llaman Azeta. Me cambiaron el nombre después de ver un capítulo de Doraimon, el mejor invento hasta la fecha, en el que salía un niño muy parecido a mí al que también le gustaba la magia y era un superhéroe.
Me gusta que me llamen Azeta…

Moca.

Tenemos por costumbre cenar a las ocho y media, después nos lavamos los dientes, leemos un cuento y a dormir. Mi hermana pequeña, la Moca, siempre pide el de Blancanieves. Y mi madre se lo ha leído una media de  cinco veces a la semana desde que la cambiaron a esta habitación. No lo aguanto más. Esta noche, si viene el ratoncito  Pérez, sólo deseo que el cuento de Blancanieves desaparezca para siempre. Ya me he encargado de escribirle una nota bien grande en la pared.
La Moca es cinco años menor que yo. Ha empezado el cole en septiembre, es graciosa y lleva coletas con lacitos de colores. Todo el mundo la quiere coger y besar en cuanto la ven. Me espanta tanta cursilería. La llamo la Moca porque es peor que una mosca cojonera siempre fastidiándome mientras juego a los agentes secretos de Playmobil; o destrozando mis construcciones de Lego, porque es tan pequeña que no sabe montarlas y se agobia, y me las destroza;  o rompiendo mis figuras de jumping que, para los que no lo sepan, es una plastilina que se solidifica en dos horas. Bueno, pues lo dicho, yo a mi hermana cuando se pone en plan plasta no la soporto. Sé que está mal, pero me enfada mucho, mucho y una fuerza maléfica me obliga a agarrarla de las coletas y tirarla de culo. Pero eso lo hago cuando no está mi madre delante. Y luego lo niego. Pero no sirve para nada porque mi madre sólo cree a Moca. Y yo me siento mal.
Una tarde de cabreo le dije: “¡Déjame en paz, mosca cojonera de mierda!”. Ella se empezó a reír. Sí. Allí, en mi cara. Y repitió despacito: “Mo-ca, soy Moca”.  Desde entonces, claro está, es Moca.
Los dos dormimos en la misma habitación, en una litera de color azul marino. Yo arriba y ella en la cama de abajo. A veces siento que duermo solo porque no la veo. Sin embargo, si me despierto y no la escucho respirar o moverse, me pongo muy nervioso y asomo la cabeza para ver si sigue allí. ¿Y dónde se va a marchar? Si es una miedosa que sólo piensa en el Hombre de la Sombra Negra.
La situación ha mejorado mucho. Antes, cuando era un bebé, lloraba por la noche cada tres horas y mamá tenía que darle el pecho y me despertaba muchas veces. Ahora se toma un vaso de leche con Nesquik calentito, hace un pis, escucha el cuento de Blancanieves y se queda dormida del tirón. Todos dicen que es muy rica y cariñosa. Y sí lo es, aunque me enfade a veces con ella.

 El plan.

Hoy se me ha caído el tercer diente, el incisivo superior izquierdo. Mi madre lo ha colocado en una bolsita de tela y lo ha dejado debajo de la almohada. Me ha dado un beso y me ha dicho que si pensaba fuerte un deseo, le llegaría la onda al Ratoncito Pérez y se cumpliría.
—Ah… Vale. Gracias —sonrío alegre mientras me arropa.
—¡Venga, a dormir!
—Buenas noches, mamita guapa —y le lanzo un beso.
—Buenas noches, pequeños. Os quiero mucho.
Espero un ratito, dos o tres minutos, desde que mi madre cierra la puerta.
—Moca, ¿estás dormida ya?No contesta. Afirmativo. Iniciando la misión.

 

He cogido el detector de presencia de los agentes secretos. Lo activo, lo pongo mirando hacia la puerta. Además, voy a apoyar el perchero árbol  Gorleño para que se caiga si alguien entra. Y el unicornio de mi hermana que tiene una campanilla lo cuelgo de la ventana. Si alguien abre la puerta o la ventana sonarán las alertas y me despertaré. Vale. Ya estoy preparado. Quiero conocer al Ratoncito Pérez. Las dos veces anteriores se me escapó. Pero hoy no. Voy a permanecer con los ojos muy abiertos.

 

Sueño
—¡Porras, me he dormido!
Gorleño me está mirando expectante.
—Bueno, ¿a dónde vamos a ir hoy? —me pregunta.
—Ya sabes que lo que más me apetece es conocer al Ratoncito Pérez.
—Eso es imposible.
—Siempre me dices lo mismo. ¿Y tú qué opinas, Unicornio morado?
—Pues que no es posible porque ahora está trabajando repartiendo dinero a todos los niños del mundo que se les han caído los dientes hoy. Y cuando alguien está trabajando no se le puede molestar.
—¿Y cómo sabe el ratoncito qué quieres de regalo?
—No lo sabe. Por eso te deja dinero para que tus padres te lo compren.
—Pues a Mateo le trajo un super rayo láser de cagarse.
—No digas esas cosas —le regaña Astillo, su compañero de aventuras: el gorleño.
—Vale. Nada de palabrotas.
—Eso es.
—Pero, ¿y qué pasa en las casas donde hay gatos? Siempre dicen que los gatos se comen a los ratones.
—A éste no —puntualiza Unicornio. A Pérez no porque tiene un espray paralizante que los neutraliza y si no lo consiguiera, tiene un botón en la barriga que si lo pulsa fuerte y dice alto la palabra “magia”, se hace transparente. A veces sucede que cuando tiene claro que en esas casas va a haber gatos complicados, directamente entra en modo magia.
—Ah… ¿Y alguna vez algún niño le ha pillado?
—Que yo sepa no. Es muy hábil
—¿Y cómo va de un sitio a otro?
—Pues se teletransporta. Se mete en un anillo sideral de energía luz.
—¿Cómo, cómo? Eso sí que mola.
—Sí, bueno, esto es un poco difícil de explicar a un niño de ocho años. Básicamente es un principio eléctrico muy sencillo. En el origen de las especies parece ser que todos teníamos ese poder. El arma más poderosa es la mente. Pérez es muy disciplinado y está dotado de tecnología casi, diría yo, que  extraterrestre. Pero vamos, para que lo comprendas, es un héroe que se teletransporta mediante un poder mental.
—Jo… ¡qué pasada! Y yo soy Azeta, soy un superhéroe, te recuerdo. Y soy capaz de descubrir cosas asombrosas. Y mi superpoder es la imaginación.
—Pero de Pérez mejor olvídate. Es una criatura que existe en el limbo de la magia. Es un ser inalcanzable.
—Además, aunque lo vieras, ¿cómo podrías hablar con él?, ¿acaso sabes el idioma de los ratones? —le pregunta Astillo.
—No sé… No sé… Ah… pues entonces…  Maldita sea… Veo que no ve vais a ayudar esta vez. No pasa nada, colegas, ya lo conseguiré por mi cuenta. Todavía quedan en esta boca muchos dientes.
Entonces, los tres bajan la mirada y permanecen un ratito en silencio.
—Pues se nos va a pasar la noche y no vamos a hacer nada más que hablar del Pérez éste. Venga, amigos —arranca Unicornio—, ¿qué os apetece hacer hoy? ¿Vamos a la isla de los Piratas o visitamos Mundo Loco o vemos a las Monas Bailongas o a los payasos sin pelucas o a los dinohuevos, o algún minijuego?
Durante un rato se mantienen a la espera de la decisión infantil. 
—Nuevo plan: Esta noche quiero viajar dentro de una serie de dibujos animados.
—¿Doraimon? —pregunta el árbol abriendo un poco el tronco y simulando que saca un invento de un imaginario bolsillo.  El gato cósmico.
Ah, ah, ah, tú siempre ganas… Doraimon —canta Unicornio.
—No, hoy quiero ir al Asombroso mundo de Gambol. Es que es la serie  preferida de Mateo. Y cuando le cuente mañana que he estado allí con Jake el perro y Phin el Humano va a flipar.

Alerta roja, alerta roja, alerta roja… Me despierto. Doy la luz. ¡Ah… Qué fuerte! El detector de presencia se ha activado cuando mi hermana ha abierto la puerta para ir al baño a mear —le cuesta lo del control nocturno—. Tengo el corazón a mil. Pensaba que había pillado al Ratoncito Pérez. Meto la mano debajo de la almohada. Busco. El diente ya no está. Miro en la estantería rosa de tonterías de mi hermana. El libro de Blancanieves tampoco está. Soy el niño más feliz del universo. Miro a Unicornio y Gorleño. Me guiñan el ojo y sonríen. Y escucho una vocecita pequeña y aguda en mi oído derecho, acompañada de una leve presión de patitas en el hombro. Es Pérez, está en modo magia y me dice: “¡Adiós, Superhéroe!”
Me llevo la mano corriendo al hombro para cogerle. ¡Uy, qué rabia! A este no le cazo. A ver el próximo diente… Cada vez estoy más cerca de ti, señor Pérez.
La Moca apaga la luz y se mete en la cama. Todavía son las cinco de la madrugada y me queda un rato hasta las ocho y veinte. Cierro los ojos. Estoy deseando volver a soñar.
 
 
Texto revisado: Mariola Díaz Cano.
La ilustración pertece a Alex Femenías. Más información en: 
https://www.facebook.com/666bloody666
 

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