SECCIÓN HOY ESCRIBO. RELATO DE REYES. NORTWEB

SECCIÓN HOY ESCRIBO. RELATO DE REYES. NORTWEB

No tengo hermanos. Ni sobrinos. Mis padres murieron  hace años y mantengo relaciones abiertas que no van a ningún sitio. Vamos, mi triste realidad: estoy más sólo que la una. El otro día me mandaron al correo electrónico un aviso de Noche de Reyes para Singles; una fiesta por todo lo alto que se celebra en una finca privada. Precio: cien euros. Compruebo las cuentas on line y veo que tampoco podrá ser.  Entonces me apunto a un evento digital: Nortweb, para los desahuciados físicos y emocionales. Una plataforma que invita a tus participantes a chatear durante cinco minutos en directo para ver si encajan o no con hombres y mujeres de todo el mundo. Primer intento: chica inglesa. No tengo ni idea de hablar inglés. Segundo intento: chica gordita. No, tiene cara de buena persona pero no es mi tipo. Tercer intento, acotar búsqueda, España, Madrid. Entonces aparece una chica de ojos azules y pelo negro. Ni dudo: ¡Es la tía buena de mi vecina! Suelto el ratón y salgo disparado hacia su puerta. Soy yo, Marta ¿Quieres cenar conmigo? Y su hijo de cuatro años con ojos azules y pelo negro se agarra a mi pierna.

 

¿ Y tú? ¿ Estás enamorado de alguien que está cerca? ¿ A qué estás esperando? Corre, llama a su puerta, y regálale tu compañía y tu cariño. O al menos, díselo.

¡A POR EL 2019!

¡A POR EL 2019!

Sólo desearos que el mundo sea un lugar mucho más amable el año que empieza, que como seres humanos asumamos el compromiso de mejorarnos cada dia. Todo eso. Mucha paz y mucho amor. Buenos propósitos.

SECCIÓN HOY ESCRIBO:  METAMÓRFICO.

SECCIÓN HOY ESCRIBO: METAMÓRFICO.

Hoy me levanté de la cama con un triple salto mortal y casi salgo disparado por el balcón. Estos arrebatos de mi materia sólo ocurren una vez al año. Una única vez, y tienen un fin: sentarme delante de mi escritorio inglés comprado en un anticuario asiático y vendido por un vendedor senegalés (souvenir de uno de los tantos viajes de mis progenitores), para escribir las postales de felicitación de Navidad a mis conocidos. Sigo siendo un romántico y me gusta escribirlas. También soy  bastante anormal. Sí, anormal es la palabra que mejor me define. Pero no se conformen ustedes con el  lado peyorativo, no, llévenlo al extremo: soy también, dicho sea de paso, bastante malo.

Y en realidad no podría concretar el inicio de mi metamorfosis. No me di ni cuenta o no quise hacerlo… Fueron algunas consecuencias las que me hicieron recapacitar sobre mi estado: no me llamaba nadie, no tenía amigos, no podía contar con mis múltiples novias para nada serio y formal.

No recuerdo  tampoco en qué momento se me cayó del bolsillo el mapa con la mejor ruta  hacia el cielo, ni cuándo rompí con Dios sin que fuera una experiencia muy traumática, creo, tampoco recuerdo el año en el que mis cartas a los Reyes Magos dejaron de tener contestación.  Con respecto a ésto, incluso, tuve una idea  para que reconsiderasen mi candidatura a “reconvertido”. Escribí una carta a los  Pajes Magos como intermediarios de mis súplicas; por ser de mi condición ( la de los currantes sin pena ni gloria). Vamos, imagínense…que ni ellos me hicieron caso.

Así que hoy, aprovecho la oportunidad que me brinda esta página para hacerme una propuesta en firme: ser mejor persona, viajar mucho, crear amigos insustituibles, y poder felicitar a todos con poco dinero y mucho corazón. Y como ando canino de pasta, este año dejo lo de las postales, lo he pensado mejor, y os mando una tontería para haceros sonreír.

Yo y los dos tontos estos  que un día tuvieron la idea de abrir esta página… y que llevan medio año trabajando mucho.

¡Felices Fiestas!

SECCIÓN HOY ESCRIBO.  PASIÓN POR LAS UTOPÍAS.

SECCIÓN HOY ESCRIBO. PASIÓN POR LAS UTOPÍAS.

JUGANDO:  Propongo una frase que tenga que ver con las utopías y trabajo cuatro ideas.

Definición de utopía ( RAE):

  1. Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización
  2. Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del ser humano.

Frase de salida:   Hay que volver a tener pasión por las utopías…porque sin utopías la vida no es posible. (Leo Bassi)

 

IDEA 1:

Utopía, utopía, utopía, depósitos, avales metálicos, recursos y ejecutiva, aplazamientos, gastos, contabilidad, rústico, urbano, etc. Hay tantas utopías posibles… Puntualicemos, por favor: hemos de aportarle a nuestra vida un sueño (cuanto más grande mejor) y aprender lo que es la integridad. El orden  de estos dos sumandos no altera el producto, en muchos casos, lo empuja hacia delante, hacia arriba, hacia la pasión de sentirse importante o vivo o ambas cosas. Hasta que llego yo y confundo términos y me creo por encima del bien y del mal. Y me pillan.  Me dan ganas de partirle la cabeza  al imbécil que me habló por primera vez de las utopías. Gracias a él ahora estoy en la cárcel.

 

IDEA 2:

En frente de mi casa hay dos calles que se cruzan. Por la derecha se aproxima vertiginosa, llena de escaparates de capotas rojas y multitud de geranios blancos; la Calle Pasión.  Por la izquierda un poco remolona, con varias curvas, badenes, semáforos, mucha circulación de vehículos y personas; la Calle Utopía.  En la intersección se encuentran y se saludan. Mi barrio siempre tiene el cielo blanco y da un aspecto de lugar limpio y tranquilo. Pero yo diariamente veo accidentes en ese cruce y ya casi nunca me acerco a la ventana. Kilos de ansiedad…

 

IDEA 3:

Si ya, si ya, si ya me lo decía mi madre, y mi abuela, y mi prima hermana, y la Pili (que de eso sabe mucho), y mi amiga Paloma, y mi vecina, y la del bar de abajo que es una cotilla integral y en general, todas las mujeres me lo han recordado en los últimos diez años: que si yo quiero ser madre, puedo.

No sé… no sé… la cosa no resulta tan fácil: con casi cuarenta años, un novio que me deja por otra (veinte años más joven), un montón de amigos  sin ganas de colaborar en la causa explícita de la fertilidad, no mucha pasta en el bolsillo para una inseminación artificial… Un panorama para morirse.  Pues no, voy a echar una primitiva y después me compro un vestido nuevo.  Decidido; hoy  me llevo al más guapo que me cruce  en el camino a mi casa y se lo digo alto y claro: «Quiero un hijo tuyo».

 

IDEA 4:

Si volver es: “Dirigir, encaminar algo a otra cosa, material o inmaterialmente”; lo que implica que hay otra realidad distinta  a donde poder dirigirnos. ¿Cómo puedo significar  a la vez  “Poner o constituir nuevamente a alguien o algo en el estado que antes tenía?

Si pasión es: “estado de padecer”, “lo contrario a la acción”; ¿Cómo puede ser a la vez “apetito o afición vehemente a  algo”?

Con tanta confusión lingüística y caos semántico, el análisis de utopía pierde de golpe para mi importancia. Digamos, sólo, que la vida, mi vida “siempre” es, será mejorable. Una única frase. Un único sentido. Mejoremos pues.

SECCIÓN HOY ESCRIBO. INVOLUCIÓN

SECCIÓN HOY ESCRIBO. INVOLUCIÓN

INVOLUCIÓN

Un día  te despiertas y al mirarte en el espejo descubres que se te ha caído la cara. Es un efecto extraño. Todo está en su sitio, excepto que el mentón ha aumentado un centímetro. Parece tu cara pero no lo es. Has convivido con ella durante cincuenta años y ahora no te reconoces. Casi los mismos ojos, la nariz, la boca, pero el conjunto resulta ajeno. Tocas tus párpados, tus cejas, estiras los pómulos y lloras.

—Cariño, esto es terrible. Ha ocurrido —dices con una lenta y lastimosa caída de ojos.

—¿Qué, qué te pasa? El “cariño” está a tu lado afeitándose, levanta la ceja, te mira y advierte: «No es para tanto, nena. Vamos madurando.»

Pero tú estás segura que esa no eres tú, y su opinión ya no te resulta tan importante, te mira pero no te ve. Sin embargo hace bien el papel intentando consolarte: «No llores, anda, píntate un poco y péinate con ese moño tan bonito que sólo tú sabes hacerte, ya verás cómo te ves mejor.»

Puedes estar dormida, tener un mal sueño.  Te pellizcas, pero no, palpas otra vez la cara y comienzas la rutina matinal sin prestarle más importancia.

Desayuno, cigarrillo, te vistes, te rehabilitas con maquillaje la fachada del rostro y te marchas al trabajo. Por la calle observas cómo te mira la gente. Estás paranoica. No, no lo estás. De todos modos, sacas las gafas del bolso y te las pones; a las ocho de la mañana no hace especialmente sol, pero no lo soportas, no soportas esas miradas clavadas en tu cara gravitada. Horror, tu vecina, se cruza contigo en la esquina.

—¡Hola,  buenos días! —dices pareciendo vital.

—Hola, oye, pero, ¿qué te pasa? —te pregunta.

—No, nada.

—Espera, ¿estás enferma?

—No, no te preocupes. Tengo prisa, llego tarde, luego te veo.

—Chica, no sé pero…, te noto algo raro. ¿Estás bien?

—Sí. Luego te llamo —afirmas contundentemente sin parar y sin mirar atrás. No te convence tu respuesta, sabes que algo te pasa. Ni siquiera puedes explicar el qué pero ella te conoce perfectamente.

En diez minutos llegas al trabajo. Te sientas  y la silla vence más de la cuenta. Es una silla de oficina hidráulica. Reviento el botón del pantalón. Vas al baño. Comienzas a sudar. Necesitas volver a mirarte en el espejo.  Estás asustada.  Vuelves a verte horrible. No. Todavía más horrible. Lloras otra vez. Tus ojos se han vuelto tristes, opacos, y la sonrisa está horizontal, fuerzas la curvatura con los dedos índices sujetando los labios hacia arriba, sueltas. No se mantiene. Esa imagen del espejo, definitivamente, no eres tú, no es tu boca. Vas a vomitar. Abres la puerta del aseo  y la cierras de un manotazo. Te precipitas sobre el inodoro y efectivamente, vomitas. Te limpias, te limpias con el papel, te incorporas y sientes un ligero mareo. Bajas la tapa y te sientas. Tocas la costura de los pantalones y compruebas que se ha reventado por el culo también. ¿Qué está pasando? Y, ¿por qué a ti? Levantas tu camisola de verano y compruebas que las tetas han disminuido y se han caído, mientras que tu cintura ha desaparecido formando una masa compacta entre el pecho y la cadera que se precipita hacia el suelo.

Decides no volver a mirarte en el espejo. Empiezas a sudar mucho. Y crees que es un mal sueño. Despertarás. Empiezas a rezar. Te lavas la cara y las manos en el lavabo y sujetas el pelo con una coleta. Vuelves a tu puesto de trabajo y haces ejercicios de respiración. Dos minutos y un sol resplandeciente. Reinicias tu ordenador que está dando problemas de arrancado y cuando empiezas a trascribir la carta del Jefe de Sección para el Jefe de Servicio, compruebas que tus dedos se están hinchando y acortando. Te levantas y pides a tu compañera que se ponga a tu lado. Estás histérica. No te entiende. Tras una solicitud mucho más agresiva, termina acercándose a ti.

—Por favor, Encarna, ponte a mi lado. —Encarna es la mejor persona del mundo, la mejor compañera, amiga, confidente, estupenda persona que te aguanta cada día.

—Voy, espera.

—Que te pongas a mi lado.

—¡Jo, como vienes hoy! Ya, aquí me tienes.

—Mira mis manos, mira mis brazos, mírame. ¿No lo ves?

—¿No veo el qué?

—Pues esto: observa mis brazos, me están creciendo, compara tus manos y mis manos,  dedos me están engordando y acortando.

—Estás diciendo tonterías. Es el calor, que agota los cerebros. Oye, yo no veo nada. Deja de preocuparte ya. Cógete el día. Véte a casa.

—No, no puedo permitirme el lujo de pedirme el día. No tengo más días de vacaciones. Sólo me quedan tres y los tengo que usar en Navidad con los niños.

—Pues relájate ya, ¿vale? Estás un poco más hinchada de lo normal, estás nerviosa, quizá por la menopausia, pero no pasa nada. De verdad. Confía en mí. Todo está bien.

Vuelves a sentarte en tu escritorio y sigues trabajando durante las siguientes tres horas. Cada vez te resulta más difícil concentrarte y seguir leyendo la carta. Casi no puedes escribir sin mirar las letras en el teclado. Todo tu mundo se empieza a desmoronar.  Te levantas, te estiras, pero al intentar incorporarte compruebas que tu espalda ha adquirido esa postura encorvada característica de los primates. Ya has comprendido algo: ¡Estás alucinando! Acabas de darte cuenta. Esas cosas no pueden estar pasando, y no a ti, y menos en ese lugar. Esas cosas no pasan.

Decides ir al office para beber agua fresca y tomarte  algo. Abres el refrigerador  y ves un poco de fruta. No sabes de quién es pero de repente te ha surgido un apetito atroz. Te la comes a mordiscos y lo dejas todo perdido. Tus compañeros te reprenden pero tú no sabes qué decir.

Mientras limpias y adecentas un poco la mesa, te ves reflejada en el cristal ahumado de la ventana. No tienes cuello. Tu cara y tu tronco son lo mismo. Una prolongación de carne, pareces algo así como un besugo con pelos.  De repente tienes ganas de dormir, buscas un lugar tranquilo y oscuro y lo encuentras en el sótano, donde está el archivo. Allí te quitas la ropa que te oprime   y te tiendes encima de unas cajas de cartón donde se acumulan expedientes de años anteriores, simulando una pequeña camita.

Has perdido la noción del tiempo. Quizás duermas dos, tres o incluso cuatro horas y sólo las ganas de orinar te despiertan.  Lo haces allí mismo, en cuclillas.  Decides salir al mundo.  Ves un ascensor. Sabes que es un  ascensor y pulsas la tecla cuatro. También sabes o recuerdas qué significa cuatro. Regresas a tu puesto de trabajo.  Al llegar a la planta y abrirse las puertas saltas al rellano. Eres el centro de atención y comienzas a oír algunas risas.

Alguien dice: ¡Venid, venid todos. Mirad lo que acaba de llegar!

La Chica de la limpieza corre hacia ti con una escoba en la mano.

El Chico guapo de la recepción le corta el paso y le increpa: «Ni se te ocurra. »

—¿ Pero qué hace aquí esta mona?— pregunta la recepcionista.

Quieres hablar, pero sólo articulas algunos gruñidos enfurecidos.

—¿Una mona?¿ Me he convertido en una mona? —piensas resignada. En el fondo ya lo veías venir. Observas tu envergadura y compruebas que durante el sueño te ha salido pelo por todo el cuerpo y la cara, y que la goma de tu coleta se ha caído. Eres una mona divertida con las uñas pintadas de rojo y unos pendientes brillantes. Pero una mona al fin y al cabo.

—¡Qué graciosa es! Mira, lleva bragas y sujetador. —apunta uno de mis compañeros de suministros riéndose. No se puede ser más tonto…

—No sé para qué, —dice otro.

—Tal vez sea una broma de la ex mujer del jefe. Dicen las malas lenguas que ahora tiene una novia muy morena y con pelos hasta en las tetas.

—¡Ala, tío, no te pases…!

Corres hacia la única compañera que reconoces. Correr con tacones es difícil, te caes, y al incorporarte lo haces apoyando los nudillos de las manos. Prosigues en esa postura más animal que humana hasta llegar a tu meta. Ves al jefe. Recuerdas esa relación jerárquica, casi como si fuera un amo que te diera de comer.

—¿Pero qué es este revuelo? —pregunta el jefe, mirándote directamente a los ojos. Le miras, le coges de la mano, se la pones en tu cara. Haces un esfuerzo por explicarte:« U. U. Te tocas el pecho y sólo salen sonidos guturales.»

—Y, ¿esta mona? Voy a despedir a quien la haya traído.  Lo juro.

—¡Sofía! —grita furioso mirando alrededor y buscándome. ¡Sofía1, ¿dónde está Sofía? No la he visto en toda la mañana… —pregunta finalmente dirigiéndose a su compañera Encarni.

Y tú, que reconoces ese nombre, vuelves a golpearte en el pecho y te acercas a él. Yo, yo, yo, —piensas—, pero sólo puedes decir:  U,U,U. Sonidos furiosos. Nadie te  comprende.

—Llamad ahora mismo a la Protectora de animales y que se lleven a esta pobre mona de aquí. ¡Qué mal gusto por Dios Santo!. Estoy esperando al Presidente para una reunión a las cinco. Pero, ¿dónde coño está Sofía? Gestiónalo tú, por favor, Encarni. —le ordena a la otra mujer.

Ahora comprendes que eres una mona, te sientes mona por dentro y por fuera.  Sólo tienes que resignarte. Ya no tienes que hacer nada mas. Sólo esperar a que te laven, te limpien y te den de comer en un zoológico. Los ojos tristes de los monos sólo denotan que no recuerdan, que ya no tienen consciencia.  La involución ha llegado. Y yo he sido la primera… pero ya podéis ir preparándoos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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