SECCIÒN HOY RECUPERO.  Y ellos querían ir a Viena…

SECCIÒN HOY RECUPERO. Y ellos querían ir a Viena…

Hoy recupero esta historia de Surcando Ediciona de la convocatoria Navidad de miedo. ¿ Has tenido alguna vez que renunciar a un viaje porque algo inesperado sucedió? Pues los protagonistas de esta historia sí.

Autor@: Olga Ruiz

Ilustrador@: Paloma Muñoz

Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Relato

Rating: +12 años

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz . Quedan reservados todos los derechos de autor.

Y ellos querían ir a Viena.

Ilustración de Paloma Muñoz

Paula y yo nos conocimos en el primer curso de Medicina en la Ciudad Universitaria de Madrid en el año 1998. Conectamos muy bien desde el principio. Los dos pertenecíamos a una clase media con ganas de progresar y podíamos permitirnos algunos lujos. Éramos inteligentes, jóvenes y guapos. Aunque creo que con lo de ser inteligentes habría bastado para nosotros, que nos hacíamos el amor con el cerebro en cualquier sitio.

Yo era de un pueblo de Toledo pero vivía junto con dos compañeros en un piso de alquiler en Moncloa y, algunas mañanas, ambos nos saltábamos las clases y retozábamos hasta el almuerzo en mi cama. Éramos amantes de la literatura, de la poesía, y nos emocionaba el auge social de las redes. Un día, en el puente de diciembre, se nos ocurrió organizar el primer viaje por Europa juntos. Tras duras negociaciones con nuestros padres por el tema económico, finalmente conseguimos reunir el dinero suficiente y organizarnos: ida el día quince  de diciembre y vuelta, el treinta, con la intención de pasar la navidad en Viena.

El Gran Tour: París – Bruselas – Ámsterdam – Frankfurt – Viena nos esperaba. Era fácil ir conectando destinos a través del Interrail Youth universitario. Salimos de la estación de Chamartín en Madrid y fuimos haciendo escalas en Barcelona, Carcasona, Toulouse, donde visitamos algunos palacetes del Siglo de Oro, el Capitolio y la Basílica de San Sernín, y nos hicimos muchas fotos con una cámara que tenía Paula que llevaba incorporado un disquete y tenía el tamaño de un sándwich. A mí aquello me llamaba mucho la atención porque se podían desechar en el momento, la era digital estaba entrando en nuestras vidas. Desde allí salimos a Montpellier y perdimos el tren con destino Nimes.

Si no llegábamos al siguiente destino a tiempo, ya habríamos perdido las conexiones que tan cabalísticamente habíamos hecho para que todo fuera programado. Así que, ante la adversidad, no se nos ocurrió otra cosa mejor que hacer autostop.

Eran las siete de la tarde, hacía bastante frío y caminábamos con la esperanza de que alguien nos recogiera. Un señor de unos ochenta años paró y nos animó a subir a su coche. Enseguida nos habló en español. Resultó ser un profesor universitario que había impartido clases de lengua y literatura hispana y que vivía relativamente cerca. Tras una media hora de coche en un increíble jaguar rojo de asientos de cuero blancos llegamos al sitio más inesperado donde nos invitaba a pasar la noche. Su casa era un castillo.

Nos contó la historia de aquel lugar de ensueño. La primera parte, bastante evidente: señores, familias nobles incluso un chambelán del rey Luis XI, una etapa de auge intelectual gracias al Marqués de Chandoiseau, en 1650, incluso un poeta llamado Léonard Frizon que visitó el castillo en 1650 y que hizo una descripción preciosa en uno de sus poemas, titulado Motha Candeneria, del sitio. Luego un rico empresario parisino, François Hennecart, lo compró en 1809 y restauró el castillo y sus aledaños, donde se excavaron canales, se trazaron avenidas y se plantó un viñedo. Vamos, que urbanizó el sitio.  En 1870 se produjo una nueva reconstrucción de gusto romántico​ que terminó en un castillo rodeado de agua. A principios de 1932 se produjo un incendio inmenso cuando se estaba instalando la calefacción central. Los bomberos, venidos de toda la región, no pudieron evitar el desastre y solo se salvaron la capilla, las dependencias y el palomar. Las pérdidas fueron tales que los propietarios no pudieron reconstruirlas. La biblioteca contenía libros muy escasos, tapices de Gobelins, muebles antiguos y cuadros de gran valor que se perdieron. En 1963, después de la guerra de Argelia, el industrial retirado Jules Cavroy compró la propiedad (dos mil hectáreas de las que mil doscientas son bosque y ochocientas eran tierra agrícola) a la viuda del barón Lejeune. Repatriados de Argelia, explotan las tierras de la Mothe (quinientas hectáreas en torno a las ruinas del castillo) hasta que a principios de los años ochenta el Crédit Lyonnais compró los bosques para después venderlos en diferentes lotes a varios dueños.

Escuchamos toda la historia como pasmarotes durante la cena. Lo narró divinamente, pero nosotros teníamos bastante hambre y sueño y la verdad es que hicimos de pésimos huéspedes.

El último propietario fue nuestro hospitalario profesor, el señor Claude-Alain Demeyer.

Paula se sintió incómoda desde el primer momento. Le notaba demasiado educado, demasiado cortés, desconfiaba.

—Carlos, macho, a mí esto no me gusta… —me dijo—. ¿Por qué vive aquí solo?

—Venga, venga, no empieces…

Nos dio de cenar como si nos conociera de toda la vida, nos enseñó nuestra habitación y se retiró a dormir a eso de las ocho y media de la noche.

Cuando llegamos a la habitación Paula no quería quedarse allí. Me amenazó incluso con marcharse sola.

— ¡Paula, por Dios, no digas majaderías! ¿Estás mal de la cabeza o qué? Sé inteligente. Vamos a cerrar la puerta por dentro, vamos a amarnos un ratito y vamos a despertar mañana descansados y tranquilos para continuar nuestro viaje a Viena, ¿de acuerdo?

—No, de verdad, no puedo… estoy asustada. Se me han pasado por la cabeza mil cosas mientras cenábamos y veía cómo cortaba la carne y cómo chupaba el cuchillo. Era espantoso. Estaba disfrutando de cada bocado, del vino, y nos miraba con ojos extraterrestres.

La abracé fuerte y la besé mucho aquella noche. Hicimos el amor salvajemente, lo recuerdo, después me levanté, abrí la ventana y me fumé un cigarro. Se puso a llorar. Realmente estaba asustada. Me acerqué a ella y la envolví con mis brazos.

—Nena, venga, ¿qué te pasa?

—¿No te has parado a pensar por qué tenía la mesa puesta para tres?

—No, no le he dado ninguna importancia, el hombre lo ha explicado. Siempre tiene la mesa puesta porque casi siempre tiene invitados, aunque tú estabas detrás viendo los tapices y puede que no te enterases.

—¿Y por qué no tiene servicio viviendo en un sitio tan gigantesco?

—Yo creo que no se lo puede permitir. Es mayor y es posible que esto le haya superado un poco.

—¿Y su familia, sus hijos, su gente?

—No ha dicho nada de eso. Supongo que mañana se lo podríamos preguntar en el desayuno. Ayer casi ni abrimos la boca. Estábamos demasiado impactados por el encuentro con este sitio tan increíble.

—¿Y todos esos gatos…? ¿Por qué habrá más de veinte gatos aquí en este castillo? Maúllan como bebés demandantes y enfermos. Es insoportable.

La abracé nuevamente y conseguí calmarla con cariños en la frente, tocándole el pelo y acariciándole la espalda. Dormimos poco por la noche, pero nos sorprendió un mediodía radiante y desconocido.

—Creo que es muy tarde, Paula, vamos a levantarnos —le dije besándole la mejilla. ¡Buenos días, amor!

—Sí. Efectivamente, son las dos de la tarde, lo acabo de ver en el reloj. No puede ser… ¿Y este hombre no nos ha despertado? Anda, dame un besito, tesoro. ¡Buenos días! Finalmente hemos conseguido descansar.

—Sí. Lo mismo está trabajando en la parte incendiada del castillo. Yo no he oído nada en toda la mañana. Pero dijo que tenía que ponerse en serio ya con los deshollinados de las piedras. A saber dónde estará…

—Anda, vistámonos y bajemos a despedirnos de él. Si no le parece muy mal, podría acercarnos con el coche a la estación de tren.

—De acuerdo, pero no te vayas, yo me ducho y salimos juntos.

—No hay agua caliente, ya lo he comprobado, y encima tiene un color arcilloso terrible. Estas tuberías no se han usado en años. Así que tendrás que conformarte.

—Ok. No me ducho entonces. No lo soportaría…

Nos vestimos, cogimos los abrigos y las mochilas ya preparadas para partir. Hacía mucho frío en los pasillos, pero no se veía a los gatos ni se oían sus maullidos. Buscamos al profesor por el castillo: pasillos, cocinas, salones, biblioteca… Le llamamos a grito pelado, pero no contestaba. Al menos recorrimos las tres plantas del castillo dos veces. El lugar, de día, era mucho más hermoso y cálido. Pero no había señales de él. No podíamos irnos sin despedirnos, así que decidimos esperar un poco más porque ya eran casi las tres y al menos tendría que ir a comer estuviera donde estuviera. Y también porque no sabíamos ni dónde estábamos, lo que nos devolvía una realidad poco atractiva de nuestra situación. Y no queríamos empezar a enfadarnos entre nosotros. Observamos que el coche estaba aparcado y entendimos que el profesor no andaría muy lejos. Llegadas las cuatro de la tarde, y tras haber comido un bocado de pan, chorizo y queso de camembert, decidimos entrar en su habitación, por si tuviera allí un teléfono de línea fija que no habíamos encontrado en ninguna parte y algún número de contacto que nos permitiera preguntar dónde castañas estábamos.

Llamamos a la puerta. No contestó y decidimos abrirla. Cuando entramos, una luz cenicienta se colaba por la cortina y millones de motas de polvo revoloteaban en el espacio. Allí se encontraba el profesor, tumbado en la cama. Nos acercamos cada uno por un lado y le vimos con la boca y los ojos entreabiertos en un tránsito extraño. En la mesilla había un montón de envoltorios médicos y dos frascos vacíos de pastillas. Se había suicidado clarísimamente. Sin articular palabra, le cogimos la mano y estaba ya rígida. En ella dos notas: una nota escrita en español y otra en francés —idioma que desconocíamos—. La escrita en español era para nosotros. Una carta muy larga y llena de amor y buenos consejos que guardé durante mis ocho mudanzas. En resumen explicaba lo que había aprendido durante su vida, exponía que no podía marcharse solo al otro lado y argumentaba que de morirse solo en el castillo, se lo terminarían comiendo los gatos y nadie le echaría en falta. Que lo sentía por nosotros, que lo sentía tremendamente, porque tendríamos que pasar alguna dificultad para explicar la situación. Que únicamente pedía que no le dejásemos solo, que lo enterrásemos en el jardín, bajo un chopo, y que después fuésemos a la policía con las dos notas para que les quedase muy clara la situación. Que a todos los efectos, ya éramos propietarios de su coche y que hiciésemos con él lo que quisiéramos.

Paula vomitó y yo estuve a punto de hacerlo.

Cogimos la llave del coche. Menos mal que yo me había sacado el carnet justo el verano antes de empezar la universidad, y tenía cierta destreza en conducir porque iba de Madrid a mi pueblo varias veces al mes. Nos fuimos de allí para cursar la denuncia y que fuese un juez quien levantase el cadáver. Ni Paula ni yo nos atrevíamos a un acto así que podría ser considerado como ocultamiento de pruebas.

Aquello tuvo una repercusión bestial: en menos de dos horas había un despliegue de medios atosigándonos y preguntándonos de todo. Nuestras imágenes dieron la vuelta al mundo junto con el titular: Y ellos querían ir a Viena…

Yo me había olvidado por completo de este suceso extraño que nos truncó las vacaciones de Navidad de aquel año si no hubiera sido porque el destino quiso que, justo hace un año, leyese un titular de la prensa donde se animaba a los ciudadanos a comprar un castillo por un sistema de multipropiedad. El precio de compra de salida alcanzaba la suma de quinientos mil euros y estaba en perfecta ruina. Y pensé si tal vez, por esas concordancias del azar, fuese ese el castillo…

Días después recibí un mensaje de Paula, que me había localizado a través de Facebook. Debo aclarar que Paula y yo no pasamos más que unos meses juntos tras el incidente, y que ahora era una mujer de éxito, casada y con dos hijos, que me buscó y me animó a hacer aquella locura. Su llamada me sorprendió mucho más que la compra del castillo, la verdad. Ahora, por estas cosas de la vida, somos propietarios junto a otros trescientos dos románticos gilipollas de un castillo y de las múltiples derramas que tendremos que pagar hasta que aquello se recupere. Y cómo  no, somos propietarios también de una nueva aventura. Nunca se sabe…

Olga Ruiz

SECCIÓN HOY RECUPERO: MICROSEGUNDO.

SECCIÓN HOY RECUPERO: MICROSEGUNDO.

Ese momento al final de nuestra noche cuando te vistes y te marchas sin besos, ni despedidas, ni compromisos ni mentiras…Me levanto y desde la ventana observo cómo te alejas. Ese microsegundo en el que decides girar la cabeza buscándome, sólo ese, hace desaparecer todas mis dudas:volverás a buscarme. Todavía sí. Esa es mi única certeza.

SECCIÓN HOY RECUPERO: MICROS DE TERROR

SECCIÓN HOY RECUPERO: MICROS DE TERROR

 

La mano negra

Aparco en el garaje, apago las luces y retiro la llave, me dispongo a salir, pero una mano negra sale de la oscuridad, me agarra del pelo y me tira para atrás. Miro el cristal de reojo. No puedo girarme, no puedo gritar… poco a poco el pelo como un elemento eléctrico se enrolla en mi cabeza y me tapa la boca. Respiro pelo… No veo. Paralizada.

Scotch

Abrí la puerta sin hacer ruido porque era nuestro aniversario. El rastro de sangre seguía ahí. Ella, con su jersey verde y una bolsa en la cabeza seguía ahí. El asesino también seguía ahí y olía a caldo de pollo.

Fear

Llevaba tres días sin ver a mi vecina. La mujer vivía en un bajo y siempre se quejaba de que cuando fumigaban las alcantarillas las ratas se metían en su casa. Me resultó muy extraño que no saliese a tirar la basura. Llamé a su hijo y me dijo que iría a verla por la tarde. Pero el hijo tampoco vino. Decidí usar la llave de emergencia que me había dejado. Pulsé el timbre varias veces, la llamé por su nombre. Nada, no respondía. Abrí la puerta. Me dirigí a su habitación por el largo pasillo, y al girar, ví  a una serpiente de cinco metros enroscada en su cuerpo inerte y mirándome…

SECCIÓN HOY RECUPERO. PSICORRELATO. REVÉS.

SECCIÓN HOY RECUPERO. PSICORRELATO. REVÉS.

 

REVÉS

María acaba de llegar al portal tras pasear durante cuatro horas por la ciudad sin ningún rumbo ni destino. Está deprimida y ansiosa a partes iguales. Y se la nota mucho todavía. No termina de levantar cabeza. Aquello sucedió  hace exactamente  dos años, tres meses y siete días pero para ella parece que fue ayer.

Espera a que se cierre la puerta de su portal para arrimarse cautelosa al buzón y mirar por la rejilla.  Se retira, se lleva la mano al pecho, se santigua, y piensa: Hoy todavía no, por Dios, por Santa Rita, por todos los Santos de mi alcoba y mi cielo. Hoy todavía no. Busca en el interior de su bolso la llave. No la encuentra. Rabiosamente lo vuelca sujetándolo por las asas en dirección al suelo para solucionar su problema. Aquí está la maldita llave —afirma sonriente mientras se agacha a recogerla.

Devuelve al bolso las cosas que han caído al suelo y va haciendo recuento de recuerdos: un chupete, una bolsa de toallitas húmedas infantiles, un biberón, una cartera de hombre, una gorra de sol, un mechero y un paquete de marlboro de su marido y que ya no la sirven para nada, pero son tan necesarios….

Tengo que trabajar. Debería trabajar—piensa en voz alta. Me estoy destruyendo. Lo noto. Pero, ¿en qué? Si no tengo ganas de nada.

Menos mal que tengo la casa todavía, pero llegará, llegará el usurero del Banco y también me echará de aquí.  Y nadie hará nada. Pobre mujer, dirán, pero nadie hará nada. Antes pensaba que estás cosas sólo les podían pasar a los demás, que yo estaba por encima de esto, pero no,  cualquier día de estos me voy a la calle. Los oigo cuchichear, a mi espalda, como si estuviera sorda,  : ¡Qué pena, qué lástima, qué deteriorada está! Pero nadie hace nada. ¡Pobrecita! —¿Pobrecita? —No siente ni un ápice de lástima, es furia contenida—, ¡Me cago en todo! Yo he tenido que ser la imbécil a la que le arrebataron lo más bonito de su  vida y debo seguir aquí, aguantando este castigo, dando pedales contra viento y marea, cuando no tengo ninguna fuerza! —.

Un vecino entra en el portal con su perro, baja la cabeza y avanza subiendo las escaleras.  No se saludan. La mujer abre el buzón y saca tres cartas que arremolina contra su pecho mientras levanta los ojos y mira al cotilla que sigue ahí, esperando, observándola apoyado en la barandilla del primer piso. —¡Dedícate a lo tuyo, imbécil! ¡Me tienes harta con tus miraditas!

Desde que pasó lo que pasó, ha aprendido a soltar lo primero que se le pasa por la cabeza, sin calibrar nada. No hay filtros a sus barbaridades.   Mientras, en la primera planta, el perro, ajeno a la conversación, levanta la pata y se mea sobre la misma maceta en la que hace dos horas ya se meó el perro del quinto.

—Preocúpate un poco más de tu perro,  ¡a mear a la  calle!, que aquí siempre huele fatal. ¡Qué asco de gente!

El vecino le dice que se ha vuelto loca pero  que lo comprende todo y que la perdona. Debe poner un poco más de orden y concierto en su vida.  Ella se ríe y le manda al carajo. Nadie comprende cómo puede sentirse alguien que ha perdido a su familia en un accidente de tráfico cuando ella conducía. Nadie que no lo haya vivido en sus carnes. Y se mete en casa, y siente como si entrara en un pozo profundo, oscuro, frío y solitario del que no volverá a salir hasta pasados unos días y necesite  ir al médico a pedir más ansiolíticos. No está bien. Y entonces piensa que debería comprarse un perro. Quizás la solución fuera un perro…

SECCIÓN HOY RECUPERO: EL COLECCIONISTA DE CANDADOS

SECCIÓN HOY RECUPERO: EL COLECCIONISTA DE CANDADOS

En el amanecer del cuarto día  de la semana el sol siempre se retrasa. Es un fenómeno extraño, pero así acontece en este pueblo. Por eso, el cartero aprovecha las primeras horas, cuando todavía no aprieta demasiado el sol, para repartir la mensajería. Cada jueves, mi padre, nervioso y expectante, sale a la puerta, se sienta en el poyo y espera. La semana pasada, además de oler el café (inseparable aliado de despertares), olí también a tabaco de liar. Y me pregunté aún en la cama: ¿De dónde lo habrá sacado si lleva sin fumar más de diez años?

─ Padre, pero, ¿qué hace usted?  ─ le increpé desde la habitación.

─ ¡Cállate, déjame tranquilo! Hoy tengo algo que celebrar.

Nerviosa me levanté, me puse la bata y salí corriendo hacia la puerta. Acababa de llegar el cartero subido en su moderna bicicleta de montaña amarilla y acompañado por su séquito de pulgosos perros callejeros que se me arrimaron por si les caía alguna sobra del desayuno. Tardé un rato en librarme de ellos; ya que, aquellos inesperados y hambrientos animales se lanzaron sobre mí asustándome, tanto, que se me quitaron las ganas de reprender a mi padre en público por el tema del tabaco.

Recibió un sobre de tamaño folio  sin remitente. Lo cogió, lo agitó con la mano izquierda a la altura de su oreja y sonrió. La luz del amanecer encendió gotas de su sudor casi imperceptibles en su frente y una lágrima se le escapó. Sí, a mi padre, al hombre que siempre había huido del llanto, se le cayó de golpe. Recordé una de sus frases: En la vida hay dos tipos de hombres; los que  se avergüenzan de sus emociones inmediatas y los hombres…Yo soy de los segundos. Y comprendí que aquel no debía ser un buen momento para él.

Despedí al cartero ─ después de practicar la correspondiente mirada propicia, me gustaba aquel tipo ─, y  cogí a mi padre del brazo para entrar en casa. Estaba emocionado. Temblaba. Podía sentir el percutir de su corazón en palpitaciones desiguales junto a mi mano. Se sentó, terminó de tomarse el café y se fumó aún dos cigarrillos más mirando al objeto recién llegado que reposaba sobre la mesa camilla.  Yo deseaba que lo abriera ─ no hay nada peor que querer abrir algo que no te pertenece; potencia la imaginación a límites insospechados ─.

Le dio la última calada segundo cigarrillo, lo apretó sobre el cenicero y  entonces, despacio, comenzó a narrarme una historia sobre la única y disparatada fantasía de su vida: encontrar la llave que fuera capaz de abrir el candado que  cerraba un antiguo y destartalado cofre de madera roja. Y miró el sobre que reposaba ajeno, lo palmeó y se alegró nuevamente. Allí estaba por fin aquella maldita llave. Continuó explicándose:

 

 Hija, he tenido mucho tiempo. Tanto que ahora lo siento como una losa sobre mí. El día que cumplí dieciocho años, y a las puertas de ir a la mili, me lo regaló mi tatarabuelo Héctor. ¿Ves ese cofre que lleva media vida dentro de esa vitrina? ─ me preguntó mientras lo señalaba para que yo supiera de qué cofre estaba hablando exactamente ─. Pues el tatarabuelo Héctor me confirmó que sólo había dos llaves en el mundo capaces de abrir su candado. Que sólo un Moure auténtico, semilla de su semilla, podría  encontrar una de las dos llaves. Que aquel cofre escondía el verdadero secreto de la felicidad. ¿Tú sabes, hija? Ni más ni menos que: ¡El verdadero secreto de la felicidad! ─. Y que una vez que  hubiese conseguido el objetivo tendría que emprender un viaje para regalar la llave de nuevo. Y por supuesto, no valía de nada forzar el candado ya que el hechizo se rompería.

Al final, suspiró  y agregó: Hija, llevo toda la vida buscándola… Y fíjate, aquí, dentro de casa, tan cerca… y sin poder ver la cara de la dichosa felicidad  por culpa de una llave. Menos mal que no he perdido ni la esperanza ni la ironía…

Yo, por mi parte, no quise puntualizar más todavía aquellas afirmaciones seguidas de los inquietantes puntos suspensivos, que me parecieron  una mezcla de desconcierto e insulto ─ conociendo como todos conocíamos  los derroteros de su vida, que más bien parecía haber estado jugando carreras con el tiempo ─. ¡Tampoco sería para tanto! Después de todo, mi padre había sido dignamente feliz: se había casado, había tenido tres hijas, había abierto un elegante negocio de relojería y joyería, no había pasado dificultades económicas y tenía tiempo, incluso, para sus partidas y sus amantes. No sé que  más le hubiera podido pedir a su existencia…

Así que, viendo que no iba a abrir el sobre mientras yo estuviese allí, me retiré a la cocina y desayuné. Esperé su reclamo pero, no llegó. Entonces, muy despacio, entreabrí la puerta para fisgonear. Extrajo del sobre una llave con forma de cruz de Caravaca, la introdujo en el candado del cofre rojo, la viró y lo abrió. Yo diría que actuaba con miedo. Levantó la tapa y un destello de luz le inundó la cara. Tal vez dentro hubiese un espejo o piedras preciosas, o la nada… Lo cierto es que no tuve la oportunidad de descubrirlo. Él, dubitativo, mirando a esa nada, o leyendo algo en los pliegues de su memoria, o imaginándoselo, o echando nudos, o atando candados,  ─ lo de los nudos y los candados eran sus palabras favoritas para explicar el arduo y difícil proceso de las reflexiones ─, así estuvo un largo rato. Luego, lo cerró, volvió a echar la llave y se fumó un cigarro más. Al final se levantó, lo cogió (el cofre) en brazos y se dirigió hacia la cocina para hablarme y despedirse a su manera, supongo.

─ Ahora es para Manuel, el hijo que llevas dentro  ─ me dijo alargando los brazos y dándome el objeto ─. Recuérdale esta historia cuando sea mayor.

─ Pero padre, si yo no estoy embarazada.

─ Lo estás. Lo sé. Y ahora prepárame la maleta porque tengo que partir…

─ ¿Adónde?

─ Lejos,  donde pueda dejar la llave del candado nuevamente a buen recaudo para que mi nieto la encuentre algún día. Espero que sea más hábil que yo y lo consiga antes.

─ ¿Entonces, padre, no me vas a dar más detalles?

─ Estas cosas siguen siendo cosas de hombres ─ masculló reafirmándose ─.

No me desilusionó la respuesta. Él siempre había sido bastante machista y déspota, pese a estar rodeado de mujeres. Quizá por eso, porque nosotras se lo permitíamos sin rechistar. Las cosas del pueblo y de otros tiempos…

Preparé la maleta y le arreglé algunos papeles: cuentas bancarias, seguridad social, nombres de medicinas, recordatorio de tomas, DNI, dinero en efectivo , etc., y se lo coloqué todo en un bolsillo que iba adosado a la maleta.

No podía creerme lo que estaba pasando, pero ante mi desconcierto, sólo se me ocurrió pedirle una cosa: Padre, déme la llave del cuarto de atrás.  Ése en el que usted se encierra  tantas horas y al que nunca nos ha dejado entrar.

Me miró, risueño, deseoso de complacer mi solicitud, creo que esperada, y me hizo extender la mano mientras quitaba la llave de una cadena que llevaba colgando del cuello: Aquí tienes hija, el mejor legado que alguien puede hacerte. Aprovéchalo. Y abriendo sus dedos dejó caer la  diminuta llave sobre mi palma abierta.

Salió del pueblo aquella mañana del cuarto día pasadas las once, sin rumbo o con rumbo, sólo él lo sabía. Por lo menos el primer destino sería Madrid. Se fue a sus ochenta y tres años. Comencé a amar definitivamente a mi padre, cuando comprendí que iba a morir y nunca más volvería a verle. Así que cogí la cámara del teléfono móvil y tomé, creo, la última foto de mi padre subiéndose al autobús con su camisa blanca almidonada, su chaleco gris y su abrigo de paño marrón. Sostenía la maleta de piel con la mano derecha y el sobre sin remitente, con la llave dentro,  en  la mano izquierda. Totalmente ajeno. Vi alejarse el autobús y no sentí ni pena ni dolor. Fue un momento mezcla de magia y rutina, de sorpresa y costumbre, de conocerse y no… Ahora pienso que mi padre tenía estudiado hasta su partida para no hacer sufrir a su pequeña  Mauca.

Hacía frío aquella mañana, así que metí las manos  en el bolsillo y sujeté la llave del cuarto que me había dado. Apreté el paso para llegar a casa.

Abrí impaciente el candado de aquella puerta. Toda la vida había deseado hacerlo y había llegado por fin el momento. Mil y un pensamientos se arremolinaron como un tornado en mi cabeza, incluso algunos que ya ni recordaba, por lejanos. Intenté justificar las horas  muertas de mi progenitor dentro de ese cuarto: ideas delirantes, escabrosas, imaginarias, diabólicas, médicas, curativas, etc. ¿Alquimista inofensivo? ¿Merlín de profecías?  ¿Creador de Gnomos? ¿Disecador, malvado, cruel homicida?

─ Déjate de miedos. Nadie ni nada puede darte miedo. Haz por pensar en cosas agradables ─. Me animé para no desmayarme. Respiré hondo y entré.

Allí estaba todo ese mundo que tanto nos había calentado  la cabeza durante décadas. Abierto. Había libros enteros de registro desde el año 1952. Mi padre se había dedicado a comprar, vender y cambiar durante toda la vida candados y llaves.

Era muy intuitivo imaginarse la secuencia de trabajo una vez  recibidos: los limpiaba, los pesaba en la balanza, los medía con su calibre de joyero, los dibujaba a escala, lo registraba pulcra y primorosamente, con una caligrafía digna de un escribiente, incluso la procedencia y la historia del mismo ─ porque siempre tenían que tener una historia digna de contar, si no, estoy segura que él no los hubiera comprado ─, luego los colocaba un número al candado y la llave, los tasaba y los colgaba de un panel. Había también cientos, que digo, miles de cartas, siete diccionarios y multitud de fichas de ciudades, amontonadas en paquetes según el año de recepción.

Entonces comprendí de dónde sacaba mi padre sus cuentos y sus historias: el candado de un cinturón de castidad de una de las hijas de Rodrigo Díaz de Vivar, el candado del cofre que trajo el primer chocolate de América en la embarcación Sta. Magdalena, el candado y la llave que cerraban el acceso al órgano de la Catedral de San Esteban en Viena… En fin, había historias leves, creíbles, inverosímiles, imaginativas, y las extremas, ─ que eran las que más nos han gustado siempre en la familia por ser gráciles, grávidas, de las que vuelan o de las que se excavan ─. Supongo que mi padre elaboró una ruta a conciencia para visitar cada una de estas ciudades de procedencia antes de morir. Quiero pensar que es así. Y que se pasó toda la vida planificando este viaje. Por eso, no dudó en marcharse cuando ya había solucionado su propio enigma de la felicidad. Me alegro por él. Es por eso que no lloré cuando partió, ni cuando me hice hace dos días el test de embarazo y dio positivo. Mis hermanas me acusan de loca por dejarle partir así sin más. Creí conveniente no malgastar ninguna mentira. Claro que ellas no saben nada de nuestro  verdadero padre. La única que seguía viviendo con él era yo. No le he contado a nadie la verdadera historia, y por eso portan el desconsuelo por toneladas, las pobres. Sólo al hijo que llevo dentro, muy bajito, cada día le cuento una distinta de las que aparecen catalogadas en sus libros. Son  relatos fantásticos que ponen en relación el mundo de lo prohibido con el nuestro a través de la imaginación. Tal vez algún día salgamos tras sus huellas: ¿Verdad, Manuel? Siguiendo los pasos de sus más bellos y curiosos candados.

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